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Capítulos 2 y 3: «Estamos hechos para el amor», como el Buen Samaritano

El Papa Francisco, en Fratelli tutti, tras exponer las sombras del mundo ofrece un ejemplo luminoso, un presagio de esperanza: el del Buen Samaritano. El segundo capítulo, «Un extraño en el camino», lo dedica a esta figura evangélica, destacando que, en una sociedad enferma que da la espalda al dolor y es «analfabeta» en el cuidado de los débiles y frágiles, todos estamos llamados —como el buen samaritano— a estar cerca del otro, superando prejuicios, intereses personales, barreras históricas o culturales.

De esta forma, expone el Papa que todos somos corresponsables en la construcción de una sociedad que sepa incluir, integrar y levantar a los que han caído o están sufriendo. El amor construye puentes y estamos «hechos para el amor», añade el Papa, exhortando en particular a los cristianos reconocer a Cristo en el rostro de todos los excluidos.

«Salir de nosotros mismos»

El principio de la capacidad de amar según «una dimensión universal» se retoma también en el tercer capítulo, «Pensar y gestar un mundo abierto»: en él, Francisco nos exhorta a «salir de nosotros mismos» para encontrar en los demás «un crecimiento de su ser», abriéndonos al prójimo según el dinamismo de la caridad que nos hace tender a la «comunión universal».

Después de todo —recuerda la encíclica— la estatura espiritual de la vida humana está definida por el amor que es siempre «lo primero» y nos lleva a buscar lo mejor para la vida de los demás, lejos de todo egoísmo.

Benevolencia y solidaridad

Ante esto, propone que una sociedad fraternal será aquella que promueva la educación para el diálogo con el fin de derrotar al «virus del individualismo radical» y permitir que todos den lo «misión educativa primaria e imprescindible». Para lograr este tipo de sociedad hay dos instrumentos: la benevolencia, es decir, el deseo concreto del bien del otro; y la solidaridad que se ocupa de la fragilidad y se expresa en el servicio a las personas y no a las ideologías, luchando contra la pobreza y la desigualdad.

Vivir con dignidad

Dice el Papa que el derecho a vivir con dignidad no puede ser negado a nadie, y como los derechos no tienen fronteras, nadie puede quedar excluido, independientemente de donde haya nacido. Desde este punto de vista, el Papa recuerda también que hay que pensar en «una ética de las relaciones internacionales», porque todo país es también del extranjero y los bienes del territorio no pueden ser negados a los necesitados que vienen de otro lugar.

Por lo tanto, el derecho natural a la propiedad privada será secundario respecto al principio del destino universal de los bienes creados. La encíclica también subraya de manera específica la cuestión de la deuda externa: sin perjuicio del principio de que debe ser pagada, se espera, sin embargo, que ello no comprometa el crecimiento y la subsistencia de los países más pobres.

Pensar y gestar un mundo abierto

El Santo Padre explica que el ser humano está hecho de tal manera «que no se desarrolla si no es en la entrega sincera a los demás». Poe eso asegura que tiene que haber rostros concretos, «sin que baste sólo la pareja, la familia o los amigos».

El amor más auténtico, dice Francisco, «es el que se deja completar, abriendo el corazón en círculos, para salir de uno mismo hasta acoger a todos; encontrar en el otro el propio crecimiento». En este punto pone de ejemplo la hospitalidad practicada por comunidades de zonas semidesérticas o que la regla de San Benito señalara a sus monasterios acoger a los peregrinos con el máximo cuidado y solicitud.

El valor único del amor

Ya san Buenaventura enseñaba que la caridad sin las otras virtudes, estrictamente no cumple los mandamientos como Dios los entiende. Todo esto, explica el Papa, parte de lo que está detrás de la palabra caridad: «el ser amado es “caro” para mí, estimado como de alto valor. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro, considerándolo valioso, digno, grato y bello». Y es en este punto donde hace hincapié en uno de los aspectos en los que más insiste en el texto: «El amor al otro, por ser quien es, nos inclina a buscar lo mejor para su vida. Así será posible la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos».

La creciente apertura del amor

También hay periferias en la propia ciudad o en la familia. El Papa Francisco advierte que hay «forasteros existenciales», porque no les sentimos parte de nuestro mundo de intereses. «El racismo es un virus que muta fácilmente, no desaparece sino que disimula. Discapacitados, enfermos, ancianos…debemos no solo cuidarlos sino que deben participar activamente en la comunidad civil y eclesial. Es un trabajo fatigoso pero es el camino de reconocer a cada persona como algo único e irrepetible. Hay que dar voz a los discriminados por su discapacidad, porque todavía en algunas sociedades no se les reconoce como personas de igual dignidad».
¿Qué reacción provoca hoy la parábola del samaritano?, pregunta el Santo Padre. «Parece que solo pudiera considerarse prójimo al socio, a quien permita asegurar los beneficios personales, es decir, el asociado por determinados intereses».
¿Cómo interpretar en este contexto los valores de libertad, igualdad, fraternidad? La fraternidad tiene algo que ofrecer a los otros dos. Sin ella, la libertad enflaquece y la igualdad se conforma con una declaración genérica, sin el cultivo pedagógico de la fraternidad. «De hecho el individualismo radical es el virus más difícil de vencer, porque nos hace creer que acumulando ambiciones personales y ambiciones se puede construir el bien común».

Amor universal que promueve a las personas

»La inmensa dignidad de la persona humana no se fundamenta en las circunstancias de nacimiento sino en el valor de su ser». Este principio, dice Francisco, si no se admite este principio, puede provocar que los que nacen en familias con recursos, reciben buena educación y están bien alimentados, solamente reclamarán libertad. Pero la regla será distinta para los discapacitados, los que nacen en una familia extremadamente pobre o recibe una educación de baja calidad. «Ha de garantizarse que estos estén acompañados en sus vidas y puedan dar lo mejor de si, aunque su progreso sea lento o su rendimiento no sea el mejor».

Promover el bien moral

Es en la familia donde el Papa xplica que deben transmitirse la solidaridad. Es también el primer lugar de transmisión de la fe «con esos sencillos gestos que las madres enseñan a los hijos». Los educadores y formadores deben tener conciencia de que su labor tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona.

Reproponer la función social de la propiedad

Como comunidad estamos conminados a garantizar que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral. De esta forma explica Francisco que  hay que recordar que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto el derecho a la propiedad privada sino que subrayó la función social de la misma. Solo puede ser considerado un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados. «Nadie puede quedar excluido por su lugar de nacimiento u otras circunstancias».
El desarrollo, invita el Papa, «no debe orientarse a la acumulación creciente de unos pocos sino a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos», trabajando en una forma distinta de entender las relaciones y el intercambio entre los países. «Solo así podrán resolverse los graves problemas del mundo y no pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos», porque las deudas de los países pobres con los ricos no debe comprometer su subsistencia o crecimiento. Una lógica, que dice el Pontífice debe aceptar el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana. «Es posible el desafío de pensar y soñar en otra humanidad».

Fratelli tutti: La fraternidad debe promoverse no solo con palabras, sino con hechos

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