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Black Friday

El análisis de la causa es ya clásico.

Los usos de nuestro mundo se han generalizado en unas relaciones basadas en lo externo y superficial. Nos han construido en la huida de nosotros mismos. En la huida de lo interior, en la huida de las relaciones profundas. Huimos hacia afuera. Huimos buscando fuera lo que no queremos descubrir dentro. Nos han construido poniendo todo lo importante en los valores económicos olvidando todos los demás. Como si eso y nada más fuera lo que diera sentido a la vida humana.

Y digo nos han construido porque el modo de vida dominante –el hombre productor consumidor que decía Eladio Chávarri- ha ido ganando fortaleza a golpe de educación, ingeniería social, transformación de los valores, potenciación de la idea de comodidad, medios de comunicación de masas y marketing. Golpe a golpe con los intereses de una forma de sociedad en la que unos tenían que vender. Para eso había que producir, y eso suponía trabajo, para ganar dinero que gastar en lo que vendían. Que enriquecía a los de siempre. Generar necesidades que vender, generar trabajo para comprar. Generar circulación de riqueza decían. Que al final benefician sólo a unos cuantos. A los demás nos quedan las simples necesarias migajas con las que mantener el sistema.

Huimos llenando los vacíos del alma en la sed profunda de que teniendo cosas seremos felices. De que teniendo cosas nos acercaremos a esas vidas de película, anuncio y revista que parecen perfectas. Glamour, disfrute, cosas buenas, lujos, comodidades, calidad. Como si éso es lo que diera la felicidad. Como si éso fuera real y no fruto sin más de la imaginación de los vendedores de humo.

Y aunque sabemos que no es así –nuestros problemas siguen siendo los mismos aunque cambiemos de teléfono, tengamos unos zapatos más o un abrigo nuevo- parece que la novedad de cubrir un deseo superficial nos satisface por un momento, haciéndonos olvidar nuestros cotidianos sufrimientos. Cuando sabemos que lo que realmente llena el corazón está en otro lado. En otro sitio.

Siempre me acuerdo de la afortunada frase de Sergé Latouche que afirmaba que la gente feliz consume menos. Quizás sin más porque la tesis de fondo que nace del mismo Evangelio es que la felicidad no está en las cosas.

Quizás por esa convicción eso del Black Friday me deja tan anonadado. Sin más habría que repetir que la felicidad no está en las cosas. Obviamente -no me lleguen los ofendiditos- un mínimo vital es fundamental para una vida digna: un techo, alimento, ropa, algunos libros, algún pequeño placer: un hogar. Pero lo fundamental no es el qué. Sino el con quién y el desde dónde se vive todo eso. El hogar lo hacen las personas, no las cosas.

No da la felicidad tener cosas. No está la felicidad ahí.

No es el qué. Es el Quién.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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