Coronavirus

Capellán madrileño: «Dios no nos abandona ni en las pandemias»

«Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta». «En esta barca, estamos todos». Todavía resuenan las palabras del Papa Francisco en la Bendición Urbi et Orbi en la cabeza de Francisco Javier Iglesias, capellán en el hospital Ramón y Cajal. «Estas palabras me ayudan a sostenerme en la guardia que empiezo», nos dice. No le tocaba trabajar el sábado, pero ha tenido que cubrir la baja de un compañero que ha caído enfermo. «Hoy he ido a visitar a los cinco compañeros sacerdotes ingresados. (todos de coronavirus) Les pregunto, me cuentan, les animo. Hoy me siento mejor, todos están mejorando». A Francisco le dejan mensajes en Atención al Paciente de familiares y enfermos que le piden una visita: «Algunos he podido visitar por aislamiento total de la planta. Eso sí, intento llamarles por teléfono o me comunico con alguna enfermera o auxiliar de la planta para que les saluden y les transmitan que no están solos y que rezamos por ellos».
El Servicio de Capellanía se ha visto muy afectado «y mermado» por los voluntarios que colaboran en esta atención. «Siguiendo el protocolo que nos corresponde, estamos intentando vivir dentro de la normalidad. Somos conscientes del caos que hay ahora mismo en los hospitales. Me conozco cada pasillo, cada rincón del hospital y no había vivido nunca esta situación. Ahora no se puede acceder a muchos de ellos por estar totalmente aisladas algunas plantas con enfermos del coronavirus».

«¿Quién quiero ser durante el COVID-19?»

El capellán del hospital madrileño recibió un whatsapp con una diapositiva que planteaba esta cuestión. «Y está claro, de las tres zonas que hay, de miedo, de aprendizaje y de crecimiento, me quedo en esta tercera zona pues estoy pensando más en los demás que en mí mismo, busco en todo momento cómo ayudarles; soy empático conmigo mismo y con los demás; agradezco y valoro; y mantengo un estado emocional alegre e intento contagiar esperanza. Es la única manera de adaptarme a nuevos cambios». Francisco sabe que su tiempo se lo dedicará a la gente. Y esta enfermedad está provocando que las personas se enfrenten a sus miedos y a la soledad. Además, reconoce que ahora nos estamos dando cuenta de que «nada es más duro que no poder abrazarse, tocarse, llorar juntos, y ahora se ve más claro que nunca la importancia de la amistad. De esos mensajes que reconfortan».

Las guardias pasan entre mensajes y llamadas

«Me avisan por el busca oficial y me dice una señora que si puedo localizar a su suegra, que no saben nada de ella. Cuando la encuentro está en Urgencias y charlo con ella, puedo ver el miedo y el cansancio en sus ojos». Después hace la llamada «inversa», se comunica con la familia para decirles que está mejor y «les doy algún dato para que comprueben que es verdad que hemos charlado».
Nada más colgar vuelve a sonar su teléfono: «Una persona desde Santander para que localice a su hermano y le pueda dar la Unción». Toda la jornada curando almas que se torna realidad solo lejos del edificio: «Cuando entro en el hospital, me olvido de mí. Es una entrega total a los pacientes y al personal sanitario. Cuando regreso a casa es cuando me paro a pensar en lo que he vivido. Tengo muy claro que nuestra misión como capellanes es apoyar a los enfermos y al personal sanitario que nos comentan cómo les está afectando psicológicamente, pues son muchas horas trabajando».
En este punto, el capellán quiere transmitir su agradecimiento a la labor de los médicos que se están jugando «el tipo» con unas condiciones de seguridad, en ocasiones, muy malas. En este sentido, añade que los capellanes también «están haciendo un esfuerzo muy grande». Todas las tardes se comunican entre ellos para «contarse» cómo va la guardia. «Nos ayudamos mucho pues están surgiendo cuestiones, problemas hasta ahora desconocidos. Sinceramente, nos viene muy bien. Además de la ayuda ante problemas, nos transmitimos la ilusión, el apoyo psicológico, que es muy importante en estos momentos de tanta dificultad».
Este sacerdote nos narra su testimonio desde la misma guardia y reconoce que «la tarde, está siendo más tranquila que la mañana. En los cinco días que llevo de guardia, durante el estado de alarma, el más intenso fue un domingo que me llamaron a la UCI para administrar una Unción. Aprovechando que tenía toda la protección puesta, se la ofrecí a más enfermos y la solicitaron tres. Aquel día fueron siete unciones y varias llamadas de urgencia, entre ellas, ingresaba un compañero sacerdote. Le acompañé por la tarde y dio positivo en coronavirus». Y es que «confiar en Dios, no significa no tomar precauciones. Debemos tomar todas las precauciones pertinentes para evitar el contagio y la propagación del virus».
Algunos de los testimonios de sus compañeros sacerdotes ingresados destacan, sobre todo, el agradecimiento. El último al que siguió de cerca le dijo que se sentía «muy acompañado, querido, con infinidad de muestras de cariño, hasta el punto de sobrecogerse. Estoy muy agotado, pero estoy bien, aunque físicamente no. La vida pasa por mi memoria estos días y me intento preparar por si el Señor me llama».
Y no es el único. La mano del capellán, que sostiene a través de los guantes la del enfermo, que le acompaña con sus palabras y oraciones, se recibe como un auténtico regalo cuando estás ingresado. Así se lo hizo saber una de las pacientes que ahora desde casa, ya recuperada, le escribió: «Me sentí tan acompañada, que le voy a echar mucho de menos». Pero cuando el capellán necesita aliento, cuando necesita reponer fuerzas solo hay un sitio al que dirigirse: «Me voy a la capilla y rezo». Allí no hay miedos, no hay desesperanza, «seguro, de que Dios no nos abandona nunca, también en estos momentos de pandemia global». Antes de acabar su jornada en el hospital celebra una Eucaristía «por todos los enfermos, los que han fallecido y todas las familias que están sufriendo tanto».
Francisco concluye reconociendo que es «muy duro lo que estamos viviendo, pero desde nuestra fe tenemos que hacerlo con esperanza. A pesar del dolor, de las lágrimas en muchos momentos, pero siempre con esperanza. El Señor y nuestra Madre, María Auxiliadora, nos protejan y acompañen siempre». Y es precisamente, cuando habla de la «Madre» cuando le vienen a la mente las palabras más repetidas por los enfermos en los últimos momentos: «Madre… me voy con mi madre».

 

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