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Cardenal López Romero, en el ITVR: Siete convicciones sobre las periferias y cinco propuestas para la vida consagrada

Precioso testimonio el del arzobispo de Rabat, cardenal Cristóbal López Romero, en la tarde de este jueves 20 de mayo, en la 50 Semana Nacional de Vida Consagrada organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR). Precioso testimonio personal, agradeciendo a la educación y a la vida religiosa el haber «podido escapar de situaciones que producen marginación», e importante llamamiento a los consagrados a no perder la perspectiva e ir a lo esencial, que no es otra cosa que «la construcción del Reino de Dios». El religioso salesiano les ha invitado también a no dejarse vencer por el desánimo, y a vivir la vocación con «autenticidad, coherencia y radicalidad».

Monseñor López Romero (Vélez-Rubio, Almería, 1952) debía hablar en esta cuarta jornada sobre «La vida consagrada, testigo de fraternidad en periferias y fronteras». Y a fe que lo ha hecho. En primer lugar, ha hablado de la opción que tomó de unir su destino «al de los excluidos, no al de los que excluyen» y de compartir la suerte de quienes «sufren la inequidad y las desigualdades económicas, y no apoyar a quienes las causan». Y acto seguido, y parafraseando a Ortega, ha dicho: «Yo soy yo y mis periferias… y si no las salvo a ellas, no me salvo yo». Dado su currículum —inmigrante en Cataluña, misionero durante más de veinte años en Paraguay y Bolivia, obispo en Marruecos— López Romero ha podido dirigirse a su auditorio desde la visión que le otorgan las periferias de la «inmigración», las de los «barrios populares y del extrarradio», las del «Tercer Mundo» o la de la Iglesia que da testimonio en tierras del islam.

Siete convicciones

El cardenal ha expuesto a su auditorio siete «convicciones» extraídas de su deambular por todas esas periferias, y ha presentado, asimismo, cinco propuestas.

La primera de sus «convicciones» es la de que «la vida consagrada vale por lo que es, no por lo que hace». «A veces —ha dicho— salimos a la vida apostólica como si fuésemos los suplentes de un partido de fútbol a los que el entrenador saca a jugar los últimos quince minutos, y creen que van a resolver el partido. Salimos a transformar el mundo, a cambiar la realidad, y hacemos muchas cosas buenas, pero nunca son suficiente porque el mal tiene una especial capacidad para reproducirse y las desgracias golpean una y otra vez a los pobres. Y pasan los años y tenemos que reconocer humildemente con un deje de decepción que todo está por hacer, que no nos hemos comido el mundo… y menos mal que el mundo no se nos ha comido a nosotros y no hemos perdido la esperanza». Pues bien, «esta experiencia sangrante de nuestros límites, de nuestra pobreza, de nuestra ineficacia nos ayuda a descubrir que el valor de la vida consagrada no está en lo que se hace, en el éxito, sino en lo que es y en el testimonio», ha dicho.

El arzobispo de Rabat ha recordado también que «el objetivo es el Reino, y que lo demás son medios, incluida la Iglesia». «Dejemos de identificar la misión con las actividades que realizamos y hablemos de la Misión con mayúsculas, que es ser signos del Reino», ha reivindicado. «Yo, como obispo, no trabajo por la Iglesia ni para la Iglesia sino, en Iglesia y como Iglesia que soy, en favor del Reino y por el Reino de Dios. La Iglesia es signo e instrumento de ese Reino, pero no es el Reino». En este sentido, ha subrayado que la Iglesia no tiene que ser autorreferencial —«no se trata de engordar o inflar el globo de la Iglesia»— y que «hay lugares en los que hay mucha Iglesia pero poco Reino», y otros «con poca Iglesia pero bastante Reino».

Ser signo y dar testimonio

El purpurado almeriense ha invitado asimismo a los consagrados a ser «signo» y «dar testimonio». «El hombre contemporáneo —ha recordado, citando el número 41 de la Evangelii nuntiandi de Pablo VI— escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio».

En su opinión, la evangelización es hoy, antes que cualquier otra cosa, «una cuestión de testimonio». No de «micrófono y altavoz», sino de ejemplos. «No es cuestión de llevar el Evangelio o la Biblia debajo del brazo, sino de llevar la Palabra, la Buena Nueva, encarnada en el pensamiento, en el sentimiento y en la acción».

«Mi predecesor en la diócesis —ha recordado a este respecto—, monseñor Vincent Landel, nos decía muchas veces: “Acordaos de que vosotros sois el único Evangelio que los musulmanes leerán, un Evangelio vivo. Ellos seguramente no comprarán una Biblia, pero en vuestra vida deben poder leer y ver el Evangelio de Jesús».

Para López Romero, la evangelización consiste en «impregnar todas las realidades humanas» («la política, la economía, el mundo empresarial, los sindicatos, el arte, la cultura, la comunicación, el deporte, la familia, las relaciones sociales, el mundo asociativo, la educación, el comercio, el turismo, la sexualidad, la vida afectiva, las amistades: todo») de la Palabra de Dios, y «transformar el mundo según el modelo del Evangelio», y eso se hace sobre todo a través del testimonio.

El arzobispo de Rabat ha dicho, asimismo, que el lugar natural de la vida religiosa son las periferias, entendidas estas no solo desde una perspectiva meramente geográfica, sino de «actitud interior y opción personal», porque «se puede estar físicamente en el peor lugar del mundo sin encarnarse en él, y por el contrario, estar físicamente en el centro teniendo el corazón y la mente en las periferias». «Hay que hacer éxodo para vivir la periferia. Esta actitud permanente de salida y encuentro con el otro es fundamental», ha dicho.

Cinco propuestas

Cinco han sido sus propuestas. Una, «recuperar la esencia de la vida religiosa», es decir, que se valore esta no por lo que hace sino por lo que es; y otra, incrementar la autoestima de la vida consagrada, tener una mirada abierta y benevolente que permita «apreciar toda la hermosura de este género de vida».

Monseñor López Romero ha dicho también que no hay «pedir más» trabajadores para la mies, sino «ser mejores, más consecuentes, más coherentes con la vocación a la que hemos sido llamados», y ha llamado a dejar atrás «una pastoral vocacional egoísta, raquítica y miope».

«Aquí en Rabat, a cien metros de donde estoy, en la catedral, el Papa Francisco nos dijo a los religiosos: el problema no es ser poco numerosos, sino el no ser significativos, el ser sal que no tiene ya el sabor del Evangelio, o el ser una luz que no ilumina ya nada o a nadie». Y en este mismo tono crítico, ha añadido que la vida consagrada anda necesitada de una buena dosis de «entusiasmo, ardor y fervor». «¡Nos hemos instalado tantas veces en la mediocridad!», ha lamentado. «Una cosa es no irse a los extremos, ser centrados y equilibrados, y otras ser mediocres, y eso es lo que no se acepta».

Estamos llamados —ha concluido— a «sufrir con el que sufre, ser compasivos con todos y amar hasta que duela».

El cardenal ha reconocido que la «autosuficiencia es un pecado de las congregaciones, sobre todo de las grande», y ha pedido «unión» para tener fuerza, pues en caso contrario, «si cada uno somos un reino de taifas nos pasará lo que les pasó a los reinos de taifas durante la Reconquista española, que acabaron derrotados y disueltos».



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