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Canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II: gracia e interpelación – editorial Ecclesia

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Ya es oficial: el próximo 27 de abril, segundo domingo de Pascua, festividad de la Divina Misericordia, la Iglesia católica, y con ella la humanidad, vivirá un acontecimiento extraordinario y, al menos desde hace muchos siglos, inédito. En efecto, un Papa, en este caso Francisco –y, al menos, desde la cercana distancia el emérito Benedicto XVI- canonizará a dos recientes y magníficos antecesores suyos: Juan XXIII y Juan Pablo II. Los cincuenta años que distan desde la muerte del primero –la de Juan Pablo II fue en 2005- y la canonización es todo un signo de presencia y de don de Dios en medio de una de las complejas singladuras de la Iglesia en su historia dos veces milenaria.

Con Juan XXIII y Juan Pablo II en los altares como santos,  se volverá a poner de manifiesto, además, el privilegio y la gracia con la que Dios ha guiado y guía a su Iglesia en el último siglo y medio. De los once últimos pontífices, tres serán ya santos: Pío X y el 27 de abril, Juan XXIII y Juan Pablo II; otro, Pío IX, beato; dos, Pío XII y Pablo VI, venerables –esto es, reconocidas la heroicidad de sus virtudes y vida cristiana- y en espera, pues, de la aprobación de un milagro atribuido a su intercesión para ser declarados beatos; otro, Juan Pablo I, siervo de Dios; y los otros tres, León XIII, Benedicto XV y Pío VI, también espléndidos y providenciales pastores.  Con esta luminosa y virtuosa pléyade de Pontífices de la Iglesia católica se verifica, una vez más, la promesa de Jesucristo, el “yo estaré siempre con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Así, pues, los primeros sentimientos y actitudes en la hora de la acogida del anuncio de la fecha de canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II han de ser el gozo, la acción de gracias a Dios y la renovada toma de conciencia de su presencia alentadora y providente en medio nuestro. Una presencia que halla en otros cristianos admirables de este medio siglo, de otros hijos e hijas de la Iglesia de este último medio siglo una ulterior comprobación.  La Iglesia de las persecuciones fue la Iglesia de los mártires y de su sangre derramada brotaron por doquier semillas de vida cristiana. La Iglesia mundanizada a la que sorprendió la reforma protestante se despertó de su doloroso letargo gracias a una maravillosa generación de santos. En el siglo XX, en medio de revoluciones de toda índole, Dios también nos bendijo fecundamente con numerosos santos. Y ahora –los papas citados, San Rafael Arnáiz, madre Teresa de Calcuta, padre Pío,  San Josemaría,   monseñor Óscar Romero y tantos otros-, parece repetirse esta misma y ungida historia de gracia.

No cabe tampoco duda de que la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II supone, de algún modo e indirectamente, un espaldarazo a sus  servicios a la Iglesia, que fue la Iglesia del Concilio Vaticano II. Ciertamente no se canoniza este periodo de tiempo. Ni mucho menos. Solo se canonizan personas, vidas ejemplares. Pero es evidente que, en las vidas heroicas de quien emprendió el Vaticano II y de quien asistió primero a él y después lo hubo de aplicar y desarrollar como obispo diocesano y posteriormente como Papa, el Concilio tuvo arte y parte. Y en este  mismo sentido, otra de las grandezas y de los dones de la canonización del próximo 27 de abril es su valor de comunión y de inclusión, su apuesta por mostrar, desde  el primado de la unidad, la belleza de la pluralidad polifónica de la Iglesia.

Emblema del buen cura, presbítero y después nuncio y obispo que amaba a cada uno de sus fieles, piadoso, manso, bondadoso humilde, preocupado por los pobres, creyente que se dejaba guiar por el Espíritu Santo… Así definía recientemente Francisco a Juan XXIIII. “El gran misionero de la Iglesia,  un hombre –Francisco habla ahora de Juan Pablo II- que llevó el evangelio  a todos los lugares… Sentía ese fuego de llevar la Palabra del Señor. Es un Vicente de Paul, es un San Pablo…”. “Y hacer la ceremonia de canonización con los dos juntos, creo que es un mensaje a la Iglesia: estos dos son buenos, son buenos, son dos buenos”, apostilla –y ya, al menos por  ahora todo queda dicho- el actual Pontífice.

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