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Cantalamessa, un hombre ungido por el Espíritu, por Juan Carlos Mateos

El 28 de noviembre de 2020 el papa Francisco ha nombrado cardenal al capuchino Raniero Cantalamessa, un “hombre ungido por el Espiritu”, nacido la Apulia italiana hace 86 años, el 22 de julio del año 1934. Fue ordenado sacerdote en el año 1958, se doctoró en Teología en Friburgo (Suiza) con la tesis: “La cristología de Tertuliano”, y en Letras clásicas en la Universidad Católica de Milán.

Fue profesor ordinario de Historia de los Orígenes del Cristianismo y Director del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán. Durante el sexenio 1975-1981 fue miembro de la Comisión Teológica Internacional.

En el año 1979 abandonó la docencia para dedicarse a tiempo completo al ministerio de la Palabra. En el año 1980 Juan Pablo II lo nombró Predicador de la Casa Pontificia. Benedicto XVI lo confirmó en el cargo en 2005 y el papa Francisco el 18 de Julio 2013 lo volvió a ratificar.

En calidad de predicador dirige cada semana, en Adviento y Cuaresma, una meditación al Papa, a los cardenales, obispos y superiores generales. En los Oficios de Viernes Santo, siempre predica en la Basílica de san Pedro sobre el misterio de la cruz del Señor, como fuente de vida y de gracia. Y durante gran parte del año recorre medio mundo, invitado por obispos y comunidades católicas a anunciar la Palabra de Dios, y muy a menudo también predica a hermanos de otras confesiones cristianas.

Desde el 2009, vive retirado en el eremitorio del Amor Misericordioso de Cittaducale (Rímini), siendo el capellán de una pequeña comunidad de monjas de clausura.

Su testimonio personal

En su itinerario como hijo de san Francisco, hubo un momento de gracia que cambió su vida. El mismo en numerosos retiros y Ejercicios ha contado cómo fue tocado por la mano de Dios, encontrando ‘una vocación dentro de la vocación’, que siempre ha visto como venida “de lo Alto”. Era un profesor de Historia y Director de Departamento en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán. A juicio de sus superiores, prestaba un gran servicio a la Iglesia y a la investigación. Pero en un momento dado, reconoce que no se sentía satisfecho y “sentía la necesidad de un cambio radical”. No le bastaba «aquel conocimiento impersonal» del Hijo de Dios y Jesús quería contar más en su vida. Él mismo reconoce que “sentía que no tendría jamás la fuerza para realizar un cambio así”.

En 1974 una persona a la que acompañaba espiritualmente le habla de la Renovación carismática, pero le faltó tiempo para recomendarle que no fuera más por aquel movimiento un tanto “sospechoso”. Pero, poco a poco, se fue acercando más a esa “corriente de gracia” que el Espíritu ha regalado a su Iglesia, sobre todo porque le llamó la atención que las personas que pertenecían a la Renovación, “en vez de ofenderse con mis críticas, parecían amarme más y me invitaban a impartirles enseñanzas”. Se da cuenta que algunas cosas que veía le resultaban fascinantes. Él, debido a sus estudios patrísticos, reconocía sin dificultad que esas cosas que veía eran idénticas a aquellas que sucedían en las primeras comunidades cristianas, aunque, por aquel entonces, reconoce que “hablar en lenguas, profetizar me molestaba y lo rechazaba”.

En este dilema, trascurrieron algunos años, hasta que, en 1977, una persona de Milán, lugar donde él residía, le ofreció unos billetes para viajar a los Estados Unidos a participar en una gran reunión carismática ecuménica en Kansas City. Dado que ya tenía algún compromiso académico para viajar a los Estados Unidos, aceptó. Lo que vio en Kansas City –confiesa- “era una profecía para la Iglesia”. Estaban reunidos cuarenta mil cristianos -la mitad católicos y otra mitad de diferentes confesiones- en el estadio de la ciudad para orar juntos y a escuchar la palabra de Dios. Esa misma tarde hubo una lectura profética: «¡Llorad, haced lamento, porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado! Vosotros laicos, vosotros sacerdotes, vosotros obispos: ¡llorad y haced lamento porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado!».

Reconoce que “uno después del otro, todos en el estadio cayeron de rodillas sollozando”. Todo esto sucedía mientras un mensaje luminoso se proyectaba de una parte a la otra del estadio: «¡JESUS IS LORD!: «¡JESÚS ES EL SEÑOR!». Reconoce que lo que está sucediendo “parecía una profecía de la Iglesia del futuro, la Iglesia que todos esperamos, en donde los creyentes estén reunidos en el arrepentimiento, bajo el soberano señorío de Cristo”.

Pero, él se da cuenta que esto aún no fue suficiente. Continuaba observando todo desde el exterior, sin dejarse “más afectar”, como repitiéndose por dentro: esto sí, esto no… Hasta que, como él mismo confiesa: “una palabra de Jesús continuaba resonando en mi corazón y no podía quitármela de la mente: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis; dichosos los oídos que escuchan lo que vosotros escucháis!».

En esa misma asamblea, una tarde el “ministerio de la música” cantaba el canto que narra la historia de Jericó que cae, con el estribillo que repetía: ‘Jerico must fall’ (Jericó debe caer). Los amigos italianos que le que habían acompañado le daban codazos, diciéndole: «¡Escucha bien, porque tú eres Jericó!»

Algo “pasó” en De Kansas City, pero la gracia de Dios aún seguía “acechándole”. Se dirigió a una comunidad carismática de New Jersey, donde iba a celebrarse una semana de retiro sobre la Trinidad. Interiormente está inquieto, así que decide separarse del grupo e ir a alojarse al convento de capuchinos de la ciudad. Sin embargo, un sacerdote le pide que se quede esa semana de retiro con ellos. Él mismo se dijo: «ésta no es una casa de perdición, es una casa de retiros: si me quedo y voy, no me puede hacer mal. ¡Pues…, me quedo! Era esto lo que el Señor quería»

Y él mismo cuenta cómo, en este momento, le vinieron muchas objeciones interiores que tuvo que ir superando una por una. Se decía a sí mismo: “Pero, si yo soy hijo de san Francisco, poseo una magnífica espiritualidad, tantos santos… ¿Qué es lo que busco entre estos hermanos?, ¿qué me pueden dar de nuevo?” El seguía enfrascado en estos razonamientos, pero en la sala donde estaban orando, una hermana abrió la Biblia y leyó el pasaje donde Juan Bautista dice a los fariseos: «¡No digáis en vuestros corazones: ¡somos hijos de Abrahán, somos hijos de Abrahán!». El padre Cantalamessa cuenta que: “en ese momento, entendí que esa palabra estaba dirigida a mí y cambié mi oración al Señor. Ahora decía: ‘Señor, ya no digo más que soy hijo de san Francisco, sino que te pido a Ti que me hagas con tu Espíritu realmente hijo de san Francisco, porque hasta ahora no lo he sido”.

Pero no todo termina ahí. El seguía con sus razonamientos internos. Se decía: “si yo soy un sacerdote ordenado por el obispo, he recibido el Espíritu Santo. ¿Por qué debo arrodillarme ante los hermanos, incluso laicos, y aceptar que oren por mí?” En este momento, Raniero confiesa que le “pareció oír la voz misma de Jesús que me decía: «¿Y yo entonces? ¿Viniendo al mundo, no había sido consagrado por el mismo Padre? ¿Acaso no poseía yo la plenitud del Espíritu desde mi Encarnación? Y, no obstante, acepté ser bautizado por Juan Bautista -¡que también era un laico!- y el Padre me dio una nueva plenitud de Espíritu para mi misión, por vosotros». Entonces dije como Job: Me meto la mano en la boca. Bautízame, Señor, con tu Espíritu…”

Su interior ya había cambiado. Comenzó a prepararse para recibir el bautismo en el Espíritu con una buena confesión general. Dice que “le venía reiteradamente la imagen del cochero que, con las riendas en mano, había buscado dirigir la carreta como él quería: unas veces lento, otras veloz, ahora a la derecha, luego a la izquierda. Pero sin resultado. En este momento fue como si Jesús se sentara junto a mí (no piensen en nada de extraordinario, visiones, o cosas similares; eran como simples flashs, imágenes interiores muy normales) y me dijera: «¿Quieres darme las riendas de tu vida?»

Es verdad que muchos de los que han tenido la experiencia del bautismo en el Espíritu señalan que lo que decide todo es un acto total de abandono a la voluntad de Dios, un rendirse y entregarse a él sin reservas, dejarle que Él lleve las riendas de nuestra vida.

De hecho, sabemos que uno de los primeros que participaron en los Retiros carismáticos de EEUU (1967), resumía así lo que experimentó: «Me entregué completamente a Jesús y Jesús me entregó su Espíritu».

Algo parecido le sucedió al padre Cantalamessa. Cuando los hermanos oran a Dios pidiendo la efusión del Espíritu para él, en el momento en el cual le invitaban a elegir de nuevo a Jesús como Señor de su vida, él recuerda como alzó los ojos que “fueron a posarse sobre el Crucifijo que estaba sobre el altar. Era como si esperara mi mirada para decirme: Atento, Raniero, no te engañes, éste es el Jesús que eliges como tu Señor, no otro; no un Jesús fácil o de color de rosas. Comprendí que la Renovación en el Espíritu es una cosa distinta a un acontecimiento formado de emociones o de entusiasmos superficiales; lleva directamente al corazón del Evangelio”.

Pasado el tiempo, el recuerda que allí “no se dio nada de espectacular. Sólo que una vez llegado al convento al que había sido destinado, me di cuenta de que algo estaba cambiando: mi oración”. Cuando regresó a Italia, sus hermanos pronto se percataron que algo le había pasado. Al enterarse de lo que le había sucedido en aquel Retiro de oración, bromeando, le decían: “¡hemos enviado a América Saulo y nos han devuelto Pablo!”

Al poco tiempo, acaeció otro hecho de gracia que acabó de dar “la estocada” al padre Raniero, pues siempre ha entendido que todo ha sido una gracia muy especial que debe al bautismo en el Espíritu. “Un día mientras estaba orando en mi habitación, tuve otra de aquellas imágenes interiores, posiblemente sugerida por el versículo bíblico que estaba reflexionando. Era como si Jesús pasara delante de mí con la misma actitud que tenía cuando regresando del Jordán se disponía a dar inicio a su predicación. Decía: «Si quieres venir a ayudarme a proclamar el reino de Dios, ¡deja todo y ven!».

«Deja todo», eso quería decir: la enseñanza en la universidad, todo aquello que había hecho hasta ahora. “Por un momento –confiesa- tuve miedo de no estar preparado, porque aquel Jesús parecía que estaba decidido y tenía prisa; invitaba, pero no se detenía. Pero me di cuenta de que en mi corazón existía ya un sí pacífico, seguro, puesto allí, estoy convencido, por la gracia de Dios. Me levanté siendo un hombre distinto del que había comenzado a orar. Me dirigí a mi superior general a comunicarle mi inspiración y fue allí en donde descubrí qué gran don es para nosotros los católicos y para nosotros los religiosos y sacerdotes el tener una autoridad, el tener a representantes de Dios sobre la tierra. Sólo así pude estar seguro de que era realmente la voluntad de Dios, y no una presunta inspiración mía”. Su superior le pidió que esperase un año. Trascurrido ese tiempo estuvo de acuerdo en que se trataba realmente de una llamada de Dios y le dio permiso para comenzar a ser predicador itinerante del Evangelio, al estilo de san Francisco de Asís.

Pero no habían pasado ni tres meses, cuando le llegó de Roma la noticia de que el papa Juan Pablo II le había nombrado Predicador de la Casa Pontificia, cargo que desempeña desde hace cuarenta años. El p. Cantalamessa cuenta que cuando se encontró por primera vez con el Papa no pudo menos que contarle lo que le había pasado tan solo unos meses atrás.

Así es cómo la gracia de Dios ha llevado fraile capuchino a predicador de la Casa Pontificia… Ahora ese camino se completa con su nombramiento de cardenal de la Iglesia. Como siempre ha señalado: “yo he querido, al igual que san Pablo, «dar testimonio de la gracia de Dios», porque todo es pura gracia de Dios. Lo he hecho para que así mi ‘gracias’ suba a Dios, multiplicado por el ‘gracias’ de todos vosotros.

Mi testimonio personal

Durante mis años de Seminario, pude disfrutar y aprender mucho de los libros del padre Cantalamessa. Tenían algo especial. Yo estaba imbuido en el estudio sistemático de la Teología, pero sus libros, sin dejar de ser muy “teológicos”, tenían un “algo” que los hacía únicos. Siempre los califiqué como una “teología sapiencial”, donde la Palabra de Dios se entrelazaba fácilmente con los Santos Padres, los teólogos protestantes, los filósofos contemporáneos, las místicas de la Edad Media, en una maravillosa “sinfonía” que deleitaba el espíritu. Reconozco que pronto me enganchó y “devoraba” sus libros cada vez que uno llegaba a mis manos. Pronto tuve en el seminario fama de ser “cantalamessiano”. Así pasaron los años, hasta que se nos comunicó la fecha de la ordenación. Era la primavera de 1999. Fueron días para hacer un repaso agradecido “por tanto bien recibido”. Venían a mi mente y a mi corazón muchas personas que Dios había puesto en mi camino para que ese momento fuese posible. De pronto, caí en la cuenta que también son personas “los autores” que con sus libros habían acompañado mi crecimiento y mi formación humana, intelectual y espiritual. ¡Cómo no! A Cantalamessa le debía muchísimo. Pensé: “¡Por qué no le escribes un tarjetón agradeciéndole todo lo que le debes por sus libros!”. Un poco escéptico pensé: “¡Recibirá cientos de cartas, pero total… no pierdo nada! No tenía su dirección. Busqué y encontré una en la red: “Curia capuchina de Milán”. Pensé: “¡Curia capuchina! Seguro que ni le llega”.

Yo, aun así, redacté un tarjetón agradeciéndole todo lo que Dios me había regalado con sus libros y lo eché en el buzón más cercano al seminario. Y ahí acabó todo… yo seguía ilusionado con mi preparación a la próxima ordenación sacerdotal.

Un día, en el casillero de las cartas, entre otras, veo que hay una que tiene un tamaño distinto y un color especial. Veo que el matasellos pone “Milano” y por detrás, en el remitente, apenas logro leer “P. R. Cantalamessa”. Reconozco que me dio un vuelco el corazón. ¡Cantalamessa me había contestado! Lo abro y encuentro un tarjetón y este recordatorio, que conservo en mi Liturgia de las horas como una señal preciosa de la cercanía de un hombre “ungido por el Espiritu”.

Una vez ordenado, y trascurridos seis años, descubro por casualidad que la diócesis de Burgos ofrece Ejercicios Espirituales para sacerdotes, predicados por el “P. Cantalamessa”. Me parecía otro regalo de lo Alto. Eran a finales de agosto, con lo que las tareas parroquiales me permitían asistir.

Allí nos presentamos casi un centenar de sacerdotes de toda España, donde pudimos gozar de la predicación de un hombre que hablaba “de parte de Dios”. Fueron días de mucha consolación. Recuerdo su modo de celebrar la Eucaristía, su testimonio de hombre sencillo, austero en las comidas (alguna vez coincidimos en la misma mesa del comedor) y al final de los Ejercicios, cuando muchos le queríamos decir “gracias”, en la última charla, toda la sala prorrumpió en un gran aplauso espontáneo. Él, por lo inesperado, intentaba acallarlos con las manos… hasta que, dándose cuenta que detrás de él hay un gran crucifijo, se vuelve, y con el mismo entusiasmo que nosotros, aplaude a ese Crucificado que le cautivó como Señor de su vida.

En el trascurso de los Ejercicios pude tener una entrevista personal breve, unos diez minutos. Le comento que acaban de encomendarme la enseñanza de los Santos Padres en el Seminario. Dado que él fue profesor de los Orígenes del Cristianismo muchos años, le pregunto qué aspecto debo cuidar. Un tanto pensativo, hace un momento de silencio, y me dijo: “Para mí es una de las materias más importantes en la formación de los seminaristas, junto con la Liturgia y la atención a los pobres. No olvides darle siempre un enfoque espiritual a la asignatura”. Aún recuerdo esa mirada sincera y ese timbre de voz que traducen lo que un hombre de Dios tiene de “sabiduría espiritual”. Esa creo que es su valía, la síntesis perfecta entre teología y espiritualidad, unidas sin confusión, distintas sin separación. ¡Gracias padre Cantalamessa, por tanto… por siempre!

Juan Carlos Mateos

Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios

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