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Cardenal Bagnasco en el Foro sobre el currículo de Religión: «Si la Iglesia renunciara a educar, se negaría a sí misma»

Para el cardenal Angelo Bagnasco, arzobispo emérito de Génova y presidente del Consilium Conferentiarum Episcoporum Europae, «si la Iglesia renunciara a educar, renunciaría a evangelizar, se negaría a sí misma». Así lo afirmó en la ponencia marco de la primera sesión del Foro sobre el curriculo de Religión, ponencia titulada «El compromiso de la Iglesia con la educación». Su exposición se centró en el educación, la misión educativa de la Iglesia, la cultura de la nada y el despertar de la conciencia y las expectativas de los jóvenes.

El educador

Respecto a la figura del educador, indica que todos somos educadores y que la realidad de los jóvenes interpela a los jóvenes. «Por eso, la primera pregunta recae en el educador, quien debe plantearse si es una persona viva, libre, si su presencia, más que ser eficiente, irradia, es luminosa y benéfica para quienes se acercan a él, lo ven, lo escuchan». Tras afirmar que educar significa ayudar al hombre a ser libre, introducirle a la vida, ha asegurado con fuerza que «¡la vida se despierta con vida, la luz con la luz, la libertad con la libertad, el amor con el amor!».

Misión educativa de la Iglesia

Ante este aspecto eclesial, Angelo Bagnasco ha recordado que encontrar la vida es encontrarse a sí mismo. «Sin este encuentro radical, el individuo no consigue vivir sino que es vivido, no puede actuar sino que es actuado: en esencia, sufre lo que sucede en lugar de vivirlo realmente», afirma, indicando que «la responsabilidad educativa de la Iglesia no es una iniciativa suya particular, sino que es intrínseca a su misión evangelizadora: si la Iglesia renunciara a educar, renunciaría a evangelizar, se negaría a sí misma». Para el cardenal, «si educar significa abrir a la vida, conocer quiénes somos, tener los criterios para elegir qué hacer y cómo vivir, aprender a ser libres y a amar, confiar en uno mismo, distinguir entre el bien y el mal, estar con otros, apreciar el sacrificio y descubrir la belleza de los ideales, resistir en las pruebas y tener coraje ante los desafíos…, entonces la fe es la realidad más alta y más cierta, ya que Cristo es la verdad plena, es vida sin fin, es el camino que conduce a la verdad y la vida». Por eso, gracias al Evangelio, Europa ha llegado a una concepción antropológica de altura y plenitud que no tiene comparación en ningún otro lugar de la tierra.

La cultura de la nada y el despertar de la conciencia

Sobre la cultura contemporánea el cardenal Bagnasco recordó que parece que no tiene nada que decirle a los jóvenes, «nada signiticativo que caliente el corazón y llene el alma». Sin embargo, «este tiempo encierra una oportunidad que no debemos dejar pasar: la de “pensar” y “elegir”. La cultura nihilista, que conduce a evidentes derivas antihumanistas, suscita una pregunta: ¿por qué la ausencia de sentido y valor?, ¿hacia dónde vamos? No es una pregunta instrumental sobre cómo funcionan el hombre y el cosmos, es trascendental porque trata de nuestro estar en la tierra y en el tiempo: ¿qué será de mí?, ¿cómo salvar mi vida?», ha indicado, afirmando que «podemos renunciar a cuestionarnos adaptándonos al pensamiento único, pero así estaríamos faltando a nuestra inteligencia, que no puede vivir sin verdad y en soledad radical. Se está produciendo el despertar de la conciencia; quizás un despertar lento e incierto, pero imparable».

Expectativas de los jóvenes

Ante las expectativas de los jóvenes, el cardenal asegura que «los corazones de los jóvenes laten de forma diferente a la cultura nihilista». «El joven necesita y desea interpretar este misterioso acicate que le hace sentir incompleto, criatura de frontera entre finito e infinito, entre tiempo y eternidad. Necesita sentirse acompañado en la tierra desconocida de los significados y del sentido de las cosas. Espera que alguien se de cuenta de sus inseguridades que, antes de ser psicológicas, son metafísicas, o sea que pertenecen a la condición humana. Debe ser tranquilizado ante algo que puede percibir como un laberinto desconocido y que, si permanece sin descifrar, genera el “mal de vivir”». Además, para el cardenal, el joven se apodera de un cierto desconcierto, engañado por la insistente idea de que el número de experiencias que ha tenido mide la calidad de su vida y marca su madurez». Por eso, es necesario sacudir la superficialidad planteando «las preguntas más crudas y punzantes que cuestionan lo que cada uno es y lo que hace». Por último, otro aspecto que «el joven espera descifrar es una cierta fragilidad que mina todo y todos. Fragilidad que se manifiesta en la intolerancia ante las inevitables dificultades, fracasos, desengaños incluso afectivos, incomprensiones que la vida conlleva». Por esta razón, la formación del carácter es un elemento decisivo del camino educativo.

El cardenal terminó su intervención recordando que «nos toca a todos nosotros —docentes, educadores, catequistas, comunidad cristiana— ayudar a los jóvenes a encontrarse a sí mismos, a abrir horizontes, a tener confianza, a resistir la indiferencia, a descubrir la belleza de la fe cristiana».



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