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Capellán del hospital Spallanzani de Roma: «Para mí Dios estuvo y está presente en cada uno de los pacientes»

Italia, finales de febrero. Las autoridades comienzan a informar de los primeros casos de infección por coronavirus. No llegan a la docena. Reina la calma. Nadie piensa que el tema pueda pasar a mayores. Dos turistas chinos son de los primeros en necesitar atención hospitalaria. Son ingresados en el hospital Spallanzani, de Roma. En ese centro es capellán desde hace dos años y medio el sacerdote costarricense Gerardo Rodríguez.

—¿Cómo han sido estos meses de pesadilla?
—Cuando llegaron los dos primeros pacientes chinos no pensábamos que la situación fuera a pasar a mayores. En el hospital nadie se alarmó. Pero los casos empezaron a multiplicarse, se decretó el cierre de los colegios y el confinamiento y el hospital se transformó en hospital COVID. Solo había pacientes infectados por coronavirus. Llegamos a tener hasta 300. El centro cambió por completo, así como mi trabajo. Yo ya no podía entrar a las habitaciones o caminar libremente por los pasillos. Tuvimos que aprender a vestirnos con los trajes de protección y lo hicimos sobre la marcha. Había mucha tensión en el ambiente.

—¿Cuál fue el momento más difícil?
—Fue muy duro cuando recibimos al primer paciente italiano porque pensamos que no sobreviviría, pero lo hizo. Para mí fue una experiencia tremenda porque fue la primera persona con COVID a la que atendí y me impresionó mucho tener que vestirme con el traje de protección. Otro paciente, que sentía que se moría, pidió verme. Ya no podía ni hablar. Le pedí que moviera una mano o un pie para que yo supiera que me estaba entendiendo y así lo hizo. Le di la absolución y la unción desde lejos, recé con él y a la hora murió. Recuerdo a otra joven de 28 años que murió sola. No murió por COVID, pero falleció en el hospital. Había sido madre dos meses antes. Yo acompañé al padre, que estaba totalmente devastado. Estuvimos los dos solos frente al féretro y no pude abrazar a ese hombre a causa de las medidas de distanciamiento.

—Los capellanes han sido el contacto humano en los últimos momentos de mucha gente.
—Yo digo que ha sido una gracia para los que hemos estado en estos momentos. Si no se ha podido en vida, al menos, hemos podido dar una bendición final a los enfermos. En la fase más aguda de la pandemia, me pasaba el día del hospital a la morgue para responder hasta 10 o 12 llamadas al día. A veces el empleado de la funeraria me grababa en vídeo mientras daba la bendición al difunto para que así pudiera verlo la familia. Fue muy duro también desde un punto de vista humano.

—Ustedes han presenciado el sufrimiento del personal sanitario.
—Los profesionales en los hospitales vivieron momentos muy, muy difíciles. Hacían horarios inhumanos de 13 y 14 horas. Me acuerdo de un episodio, para mi bellísimo, pero también muy fuerte. Un día se me acercó un enfermero con el que no tenía mucha relación, la verdad. Él se confiesa ateo. Me pidió hablar y me dijo: «Usted sabe que soy ateo, que no creo en Dios». Y siguió: «Pero si existe su Dios tiene que pedirle que esto pare porque yo no aguanto más. Dígale a su Dios que intervenga porque yo ya no resisto». Yo le contesté: «No crees en Dios, pero Dios cree en ti. Mi Dios sí cree en ti». Se puso a llorar y me respondió: «Me está confundiendo, no me confunda». Desde entonces, nuestra relación ha cambiado, ha mejorado.

—Y ese Dios de ateos y creyentes, ¿dónde ha estado?
—Yo he visto a Dios en el paciente y el paciente ha visto a Dios en mí. El Señor ha estado presente en toda esta situación: en el enfermo, en el médico y en la persona que se ha quedado en casa. Para muchos ha sido el momento de volver a encontrarse con Él. Para otros quizá el momento de acusarle de no haber intervenido como el genio de la lámpara.
Para mí Dios estuvo y está presente en esa situación, en cada uno de los pacientes, en el que se salvó y en el que no. Una monja hace pocos días me llamó para darme las gracias por todos los momentos en los que pasé por delante de su habitación. Me dijo: «Estaba inconsciente, pero me dijeron que siempre pasabas y rezabas por mí, aunque no me diera cuenta». Para mí Dios está en esas cosas.

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