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Calderón de la Barca, sacerdote y poeta

El 17 de enero de 1600 nació en Madrid, probablemente en la calle Arenal, Pedro Calderón de la Barca, el tercero de seis hermanos, cerca del antiguo Alcázar, lugar donde trabajaba su padre como secretario del Consejo de Hacienda del Rey. Bautizado el 14 de febrero en la parroquia de san Martín, cuando contaba con 50 años fue ordenado sacerdote. A los 63, fue nombrado capellán del Rey y entró a formar parte de la Congregación san Pedro de sacerdotes naturales de Madrid, de la que primero fue miembro y, posteriormente, capellán mayor. El domingo 25 de mayo de 1681, solemnidad de Pentecostés, murió en su casa madrileña un afamado poeta y un sacerdote bueno, humilde y sencillo.

Su vida trascurrió en distintas ciudades españolas, que iremos recorriendo y nos servirán de íter para conocer el «alma» de Calderón.

Madrid

Sus padres, Diego Calderón y Ana María Henao, residieron en Madrid hasta que la corte se trasladó a Valladolid entre 1600 y 1606. Su familia, dado que su padre trabajaba para el Rey, se vio obligada a trasladarse a la ciudad castellana durante esos años. A su vuelta a la capital madrileña, sus padres siempre quisieron que su hijo recibiera una educación esmerada, por eso le apuntaron en el Colegio Imperial de los jesuitas (1609-1614), hoy Instituto San Isidro, para que realizara allí sus primeros estudios, donde pudo conocer a fondo los poetas clásicos (griegos y romanos) y recibió una esmerada formación humanística.

Cuando tenía diez años, quedó huérfano de madre, y su padre contrajo nuevas nupcias. En la pujante Universidad de Alcalá estudió durante dos años (1614-1616) Lógica y Retórica. Allí se hizo con una sólida formación filosófica, una gran perspicacia literaria y una sutil habilidad argumentadora.

Teológicamente, en los asuntos referidos a la gracia y la redención del hombre, se muestra tomista; agustiniano, en teología natural y en cuestiones de fe; y franciscano, en la lectura simbólica de la naturaleza y su interpretación. A todo ello tenemos que añadir la amplia formación bíblica y patrística, muy presente en toda su obra. Con este bagaje, el incipiente poeta se fue forjando un estilo propio, que le convertiría con el paso de los años en el dramaturgo barroco por excelencia.

Salamanca

Cuando Pedro tenía quince años muere su padre. Y durante un quinquenio (1616-1620) frecuentó las aulas de la Universidad salmantina para cursar Filosofía, Teología y Cánones, formación que le capacitaba para acceder al sacerdocio, cuyas Órdenes Menores (tonsura) llegó a pedir y recibir. Sin conocer muy bien las causas, sabemos que en esos años interrumpió la formación hacia la ordenación sacerdotal. En la Universidad conoció y profundizó la teología de Bañez y Molina, y el Derecho Internacional de Francisco de Vitoria, y empezó a escribir y a publicar sus primeros versos. De estos años juveniles solamente conocemos dos romances pastoriles.

Madrid

Regresa a la capital y allí —en medio de una vida un tanto libertina— comenzó a participar en diferentes concursos literarios patrocinados por el Ayuntamiento. Entre el 19 y el 27 de junio de 1622 se celebraron en Madrid las fiestas por la canonización de san Isidro, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier y san Felipe Neri. Calderón participó y ganó el tercer premio de las canciones a san Isidro. El primero parece que estaba reservado para él, ya entonces, insuperable Lope de Vega. En las mismas fechas, el Colegio Imperial, donde años atrás había sido alumno, celebró otro certamen en honor de los santos jesuitas recién canonizados. Calderón presentó un romance A la penitencia de san Ignacio, que obtuvo el primer premio, y unas quintillas a un Milagro de san Francisco Javier que lograron el segundo. El 29 de junio de 1623 —coincidiendo con la solemnidad de san Pedro— estrena su primera obra Amor, honor y poder, tres palabras que vienen a ser temas de todas sus Comedias y Autos, pues siempre los presenta como «patrimonio del alma». Recordemos los famosos versos de El alcalde de Zalamea: «Al rey la hacienda y la vida / se han de dar, pero el honor / es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios».

En 1625, al llegar a la mayoría de edad sin haberse ordenado sacerdote, perdía la capellanía que había instituido su abuela Inés de Riaño, para que la pudiera disfrutar su nieto Pedro, siempre y cuando se ordenara sacerdote antes de los veinticinco años. En caso contrario, como fue el caso, habría de dejarla a otro pariente.

Después de la histórica Toma de Breda (junio de 1625) el conde-duque de Olivares encargó al joven Calderón una crónica dramática —El sitio de Breda— para escenificar ante la corte y el pueblo un acontecimiento tan decisivo. Calderón, con poco más de cinco lustros, se convierte en el poeta y dramaturgo oficial de la Corte real, capaz de competir con los mejores. Pero no contento con esta fama, y buscando honra mayor, participa en la campaña militar contra Flandes. A su vuelta estrena en el Palacio Real su Príncipe constante (1627), fecha en que comienza una ininterrumpida simpatía del rey Felipe IV por él. Se le nombró caballero de la Orden de Santiago, que recibió a pesar de las dudas que había acerca de su limpieza de sangre (1637), un cargo honorífico que le permitió participar en la guerra de Cataluña (1640-1641). Allí no le fueron bien las cosas: resultó herido y contrajo una enfermedad pulmonar que le acompañará toda su vida, y también murió su hermano. Estos dos acontecimientos le marcarán mucho y crearán en él un carácter desengañado que le acompañará toda su vida. Muchos le recuerdan como una persona introvertida, reconcentrada, ensimismada, con un temperamento más intelectual que afectivo, de una gran timidez, que le hacía marcar distancias entre su vida íntima y sus contactos. En el poema Psalle y Psille nos dice: «Es el silencio un reservado archivo / donde la discreción tiene su asiento…. el idioma de Dios es el silencio». Los títulos de las obras que escribe durante estos años son muy significativos de esto que decimos: Cada uno para sí, Primero soy yo, No hay cosa como callar, Nadie fie su secreto… En esta última encontramos versos que bien pudieran ser autobiográficos: «no hay compañía más segura que la soledad».

A estos acontecimientos personales y familiares, hay que añadir otros sociales y estatales: las tropas españolas, desgastadas en la lucha en Europa durante más de veinte años, no conseguían imponerse; la Corte está en clara decadencia; España acumula fracasos militares reiterados… Estos aspectos van configurando un Calderón un tanto reservado y discreto, y un dramaturgo que mira al interior y se empieza a hacer preguntas existenciales.

Nuestro dramaturgo y poeta —ya en su madurez— sirve al sexto duque de Alba durante un quinquenio (1645-1650). De hecho, traslada su residencia a la ciudad salmantina de Alba de Tormes, donde trabaja como secretario. En enero de 1650, Calderón cumple cincuenta años, una edad considerable para la época, que propiamente no impedía el matrimonio, pero en ese año, sin que sepamos muy bien porqué, decidió no casarse. El 11 de octubre ingresó en la Tercera Orden franciscana y recibió el hábito cinco días después. En esta tesitura, fue ordenado sacerdote (1651) [1]. Conservamos su petición de Órdenes Mayores, recientemente (año 2000) encontrada en el Archivo diocesano de Toledo: [documento 1] «En tº 22 mº de 1651. / Ilm. S /. Don Pedro Calderon delabarca Caballero dela orden desan / tiago digo —que por los años deseisciento y diez, hasta doce— me / ordene en esta ciu.d de primera tonsura cuyos titulos, con la / dilacion de tanto tiempo, seme anperdido. Y que no aviendo, como / no ay, archibo en ella delas ordenes; aunque e acudido abeces con las / matriculas he hallado algunas en poder delos herederos de / algunos secretarios que lo eran por entonces; no e hallado Raçon / de mi partida. Y que aunque quiera dar dello ynformación / no son faciles de hallar testigos que de quarenta años a esta / parte puedan deponer indibidualmente deque me vieron / ordenar. Supp.co Avtil.mande quesemetome mi declaracion / y jura mento en toda forma y seaya de estar al credito dello. / Para que no por un accidente tan casual como perderse un / titulo deje oy de pasar a tanperfecto estado como eldel / sacerdocio para acabar enel mi vida con mas quietud y se / guridad demi conciencia; o Vme. provea en este caso de dar Re / medio mas conbeniente para no embarracar tan buen pro/posito… Don Pedro Calderón dela barca». En la misma petición hay una nota marginal que trascribimos: «Jure Don Pedro q. está ordenado de Corona». Y se conserva el juramento que aquí se le pide: [documento 2] «Enlaciudad detoledo a veinte y dos dias del mes de / março demil y seiscientos y cinquenta y un años yo el presente / notario secretario Reçevi juramento enforma de de / recho de donpedro Calderon delabarca caballero de / abito de Santiago dela villa de madrid estante aelpre / sente enestaciudad El qual hyzo porel abito de su / Religion puestala mano enelpecho socargo dél / prometio de decir verdad y siendo preguntado dijo / que esta ordenado deprima tonsura que le ordeno / el Señor don melchor de Soria y Vera quefue obispo de / Hoya en ordenes generales desde el año de seiscientos y diez / astael de doce poco mas o menos y esto es verdad socar / go de su juramento y es de hedad de cinquenta años y lo firmo. Don P. Calderon delabarca. Antonio Fermandez Ribera». No sabemos con exactitud dónde fue ordenado Calderón, aunque la celebración de la ordenación debió tener lugar a finales de septiembre o principios de octubre de 1651. Sabemos que el 18 de septiembre, el rey firmó un documento por el que le autorizaba a «ordenarse de misa y andar con hábito de sacerdote en la forma ordinaria». Siendo sacerdote, sólo escribirá para la Corte y solamente Autos sacramentales, aunque durante los años de 1666 a 1669 inclusive, no hubo representación de Autos en la Corte, por el luto que se guardó debido a la muerte del rey Felipe IV. La primera comedia de corte después del luto regio fue la representada en el cumpleaños de la reina Mariana (22 de diciembre de 1669), aunque no nos ha llegado el título. Los teatros públicos se abrieron antes, en 1667, pero Calderón ya hacía años había dejado de escribir para ellos.

Toledo

Siendo ya sacerdote, es nombrado capellán de la Capilla de Reyes Nuevos de la Catedral (junio de 1653). Se traslada a vivir a Toledo y así se restablece una relación con la ciudad del Tajo que venía desde antiguo. Su abuelo Pedro se casó con Isabel, una toledana de la familia de «los Ruiz» y dos tías suyas ingresaron —a finales del siglo XVI— en el convento de santa Clara la Real. En 1612, con catorce años, ingresó también su hermana Dorotea.

Durante diez años vivió en la antigua ciudad visigoda, aunque viajaba a la capital madrileña con bastante regularidad para supervisar la puesta en escena de los Autos que cada año se representaban en el Corpus. Normalmente los meses de mayo y junio, los pasaba en Madrid, con lo que hemos de suponer que el cumplimiento de las obligaciones de la capellanía encomendada (cargo eclesiástico que llevaba consigo el pago de suculentas rentas y el derecho a usar una casa) tuvo que declinarla en otro sacerdote.

Fue criticado por simultanear su condición de sacerdote y poeta/dramaturgo. A estas acusaciones, contestó: «O es malo [escribir teatro y poesía], o es bueno; si bueno, no se me obste; si malo, no se me mande». De hecho parece que, al ordenarse sacerdote, su intención fue dejar de escribir. Refiriéndose al sacerdocio, dejó escrito: «Y aunque es verdad que ocioso cortesano la traté con el cariño de habilidad hallada acaso; no dejé de desdeñarlarla el día que tomé el no merecido estado en que hoy me veo». Durante estos años escribió uno de sus poemas más significativos: Exhortación panegírica al silencio (1661), de 525 versos, conocido también como Psalle y psille (Canta y calla) por las palabras que lo inspiraron, que aparecen grabadas en la cartela conservada en la parte superior de la reja del coro de la catedral de Toledo. «O calla, / o algo di, que mejor que callar sea». Una observación sorprendente y llamativa para haberla dicho alguien que escribió más de dos millones de palabras, a un promedio de tres obras por año. Este poema tiene especial interés para nosotros, porque aparecen algunos rasgos biográficos de nuestro dramaturgo. Al contrario que Lope, apenas nos ha dejado referencias biográficas en sus obras. De hecho, la de Calderón es una «biografía de silencio», pues apenas aparecen noticias sobre sus sentimientos, vivencias, peripecias… Un recatado pudor le impedía ver su propia vida como materia literaria, como si estuviese convencido del viejo aserto: «a quien confiesas tu secreto, entregas tu libertad».

El 14 de septiembre de 1653 ingresó en la Hermandad del Refugio de Toledo; tres años después lo nombran Hermano Mayor, lo que significa que debía presidir todas las reuniones oficiales. La hermandad existía para atender las necesidades básicas de los pobres, que en la práctica suponía gestionar un albergue y llevar las cuentas. Ciertamente, un libro de contabilidad no aporta muchos detalles «sacerdotales», pero para nosotros resulta interesante, pues, como muestra de su gran generosidad, encontrarmos anotado un donativo que dio —1000 ducados— para socorrer a pobres y enfermos. Durante estos años, nuestro dramaturgo, nada amigo de fiestas ni de encuentros sociales, vivió retirado y dedicado a la oración, a la caridad y a la composición de obras teatrales. La mayoría de las anotaciones contables del libro son de puño y letra de Calderón y en él quedan reflejadas las ayudas espirituales y materiales distribuidas por nuestro poeta y dramaturgo entre 1653 y 1656 inclusive.

Madrid

En 1663, fue nombrado capellán de honor por el Rey, lo que supuso el regreso a la capital. El entonces sacerdote Pedro Calderón de la Barca siempre gozó del favor de Felipe IV —«el rey del teatro»— y, tras su muerte (1665), continuó con el de Carlos II.

Cada año escribía dos Autos sacramentales solicitados por el Ayuntamiento de Madrid, donde terminó por «hacerse con el monopolio». En 1681 —al final de sus días— escribió sus últimos Autos: El Cordero de Isaías, y La Divina Filotea, que dejó incompleto. Recibe sepultura en la capilla de san José de la iglesia de San Salvador. En el testamento que el dramaturgo había dispuesto años antes y que confirmó cinco días antes de morir, se dan cuenta de sus bienes: varios censos, pinturas, libros, joyas, gran cantidad de plata labrada… Se nombra heredera universal a la Congregación san Pedro de sacerdotes naturales de Madrid.

Durante los siglos XVI y XVII, las grandes ciudades competían por superarse en los fastos y en la puesta en escena del Auto que, con motivo del Corpus de cada año, se representaba en las plazas. Toledo, Madrid y Sevilla eran las que más rivalizaban entre sí, contratando a los mejores: dramaturgos, obras y compañías. En ellas vivían casi la totalidad de los grandes dramaturgos y normalmente también dirigían la representación de sus Autos. Cada una de ellas era, a su modo, un foco generador de cultura y «teología literaria».

La ciudad de Madrid, con el Ayuntamiento al frente, desde 1648, año de la muerte de Tirso de Molina, encargará a Calderón todos los Autos sacramentales que se representaban en la fiesta del Corpus. Cada ciudad podía escenificar un Auto —solo uno—. Sin embargo, Madrid en estos años ya disfrutaba del privilegio de poder representar dos. A nuestro dramaturgo siempre se le reservaba uno, y tal era su fama que, incluso después de su muerte, era impensable que no se representara un Auto de Calderón, de los que ya por entonces se disponía de una edición impresa, pues cuatro años antes de su muerte (1677), él mismo recopiló y publicó sus Autos sacramentales, y se los dedicó a [documento 3] «Christo Señor Nuestro Sacramentado». Tal era la fama de éste que supo aunar su vocación sacerdotal y su vocación literaria en una «síntesis muy fecunda».

Por Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la CE para el Clero y los Seminarios

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