Camino cuaresmal: De la noche a la luz, cruz y gloria
Cuaresma 2015 Especiales Ecclesia Firmas

Camino cuaresmal: De la noche a la luz, cruz y gloria

Camino cuaresmal: De la noche a la luz, cruz y gloria

El camino cuaresmal hacia la Pascua es un camino, que, de modo especial a través de las lecturas bíblicas, la liturgia nos presenta como un gran símbolo de toda nuestra vida creyente.

Hoy, a través de estas lecturas, la liturgia ha resaltado dos dimensiones fundamentales de este camino, de esta vida creyente nuestra. Por un lado, ha acentuado su dificultad, su oscuridad: El durísimo camino de Abraham e Isaac, el del Hijo, el de Pedro (“no sabía lo que decía”). El camino de nuestra vida es, en ocasiones, arduo y fatigoso. Las soledades, las ausencias, los achaques, las enfermedades, los sufrimientos de la vida y de sus injusticias nos lo hacen a veces insufrible, etc. Por el otro, la necesidad de seguir avanzando, aun cuando parezca que no hay futuro; pues “Dios está con nosotros”, todo va a terminar en la resurrección: La vida va a triunfar sobre la muerte.

El vivir no es fácil, tenemos que realizar este camino acompañados, pero en soledad, asumiendo riesgos, dificultades, etc. Pero la narración de la Transfiguración nos ofrece un anuncio de esperanza para todos en este camino. El camino es posible recorrerlo, y al término nos espera la sorpresa de la victoria. Pero todos, a menudo, olvidamos esto último y nos preguntamos una y otra vez: ¿Por qué mantener la esperanza en este caminar, en el que casi ni vemos ni entendemos? Y nos sentimos viviendo la misma experiencia que Abraham, a quien antes le habían arrebatado su pasado (“sal de tu tierra…”) y ahora parece que le van a privar de su futuro (“ofréceme en sacrificio a tu hijo, al único, al que amas, a Isaac”); igualmente Pedro, quien no entiende nada de lo que le acontece (“no sabía lo que decía”), por muy importante que pueda parecer la experiencia que está viviendo.

En definitiva, son momentos, experiencias vitales, de desarraigo, de pérdida de futuro, de miedo, de desconcierto…, que todos, con mayor o menor frecuencia, hemos vivido y que a veces resumimos en y con una sola frase: “Se ha hecho de noche”.

Entonces nos preguntamos: ¿Y no hay para nosotros ninguna luz que ilumine y dé sentido a nuestro caminar por la historia, aunque “sea de noche”?, ¿no hay pequeñas e insignificantes luces que puedan iluminarnos y hacer que no decaigamos en el camino?

Por experiencia propia todos sabemos que sí, que en ocasiones este camino, áspero y difícil, se tiñe de una luz nueva; pues en él se dan/vivimos unos acontecimientos con un plus de sentido tan fuerte, que nos desbordan; son situaciones en las que nos resulta más fácil “esperar (en ocasiones) contra toda esperanza” (Rom. 4, 18). Son momentos en los que llegamos a gritar: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!”; son los momentos en los que, “por pura gracia” (Ef. 2, 5), sentimos cerca al Dios que se nos ha hecho infinitamente cercano en Jesús, al Dios “que está a favor nuestro” (II lectura), que nos habla de futuro y de esperanza (I lectura), que nos regala la Palabra, que es su Hijo (Evangelio).

Todos necesitamos esos momentos de Tabor, momentos intensos de presencia de Dios, en los que llegamos a recuperar la esperanza porque hemos experimentado el amor y hemos visto y palpado al Dios de la vida, al Dios de las promesas, al Dios del futuro. La transfiguración es luz para el camino, es luz para la esperanza: “En las tinieblas brilló una luz”. El Dios tiniebla total se vuelve presencia luminosa.

Es cierto que, como nos ha dicho el evangelio, no son situaciones para quedarnos detenidos en ellas; es cierto que pasan de un modo más o menos rápido y que, al final, “no vemos a nadie más que a Jesús solo” con nosotros; pero siempre esas experiencias quedan en nuestro “recuerdo” y nos sirven de contrapeso de otras en las que únicamente experimentamos la presencia opresiva de la noche.

¿Qué puede decirnos todo esto en nuestra vida de cada día; Quizá esto:
– Hay demasiada gente desesperanzada en nuestro entorno, ¿podríamos poner un poco de esperanza en sus vidas? ¿podríamos dejar que otros la pusieran en las nuestras, cuando fuésemos nosotros los desesperanzados?
– Hay demasiados obstáculos, a veces durísimos, en las vidas de muchas personas bien conocidas de nosotros, ¿podríamos contribuir con nuestra cercanía a eliminar alguno de ellos? ¿podríamos dejar que entren en nuestras vidas personas que nos ayuden a eliminar obstáculos y, a la vez, contribuyan a que, siquiera alguna vez, podamos gritar: “¡Qué bien se está aquí!”?
– Hay demasiada gente que nunca ha experimentado que alguien apuesta su vida por ellos, ¿podríamos ser en sus vidas testigos creíbles de aquel que “está a favor nuestro”? ¿podríamos eliminar, al menos, algunas defensas nuestras, que nos impiden experimentar la presencia de tantos (quizá muchos más de los que imaginamos) que son testigos creíbles de ese Dios que apuesta gratuitamente por nosotros?
– Hay… Estamos todos invitados a completar la lista desde nuestra vida cotidiana.

Seguro que ya lo estamos haciendo y, tal vez, más de lo que imaginamos; vamos, pues, a celebrarlo comunitariamente en la eucaristía donde siempre comulgamos al Cristo glorioso que desea transfigurarnos y que nos llevará sin duda a la Gloria definitiva.
Ricardo Cabezas de Herrera. Sacerdote de Badajoz

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