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Capellán en el hospital Papa Juan XXIII de Bérgamo: «Estamos viendo cientos de tumbas excavadas en la tierra. Y esto ya no nos causa impresión»

Italia, finales de marzo. Es día 27. Alcanzamos los 919 muertos en 24 horas. Números que sobrepasan el entendimiento, que entumecen, que arrancan las lágrimas de todo el país. Esa tarde el Papa reza en la plaza de San Pedro vacía. La ciudad de Bérgamo ha sufrido ya mucho y ha visto ya mucho para entonces. Ha visto desfiles de camiones militares transportando decenas de féretros de muertos que ya no caben en su cementerio, que ni siquiera se pueden incinerar por la saturación de los servicios funerarios. En ese mismo estado de sobrecarga están hospitales como el Papa Juan XXIII donde llegó a haber hasta 500 pacientes COVID. El centro se convirtió en una gran UCI. El capuchino Stefano Dubini es uno de los capellanes hospitalarios. «El Papa habló el 27 de marzo, tenemos un profeta, escuchémoslo», insiste.

—Las imágenes de los camiones militares de Bérgamo eran durísimas.
—Lo eran y nos impresionaron mucho, pero ahora parece que no nos impresiona ver lo que sucede en el resto del mundo. En India o en Brasil, donde se están viviendo situaciones más graves incluso que la que vivimos nosotros. Parece que ahora «es cosa suya». Estamos viendo cientos de tumbas excavadas en la tierra. Y esto ya no nos causa impresión. El coronavirus es un problema planetario.

—Entonces, ¿no hemos aprendido nada?
—Hemos descubierto la palabra «juntos» gracias al esfuerzo de los médicos, los enfermeros, los voluntarios… El primer efecto de esta pandemia es habernos dado cuenta de que hemos sido demasiado individualistas. Pensábamos: «¿A mí me va bien?, pues ya está». Pero nos debe ir bien a todos, si no, no se puede decir que las cosas vayan bien. Esto ha sido como un terremoto. Siguiendo la metáfora, esperemos que ahora se reconstruya sobre pilares sólidos. Es decir, pensando globalmente y actuando localmente desde la solidaridad.
Y creo que nos hemos dado cuenta de algo más. La restricción total de los contactos familiares hizo que muchas personas murieran solas y sin poder tener una palabra de consuelo. En este drama los médicos y enfermeros padecieron un enorme estrés emocional que se acumulaba día tras día. El efecto producido por la pandemia es, precisamente, haber dejado patente cómo este profundo sufrimiento de todos ante una muerte «inaccesible» (por estas restricciones en las visitas) desmonta la idea de que hay que ocultar la muerte, alejarla de los más vulnerables y reservarla solo a los hospitales o lo más lejos posible de nosotros.

—El personal sanitario sí que ha tenido muy cerca la muerte a diario. Usted ha sido testigo.
—Han hecho un esfuerzo sobrehumano. Han sido «el buen samaritano». Su profesión es ontológicamente evangélica, hasta dar la vida. Hemos visto en ellos una dedicación total, extenuante y en condiciones muy duras: vestidos con los trajes de protección, sudando, sin poder ir al baño y con las mascarillas… También se han enfrentado a elecciones dificilísimas como encontrarse con dos pacientes y una sola cama disponible. A mí lo que me sorprende es que, apenas hemos aplacado la fase más cruenta, la gente ya se ha olvidado de esto. Temo que parte de la población no haya entendido lo que ha pasado.

—¿Lo peor que recuerda?
—Hubo una semana en concreto donde me di cuenta de que el personal sanitario estaba agotado al extremo. No tenían tregua. En muchas ocasiones se dieron de bruces con una realidad imposible porque no tenían ni recursos, ni material sanitario ni camas. Y esto ha sido muy, muy duro. En lo peor de la pandemia no nos podíamos ni acercar a ellos. Así que hicimos una especie de newsletter que mandábamos por e-mail cada noche, un mensaje inspirado en la Palabra de Dios y en la situación que estaban viviendo. Lo llamamos «Dios consuela a su pueblo». Yo poco pude hacer salvo estar ahí. Cuando no se puede hacer nada, solo hay que estar cerca y escuchar la pena del otro. Hacerle saber que, de alguna manera, participas de su desgracia porque estos profesionales llevan consigo mucho sufrimiento.

—¿Dios dónde estaba?
—Precisamente muchos enfermos han encontrado a Dios en los médicos y enfermeros que incluso han hecho de capellanes haciendo la señal de la cruz en sus frentes. Pero creo que la pregunta justa es «¿dónde estaba el ser humano?». Vuelvo a aquellas palabras del Papa Francisco en la plaza de San Pedro el 27 de marzo: «En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo».

entrevista_Italia

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