Carta del Obispo Iglesia en España

Cada santo es una misión, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

Cada santo es una misión, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

domingo 4 de noviembre de 2018.

Comenzábamos este mes de noviembre celebrando la Solemnidad de Todos los Santos: un día para recordar, como nos dice el libro del Apocalipsis, “la muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,4). En efecto, el número de hermanos nuestros que, desde el anonimato para los hombres pero no para Dios, han alcanzado la meta de la santidad es incontable. Y es que, a lo largo de la historia, la llamada constante a la santidad ha sido respondida generosamente, con la gracia de Dios, por infinidad de hombres y de mujeres. Por eso, en estos días la Iglesia muestra con gozo toda su fecundidad y se alegra por tantos hijos suyos que realizaron plenamente su vida en esta tierra según el plan de Dios; y nuestro corazón se llena de alegría y de alabanza uniéndose al cántico de los ángeles y de los santos que proclaman eternamente la santidad y la gloria del Señor.

Junto a ese número de santos anónimos que interceden por nosotros ante Dios, la Iglesia también nos va presentando paulatinamente modelos concretos de santidad en este caminar del Pueblo de Dios. El Papa Francisco nos dice que “cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio”. Por eso es bueno que los conozcamos y, desde ellos, descubramos mejor la alegría de vivir el Evangelio.

Burgos tiene la suerte de contar con una lista grande de hermanos nuestros a los que la Iglesia ha reconocido como bienaventurados. Ello es signo elocuente de las raíces fecundas de nuestro pueblo que han sabido dar así su fruto más granado. Como os he dicho en otras ocasiones, el Señor ha bendecido a nuestra tierra burgalesa con este testimonio de fidelidad que bien merece la pena ser guardado, celebrado e imitado.

Hace pocos días se presentaba un libro que recoge la vida de la Sierva de Dios Marta Obregón, una joven de nuestra ciudad, cuyo proceso de beatificación en su fase diocesana esperamos poder concluir próximamente. El próximo sábado asistiré en Barcelona a la beatificación de 16 nuevos beatos víctimas de la persecución religiosa acontecida en España en los inicios del siglo XX, 12 de los cuales eran oriundos de nuestras tierras burgalesas. Y el 8 de diciembre próximo, también será beatificada una religiosa nacida en Santa Cruz de la Salceda y martirizada durante la persecución religiosa acaecida recientemente en Argelia.

Al recordar el testimonio concreto de estos contemporáneos nuestros, paisanos a los que muchos habéis conocido y tratado, nuestro corazón se llena de profunda alegría. Se trata de un grupo numeroso de sacerdotes, religiosos y laicos, que nos estimulan en nuestro caminar de fe para que profundicemos en nuestra propia vocación bautismal. Porque ellos son para nosotros un modelo y un ejemplo, y a la vez un estímulo y una meta, porque nos recuerdan que la santidad es algo accesible a todos aquellos que se sienten atraídos por el seguimiento de Jesús y se abren a la gracia de Dios.

Es hermoso percibir la belleza de la Iglesia en estos hijos. Para nosotros supone un estímulo en la tibieza, superficialidad y mundanidad con la que muchas veces vivimos nuestra fe en estos tiempos difíciles y convulsos. Me parece oportuno que, en la necesaria conversión a la que estamos llamados, recuperemos esta invitación a la santidad que nos lleva a una vida plena en el Espíritu. Para ello, quizás tengamos que alejar ideas falsas con las que hemos vinculado la santidad y hagamos nuestra la sencillez con la que lo percibe nuestro Papa Francisco en ese documento tan hermoso sobre la santidad del que os hablé en su momento y que lleva por título Gaudete et Exsultate: “Me gusta ver la santidad en el Pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo… En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado»”.

Pues sí, la santidad es para todos. San Pablo nos dice que el Señor nos eligió a cada uno de nosotros “para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4). Llamados a ser santos, esa es nuestra misión y a ello tenemos que animarnos, vosotros y yo: a vivir con amor, como seguidores de Jesús, en medio del mundo y en los aspectos más sencillos y normales de nuestra vida, con la gracia de Dios.

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