Caminos para responder al inmenso reto de la pastoral juvenil y vocacional – editorial Ecclesia
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Caminos para responder al inmenso reto de la pastoral juvenil y vocacional – editorial Ecclesia

Caminos para responder al inmenso reto de la pastoral juvenil y vocacional – editorial Ecclesia

Las páginas 7 a 9 de este número navideño de ECCLESIA recogen dos trabajos sociológicos sobre los jóvenes españoles. El primero de ellos presenta la síntesis de las aportaciones recibidas en la Conferencia Episcopal Española (CEE) de cara al próximo Sínodo de los Obispos. Esta síntesis se ha enviado ya a la Santa Sede para la elaboración del Instrumentum laboris de la asamblea sinodal sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, que tendrá lugar en Roma del 3 al 28 de octubre de 2018. El segundo es el informe de este año del Observatorio de la Juventud en Iberoamérica (OJI) de la Fundación SM, titulado “Jóvenes españoles entre dos siglos (1984-2017)”.

¿A qué conclusiones e interpelaciones nos llevan ambos informes? La primera de ellas es la obviedad de que la pastoral juvenil y vocacional es una de las mayores y más apremiantes prioridades y urgencias de nuestra Iglesia. Como también es obvio que el trabajo y los frutos en estos sectores pastorales están íntimamente relacionados con la misma vitalidad eclesial y con la transmisión y vivencia de la fe cristiana, como une, con acierto, en un mismo y único tema el Sínodo próximo.

La segunda conclusión es que urge intensificar el desarrollo de una pastoral juvenil y vocacional y de la educación en la fe en integración plena con la acción apostólica de toda la Iglesia. Dicho de otro modo, que no sean compartimentos estancos y que no se escatimen esfuerzos e iniciativas en pro de su tan precisa revigorización.

Y es que, aun cuando no cabe duda de lo mucho que se está haciendo al respecto, los resultados no acaban de producir los frutos esperados y necesarios. De ahí, que ante el próximo Sínodo de los Obispos sea toda la Iglesia la que se deba movilizar y sentir concernida.

En este sentido, y desde la humildad y la propuesta, querríamos ofrecer ahora algunas pistas, pinceladas o caminos en aras a la promoción de estos sectores pastorales. La primera sería insistir y repetir, con la vida, que merece la pena ser cristiano y joven y también sacerdote o consagrado.

Partiendo de esta certeza, de esta convicción doble acerca del Dios que sigue llamando y de que merece la pena seguir su voz, la pastoral juvenil y vocacional debe trabajar paciente y perseverantemente en la presentación de la verdad de Jesucristo y de la verdad de la Iglesia y en el testimonio de la verdad del sacerdocio y de la verdad de la vida consagrada. Nada conseguiremos maquillando, endulcorando, relativizando estas verdades.  Como nada conseguiremos tampoco sin una actitud de escucha, apertura, acogida y acompañamiento a los jóvenes y a sus inquietudes.

El redescubrimiento de los valores esenciales de la existencia humana ha de ser igualmente otro de los caminos a recorrer. La vida es mucho más que la pretendida fiesta fácil y permanente a la que la cultura postmoderna actual aboca a nuestros jóvenes y también a tantos y tantos adultos. Las falsas concepciones de la vida y de sus valores están en la base, por ejemplo, de sucesos de conflictividad, frustración o desengaño juvenil, a los que asistimos lamentable y frecuentemente.

Asimismo, la tierra abierta y fértil de la pastoral juvenil y vocacional pasa por una vida cristiana generosa, fiel y coherente, enraizada en las praxis religiosas, en la frecuencia de los sacramentos -particularmente, la eucaristía y la reconciliación- y en los espacios para el cultivo del espíritu, la oración, la vida interior, la formación y el ejercicio concreto del apostolado.

El testimonio alegre, incisivo, responsable y convincente de todos los cristianos -laicos, sacerdotes, consagrados, seminaristas y candidatos a la vida consagrada, jóvenes y adultos- es premisa indispensable, sin la cual el cristianismo difícilmente puede arraigar. Sacerdotes, seminaristas, religiosos, postulantes y novicios han de ser los primeros promotores de las vocaciones. Y la vida cabal, comprometida de los laicos, en este caso singularmente de los jóvenes, es también imprescindible, pues el mejor apóstol de los jóvenes son los mismos jóvenes.

Cuatro realidades más han de sumarse a la respuesta al gran reto de la pastoral juvenil y vocacional. Son las familias, los centros educativos (con la clase de Religión y sus mismos materiales didácticos, actividades, propuestas y transversalidad), las parroquias (con sus catequesis, celebraciones y convocatorias) y, por su supuesto, la oración ferviente, constante y unánime.

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