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Cardenal Leonardo Sandri: «En Siria hay esperanza y ganas de vivir»

El cardenal Leonardo Sandri se ha embarcado con el Papa hacia Grecia y Chipre. El prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales acaba casi de deshacer las maletas de su último viaje. Llevó el afecto de Francisco y un donativo de su parte a «la amada y martirizada Siria» porque, de momento, una visita del Santo Padre a este país se antoja lejana.

—Eminencia, ha pasado casi una semana y media recorriendo Siria, ¿qué le ha causado mayor impacto de esta visita?
—En primer lugar, me ha impactado la fidelidad de los que se han quedado, de los que están en Siria y no se han ido pese a la guerra, los desafíos y la situación realmente difícil. Se siguen yendo multitudes de Siria. Piense que solo en Líbano hay más de un millón de sirios. Por ejemplo, en uno de los hospitales a los que hemos ido nos presentaron a dos jóvenes que acababan de graduarse. Todo lo que querían era marcharse de Siria. Fíjese, en Siria no hay ni electricidad. O se tiene un generador propio para algunas horas de suministro o no hay electricidad. No hay apenas gasolina y la gente tiene que hacer unas filas eternas para poder encontrar combustible. Es una cadena de necesidades recíprocas. Los jóvenes quieren abandonar Siria para buscar otros horizontes donde encontrar seguridad, posibilidades para trabajar, posibilidades para formar y mantener una familia, para que los hijos reciban una educación… Da pena y es una de las cosas que más duelen porque Siria es un país magnífico, con una tradición cultural y cristiana extraordinaria.
La segunda cosa que me ha impactado es el hecho de que he llevado a cabo una visita perfectamente normal. Yo iba por la calle vestido de cardenal, con la sotana y el solideo, y todo el mundo me mostraba un enorme respeto. Los niños y niñas que salían de la escuela se paraban para saludarme con alegría, y muchos, la gran mayoría, eran musulmanes. En Damasco fui de un barrio a otro visitando las catedrales, —la caldea, la armenia, la maronita, la melquita—, y me sentía como si estuviera caminando por Roma o Madrid. Incluso la gente de las tiendas se asomaba y hacía un gesto llevándose la mano al pecho, algunos con hasta una reverencia. Me daba la impresión de estar en un país sin dificultades y sin problemas. Por supuesto, la tercera cosa que me impactó es la dedicación de la Iglesia a curar las heridas que provoca esta situación, algo que hace a través de sus hospitales y de sus escuelas. Verdaderamente están haciendo todo lo posible. Me asombró cómo todas las catedrales e iglesias están siendo reconstruidas con un esfuerzo descomunal, porque algunas fueron gravemente dañadas. Por supuesto, el cuidado de la piedra ha de ir a la par, o incluso después, del cuidado de la persona. Como dijo el Papa a la Asamblea de la ROACO el pasado mes de junio: «A veces, hace falta reconstruir los edificios y las catedrales, incluidas las destruidas por las guerras, pero, sobre todo, hace falta preocuparse por las piedras vivas, heridas y dispersas». Y esto lo repiten en Siria, pero hay que entender que estas catedrales reconstruidas son un símbolo de esa Iglesia, de esas piedras vivas. Lo que quiero destacar es la participación en la vida litúrgica y de la Iglesia de los fieles. Me quedé impresionado por la participación de los fieles en la liturgia, la oración y la vida comunitaria.

—¿Qué ayuda recibe la Iglesia siria?
—Desde Iglesias Orientales se manda a cada diócesis un subsidio ordinario que, por supuesto, siempre es insuficiente de cara a las múltiples necesidades que atienden. Pero al menos así pueden subsistir las entidades fundamentales de cada diócesis. Con ocasión de mi visita llevé a cada obispo en nombre del Papa un pequeño regalo, una contribución para la diócesis, pero, repito, todo esto es siempre insuficiente. Sobre todo, porque ahora, no solo la guerra, la covid también existe en Siria. Hay necesidades que, desde aquí, aprovecho para exponer. En uno de los hospitales de Alepo necesitan un aparato para tomografías que vale cerca de medio millón de euros. Si lo pudieran comprar, lo tienen que comprar a un país del Golfo. Si alguien lo lee, aquí dejo el llamamiento. Nuestros hospitales tienen otros problemas, como los gastos para pagar al personal. Si el personal trabaja a desgana porque no se le paga, el hospital no puede cumplir bien con su función. En lo que he visto, me ha faltado un poco la presencia española, debo decir. Lo digo porque me gusta encontrar a los españoles por el mundo, pero solo nos encontramos con una española. Quizá me equivoque porque no he recorrido toda Siria. Por ejemplo, no pudimos ir a Idlib. Sí que pude contactar por teléfono con el franciscano que está allí, el padre Hanna Jallouf, religioso de la Custodia de Tierra Santa, en Knaye. El resto de Siria, el 70-80 por ciento está en manos del gobierno de Al-Assad.
Otro apartado importante en el que invertimos es la educación. Las escuelas de la Iglesia son abiertas para cristianos y musulmanes; la apertura es lo primero que se ofrece a cualquier familia. Me llamó la atención en las escuelas, —quizá sea un detalle estúpido, pero creo que es significativo—, que todos los alumnos llevaban su uniforme, tanto los de escuelas católicas como musulmanas. Es como si se tratara de un intento por normalizar el día a día. También damos una aportación para que los sacerdotes, muchos de ellos casados, puedan mantener a sus familias. Y, por supuesto, prestamos ayuda a los sirios refugiados en Líbano y Jordania. Pero como siempre decimos y sostenemos, ¡ojalá que vuelvan!, porque Siria es un país que realmente tiene que recuperar el rol que siempre ha tenido en la Historia.

—Pero los sirios siguen yéndose y encontrándose con muros, como estamos viendo ahora en la frontera entre Polonia y Bielorrusia.
—Supimos de esta situación cuando estuvimos allí y se debe a que se ha abierto parcialmente el aeropuerto de Damasco. Parece que son vuelos low cost de Damasco a Minsk y parece que se han ido muchísimos que creían que podrían pasar caminando de Bielorrusia a Europa. Lamentablemente se han encontrado con una prisión al aire libre.

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