Las-Bienaventuranzas
Iglesia en España

Bienaventurados, por César Franco, obispo de Segovia

Bienaventurados, por César Franco, obispo de Segovia

            Resulta llamativo que Jesús no nos haya dado ninguna definición del santo ni de la santidad. Como buen semita, no gusta de las definiciones abstractas, sino que prefiere enseñar mediante lo concreto, lo pegado a la carnalidad de la vida. Y nos ha dejado una definición de la santidad y del santo en las bienaventuranzas que, con toda pedagogía, la Iglesia proclama en la solemnidad de todos los santos este día primero de Noviembre. Se ha dicho de las bienaventuranzas que es la carta magna del cristianismo, la síntesis de toda la moral cristiana. Al pronunciarlas, Jesús parece elevar sus palabras al cielo como quien pronuncia bendiciones para quien quiera entenderlas y recibirlas. Jesús no impone nada, no nos manda ser bienaventurados. Sencillamente da por sentado que hay personas llamadas a vivir como él, el Bienaventurado por excelencia. Lo siguen e imitan y se transforman en él. He ahí el santo y el núcleo de la santidad.

            Jesús repite insistentemente la palabra griega makarios, que significa “feliz”, “bienaventurado”. ¿Hay algo que el hombre busque con tanto frenesí como la felicidad? ¿Persigue alguna meta más alta que ésta? Sólo la felicidad da sosiego, plenitud y satisfacción al corazón del hombre. El santo es el hombre más feliz del mundo porque en último término posee al riqueza absoluta que es Dios, su Reino, su gloria. Se convierte así en el más rico de la tierra, porque posee la eternidad. Jesús lo deja claro en las bienaventuranzas: los pobres, los mansos, los afligidos, los hambrientos de justicia, los misericordiosos poseerán el Reino de los cielos y la tierra futura, se saciarán y serán consolados con la misericordia infinita de Dios. Los limpios verán a Dios y los pacíficos serán llamados hijos de Dios. Y hasta los perseguidos y ultrajados poseerán el Reino de los cielos. ¿Hay mayor felicidad que ésta?

            Naturalmente, quien lea las bienaventuranzas con la pretensión de cumplirlas con sus solas fuerzas, fracasará. Quizás por eso Jesús las pronuncie sin decir «tenéis que vivir así», sino dejando que cada uno, al escucharlas, se sienta atraído por la felicidad que anuncian y atrapado por la verdad pura. Jesús no llama a lo extraordinario. La santidad, decía Benedicto XVI, no consiste en hacer cosas heroicas, extraordinarias. Consiste en dejarse iluminar por Cristo, dejarse guiar por su luz, andar por su camino. Y su camino es el opuesto al que señala el mundo y el afán por lo caduco, lo pasajero, lo que se desvanece. La riqueza, el poder, la fama, la lujuria, el placer y la injusticia no permanecerán. Lo saben bien quienes padecen lo que san Lucas llama «malaventuranzas». Nada de esto heredará el Reino de los cielos. Por eso, la santidad se fundamenta en la sabiduría que discierne la dicha de la tristeza, la eternidad de lo efímero, la verdad de la mentira, disfrazada de tantas máscaras como el mundo ofrece.

            El autor del Apocalipsis dice que vio, en los cielos, una multitud inmensa que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Son los santos, los eternamente felices, tanto los reconocidos en el calendario de la Iglesia como los desconocidos. Este mismo dato, tan positivo de la fe cristiana, nos permite alegrarnos porque los santos no constituyen un número cerrado, un club de selectos. Forman una comunión abierta, como abierta queda la proposición de Cristo cuando, como quien deshoja las rosas de un jardín infinito, deja caer sus pétalos para que podamos cogerlos en las manos y sentirnos felices porque Dios nos permite aspirar su fragancia, “el buen olor de Cristo” de que habla san Pablo, y comprender aquellas palabras tan certeras de L. Bloy: «sólo existe una tristeza, la de no ser santos».

+ César Franco

Obispo de Segovia

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