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Bolivia: Para construir una sociedad nueva, la solución empieza por nosotros, dice el obispo de El Alto, Bolivia

Para construir una sociedad nueva, la solución empieza por nosotros, dice el obispo de El Alto, Bolivia

Monseñor Eugenio Scarpellini, Obispo de El Alto, en Bolivia al celebrar la eucaristía de este domingo desde la Basílica Menor de San Francisco en La Paz, expresó su preocupación por la situación actual de la sociedad.

El obispo dijo que el problema de fondo está en el corazón de cada uno: “es necesaria una sociedad que sepa maravillarse por el don la vida en los pequeños y no los maltrate, que sepa sorprenderse y no ironizar por la fidelidad de un matrimonio que celebra las bodas de oro, que sepa asombrarse y no burlarse de quienes creen y practican la justicia en contra de la corrupción, que sepa admirarse por la dignidad y transparencia de su dirigente de zona que actúa por el bien de todos. Que sepa alegrarse por el trato respetuoso, digno y solidario hacia la mamá sola, el anciano o la persona con discapacidad”.

En esta Navidad llamó a los fieles a no preocuparse por los adornos y regalos, sino acoger a nuestros hermanos, recomponer las relaciones estropeadas por el orgullo y sembrar esperanza a quienes nos rodean.

Entregamos el texto completa de la homilía pronunciada por monseñor Scarpellini:

IV Domingo de Adviento – Ciclo A
“Dios es Emmanuel, Dios con nosotros”

La liturgia de hoy se abre con la bella profecía de Isaías: “Pues el Señor, por su cuenta, les dará una señal: “Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros””.

El Evangelio nos muestra el cumplimiento de esta promesa: el signo es María que en su virginidad dio a luz a Jesús. Y todo eso para que “se cumplieran las escrituras”.

Con estos textos estamos entrando en el corazón de la Navidad: el nacimiento histórico de Jesús y el profundo significado salvífico que esto significa para cada uno de nosotros.

El nombre que se le asigna al Niño que nace nos ayuda en la reflexión: Emmanuel, Dios con nosotros. Emmanu es “con nosotros” uno de nosotros, es nuestro hermano. Es aquel que haciéndose parte de nuestra humanidad experimentó la privación, el miedo, la duda, las criticas, el sufrimiento, la angustia, el dolor, la persecución y la muerte.

“El” es “Dios”: es el hijo de Dios; aquel que el Bautista anunció como el Mesías esperado, aquel que Pedro proclamó como “el Cristo, el Hijo de Dios” y aquel que el centurión reconoció como “verdadero Hijo de Dios” bajo la cruz.

¿Pero esto fue todo y solo por los 30 años de la vida de Jesús de Nazaret?  Claro que no.

Lo es para  nosotros hoy. El mismo nos lo dijo: “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”. Jesús sigue siendo “Dios – con – nosotros”. Con la resurrección él ha inaugurado una manera nueva de estar presente en el mundo: una manera espiritual, invisible y al mismo tiempo real. Jesús es nuestro contemporáneo. Esto alimenta nuestra fe y nos llena de alegría y esperanza.

Alimenta nuestra fe porque nos permite superar la tentación de vivir solo por nosotros mismos y nuestros proyectos y deseos humanos limitados para proyectar el sentido de nuestra vida en Dios. En Cristo somos Hijos, somos amados por el Padre y nuestra vida es parte de la historia de la salvación de Dios.

Alimenta nuestra esperanza en un mundo sumergido en signos de muerte que parecen prevalecer sobre las obras buenas y los hombres buenos: corrupción, violencia, deseo de poder y riquezas, diversiones y placeres, discriminaciones, mentiras proclamadas como la verdad: son situaciones que generan a veces sentimientos de frustración e impotencia, cuando no inducen hasta a la adecuación a un sistema malo, necio e injusto. ¿Para qué luchar por algo mejor? ¿A caso debo ser el don Quijote, el Cristo crucificado hoy? Mejor me adecuo y aprovecho.

Este pensamiento refleja una pérdida de esperanza en nosotros y en la sociedad.

Las lecturas de hoy nos muestran el camino de la esperanza, del nacer y renacer de nuevo. La primera lectura anuncia: “Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo”; San Pablo lo proclama fundamento de nuestra fe “Jesús, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección sobre la muerte: es Jesucristo, nuestro Señor”; El Evangelio nos relata: “Así fue el nacimiento de Jesús”. Tres descripciones de los nacimientos que generan alegría y esperanza para el futuro. Es esperanza para el pueblo de Israel y para todos los pobres en su deseo de liberación. Pero…

¿Es esperanza para nuestra sociedad? ¿Es esperanza para los niños para que puedan nacer y tener una familia acogedora? ¿Es esperanza para las familias que enfrentan dificultades, separaciones y violencia? ¿Es esperanza para los que han perdido el sentido de la vida y vagan por los caminos del alcohol y de la droga? ¿Es esperanza para los que viven con miedo y angustia de perder sus privilegios, poderes y seguridades humanas?

Al final, ¿podemos devolver la esperanza de una nueva vida, de un renacer a nuestra sociedad, a quienes han extraviado la confianza en un futuro mejor?

El problema y su solución no pasa por arreglar una cosa u otra; el problema de fondo está en el corazón, en la aridez espiritual, en la falta de valores, en la falta de entusiasmos y alegría que nos proyecte en el futuro. Es la perdida de una sana inocencia y optimismo en creer que si es posible construir una nueva sociedad, en una sociedad que sepa maravillarse por el don la vida en los pequeños y no los maltrate, que sepa sorprenderse y no ironizar por la fidelidad de un matrimonio que celebra las bodas de oro, que sepa asombrarse y no burlarse de quienes creen y practican la justicia en contra de la corrupción, que sepa admirarse por la dignidad y transparencia de su dirigente de zona que actúa por el bien de todos. Que sepa alegrarse por el trato respetuoso, digno y solidario hacia la mamá sola, el anciano o la persona con discapacidad.

Y la solución empieza por nosotros, en el cambio de nuestro corazón, en hacer nuestras las actitudes de Dios que se hizo “uno con nosotros” para hacernos hijos del Padre en Jesús. Es el camino de la solidaridad con los pobres, de la fraternidad con todos y de manera especial con los alejados, de la gratuidad y generosidad en el servicio, es el camino de la misericordia porque nosotros somos el fruto y testimonio viviente de la misericordia del Padre.

Esta es la esperanza que  nos trae el nacimiento del Niño Jesús, es la confianza en un horizonte nuevo. Es la esperanza que, como testigos del Señor resucitado, estamos llamados a vivir y transmitir hoy.

En estos últimos días de adviento es necesario devolver a la Navidad su verdadero sentido: una Navidad preocupada solo de las cosa exteriores, de los adornos, los regalos, las fiestas es una Navidad sin el Niño Jesús, es un pesebre sin Niño; es un pesebre vacio y frio.

“Quien acoge a uno de estos pequeños míos, a mí me acoge”: esta es la Navidad. Es el tiempo para acoger a nuestros hermanos, recomponer las relaciones estropeadas por el orgullo, sembrar esperanza a quienes nos rodean.

En la Eucaristías que estamos celebrando, Jesús es realmente “Dios con nosotros” y es el nutrimento en nuestro caminar.  Pidámosle que seamos presencia suya con nuestra vida y las obras de misericordia que son alegría y esperanza para los pobres y últimos de hoy.

Quiero cerrar esta reflexión invitando a toda la comunidad a rezar por el Papa Francisco que el día de ayer ha celebrado sus ochenta años: que Dios siga dándole la fuerza de su gracia y la sabiduría de su espíritu para guiar nuestra Iglesia. Recemos por nuestro Pastor Francisco.

Fuente: Iglesiaviva

 

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