Benedicto XVI

Benedicto XVI, testigo de fe, perdón y esperanza en Polonia

“Permaneced firmes en la fe” fue el lema  de su memorable viaje de los días 25 al 28 de mayo

          (Intenté viajar a Polonia para seguir de cerca la visita apostólica de Benedicto XVI a este país. Se trataba de un viaje bien sugerente. Casi imprescindible para un periodista. Las dificultades prácticas para realizar el viaje fueron sucediéndose e incrementándose y el afán de cada día -que todo lo devora- hizo imposible al final mi marcha a Polonia.

          Lo sentí, lo he sentido y lo sentiré, aun cuando me consuela la evidencia de la imposibilidad de estar al mismo tiempo en dos lugares distintos y distantes… Pensé también en hacer un seguimiento diario del viaje para la Web. Ya tenía incluso pensado el título: “Acotaciones de un testigo indirecto de la visita papal a Polonia”. Tampoco fue posible. ¡Había tanto que hacer y el Papa estaba siendo tan fecundo en Polonia…! Me conformé entonces con pensar en una crónica final, que, por fin, llega, prometiéndome a mí mismo que la próxima vez no me pasará lo mismo de quedarme en tierra y a casi a dos velas…).

Tras las huellas de Juan Pablo II

          Su amada patria polaca fue el destino viajero más veces visitados por el Papa Juan Pablo II en sus cerca de veintisiete años en la cátedra de San Pedro. Regresó a Polonia en nueve ocasiones, en los años 1979, 1983, 1987, 1991 (dos veces), 1995, 1997, 1999 y 2002. Incluso, soñaba todavía el Papa Wojtyla con volver a su país para el verano de 2005. Ahora desde la ventana del cielo habrá sido espectador e intercesor de lujo de la memorable visita apostólica que ha realizado su sucesor, Benedicto XVI, el Papa alemán, a su tierra polaca.

          El mismo Papa Ratzinger definió bien el sentido de este viaje como un itinerario de tras las huellas de Juan Pablo II. Era, ha sido una visita apostólica para rendir homenaje al gran papa polaco, su “amado predecesor”, siguiendo sus huellas, y para fortalecer en la fe al pueblo polaco, “siempre fiel”, que en un 96% profesa la fe católica y que, ante envites secularistas, relativistas, materialistas y laicistas, necesita revigorizar sus raíces y mantenerse firme en la fe, como rezaba el lema del viaje. Y Benedicto XVI, ya desde el saludo en el aeropuerto de Varsovia, insistió en esta idea doble, verdadero hilo conductor de un viaje de fe, perdón, reconciliación y esperanza. Y también al despedirse, incidió en ella, llamando al pueblo polaco a que custodie y transmita el depósito cristiano de la fe y del amor.

Sacerdotes y hermanos separados

Tras su llegada, a las 11 horas del jueves 25 de marzo al aeropuerto internacional de Varsovia/Okecie, el Santo Padre se trasladó a la catedral primada de Polonia, a la catedral de San Juan, en el centro histórico y monumental de Varsovia, cuyas piedras son recuerdan la dolorosa historia de la capital polaca. Allí, Benedicto XVI se encontró con los 133 obispos del país y con un par de miles de sacerdotes, de los más de veinte mil que hay en Polonia.

Y allí, ante las reverdecidas piedras de la catedral de Varsovia, pronunció uno de los más interesantes discursos de su viaje. Fue un canto a la dignidad y a la misión del sacerdote como hombre de oración, como especialista en el encuentro con Dios, como testigo de reconciliación y de perdón y como misionero, especialmente con respecto a la gran población polaca emigrante en otros países. Seis horas después y también en Varsovia, en la Iglesia de la Santísima Trinidad, el Papa mantenía un encuentro ecuménico, donde insistió en la prioridad por el compromiso en favor de la efectiva y visible unidad de los cristianos.

La Plaza de la Libertad

La plaza Pilsudski de Varsovia se halla en el corazón mismo de la capital polaca. Es el punto de encuentro entre la hermosa ciudad vieja y la ciudad nueva. Es la plaza de la libertad. Es plaza civil y plaza religiosa, que, a veces, como en la mañana lluviosa del viernes 26 de mayo de 2006, parecía un Santuario. Unas trescientas mil personas desafiaron aquel día a la lluvia, al viento y al frío. No fueron tantas como aquel memorable, luminoso y profético 2 de junio de 1979, víspera de Pentecostés. Aquel era día de luz y de esperanza cuando el entonces atlético Juan Pablo II clamaba “Ven, Espíritu Santo, sobre esta tierra”.

El 26 de mayo de 2006 era día de compromiso y de fidelidad para permanecer firmes en la fe y para descubrir y vivir en lo que consiste amar a Jesucristo. Al hilo de esta pregunta, tomada del Evangelio de Juan, el Papa Benedicto XVI desglosó “el profundo lazo que existe entre la fe y la profesión de la Verdad Divina”, llamó a permanecer firmes en esta fe y alertó ante el relativismo, también interno: “La Iglesia no puede no puede acallar al Espíritu de verdad” y todo cristiano, comenzando por los pastores de la Iglesia, “está obligado a confrontar continuamente sus propias sus propias convicciones con la verdad del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia en su compromiso por permanecer fiel a las palabras de Cristo, incluso cuando ésta es exigente y humanamente difícil de comprender. No tenemos que caer -enfatizó el Papa cooperador de la Verdad- en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las Sagradas Escrituras”.

Esto es amar a Jesús. Como amar a Jesús es “fiarse de Él, incluso en la hora de la prueba” porque “si confiamos en El no perdemos nada, sino que ganamos todo”. Amar a Jesús es también “permanecer en diálogo con Él para conocer su voluntad y realizarla prontamente”.

“Todo comenzó en Wadowice”

El tercer día de este itinerario de fe y de acción gracias comenzó con una Eucaristía privada en la capilla del palacio arzobispal de Cracovia. Era el mismo lugar que el 1 de noviembre de 1946 albergara la ordenación sacerdotal de Karol Wojtyla. Era el mismo lugar donde tantas mañanas, a la hora del alba,  entre 1964 y 1978 arzobispo metropolitano de Cracovia, celebraba la Eucaristía, asistido, a su derecha, por su secretario Stanislaw Dziwisz. A las 7,30 del sábado 27 de mayo de 2006, Stanislaw Dziwisz, nuevo cardenal arzobispo metropolitano de Cracovia, concelebraba la misa, que presidía Benedicto XVI.

Y de allí, de Cracovia a Wadowice, que distan unos 25 kilómetros. A las 10,30 horas, Benedicto XVI tenía una cita pendiente de especial emotividad: la casa, la Iglesia y la plaza natales de su querido predecesor. Todo comenzó en Wadowice el 18 de mayo de 1920 y todo recomenzó, se regeneró dos días después cuando Karol Josez Wojtyla recibía las aguas bautismales de la fuente o pila bautismal de su parroquia dedicada a la Inmaculada Concepción.

La fuente bautismal y el templo fueron los signos elegidos por Benedicto XVI para trazar un hermoso y bien sentido discurso. La fuente simboliza la coherencia de la fe de Wojtyla; el templo, su amor por la Iglesia y su gran aprecio por la estructura parroquial dentro de la pastoral de la Iglesia. La fuente llama también a renovar la fe y permanecer firme y cálidamente observante en las promesas bautismales.

Para comprender a una persona es necesario visitar su ciudad natal, recordó Benedicto XVI. Su ciudad natal y… su Señora: la Virgen del Perpetuo Socorro. Así se entiende mucho mejor el “Totus tuus” del siervo de Dios por cuya glorificación rezó y habló en público e Wadowice Benedicto XVI.

Cracovia y Oswiecim

Cracovia, la segunda ciudad de Polonia, en el sur de país, junto a las montañas de Zakopane, donde Karol Wojtyla esquiaba y en cuyos lagos descansaba, es la ciudad más bella y más histórica de este país. Atravesada por el río Vístula, su plaza mayor es una de las hermosas y más espaciosas de Europa y su castillo catedral de Wawel es memoria viva de su pasado de gloria. Fue ciudad real. Y es ciudad papal ya hasta al eternidad, unida con el nombre de Juan Pablo II.

En el parque Blonie, Benedicto XVI ofició la Eucaristía en la mañana del domingo 28 de mayo. Era el día de la solemnidad de la Ascensión del Señor y a su correspondiente liturgia de la palabra dedicó el Papa la homilía, en la que, desde la doble tensión humana entre el cielo y la tierra, Benedicto XVI reiteró los contenidos y las exigencias del lema de su visita apostólica a Polonia: “Permaneced firmes en la fe”.

Y de Cracovia, en una hora de viaje sinuoso e intenso, en la tarde del domingo 28 de mayo, a Oswiecim, el nombre en polaco de los campos de exterminio de Auschwitz y de Birkenau, el infierno en la tierra. Fue quizás la etapa más densa, más sentida de este viaje: ¡un alemán en Auschwitz! Tiempo para el perdón, para la reconciliación, para la misericordia, para, al hacer memoria y para sembrar la necesidad de evitar los errores del pasado. Tiempo para la plegaria intensa y conmocionada. ¡Nunca más Auscwitz! ¡Nunca más ningún otro Auscwitz, por solapado y hasta refinado que sea!

Quien esto suscribe, en dos ocasiones ha visitado Auschwizt y testimonia la dolorísima y fortísima impresión que dejó este campo de náuseas, de pesadilla, de horror y de muerte. Todavía habla por sí solo. Como por si solas hablan las imágenes de la visita de Benedicto XVI a esta fábrica de muerte, a este espantoso escenario de odio, a este infierno en la tierra.

La ventana y la llama juvenil de la misericordia

En el transcurso de su primer viaje a Polonia como Papa, Juan Pablo II estableció una norma no escrita de encontrarse con los jóvenes en la hora del crepúsculo desde la ventana de su residencia. Así fue aconteciendo a lo largo de sus restantes 104 viajes por toda la rosa de los vientos de nuestro mundo. Y, claro, a la hora del crepúsculo del 2 de abril de 2005, miles de jóvenes miraban la ventana del Papa en el Vaticano.

En la ventana del palacio arzobispal de Cracovia, a las 21 horas del viernes 26 de mayo de 2006, apareció, de nuevo, el Papa, Pedro, ahora Benedicto XVI. Recordó aquella tradición instaurada por su predecesor y conversó unos minutos con los jóvenes, a quienes confesó que sabía que todos los días 2 de cada mes acudían a este lugar por rezar por la glorificación de Juan Pablo II. “La juventud está en Dios”, recordó Benedicto XVI a los jóvenes, pidiéndoles que revigoricen siempre el gran don de la fe en el Dios que es amor y es eternamente joven.

En la noche del sábado 27 de mayo Benedicto XVI volvió a asomarse a la ventana del palacio arzobispal de Cracovia para encontrarse, de nuevo, con los jóvenes, a quienes entregó la antorcha, la llama de la misericordia a fin de que se conviertan en testigos de ellas.

La roca firme para levantar la propia vida joven

Eran cientos los jóvenes congregados ante la ventana del palacio arzobispal de Cracovia. Eran cientos y hasta miles. Pero muchos menos del cerca de millón de jóvenes que le habían acompañado dos horas antes en el parque Blonie, a las afueras de Cracovia. Era también el mismo escenario de los encuentros multitudinarios de Juan Pablo II con los jóvenes.

La parábola del Evangelio de San Mateo del hombre que se puso a construir una casa fue el argumento de las palabras del Papa a los jóvenes. ¡La casa, sí, tener casa propia, algo que tanto anhelan los jóvenes!

Benedicto XVI llamó a los jóvenes a edificar la “casa” de su vida sobre la roca firme del amor a Jesucristo crucificado y resucitado, sin miedo al rechazo por ser seguidores suyos, con la sagacidad y la sabiduría del Evangelio, y sobre la roca de pertenencia eclesial con Pedro y bajo Pedro, uno de cuyos sucesores ha sido polaco como estos jóvenes. “No tengáis miedo de apostar por Cristo. El es la roca sobre la que se pueden cumplir vuestros sueños… No os dejéis fascinar por aquellos que contraponen a Cristo con la Iglesia… No caigáis en la droga”.

Todos los caminos conducen en Polonia a Czestochowa

En Polonia, tierra de llanuras, regada y fecundada por el inmenso río Vístula, todos los caminos conducen a Czestochowa, al monte claro de la Virgen del rostro herido y tan amado. Es la Reina, la Señora y el Milagro de Polonia, en cuyo corazón geográfico se encuentre este lugar, uno de los más visitados de la cristiandad. Su Santuario, regentado por monjes paulinos, es fuego incandescente de amor y de piedad, de religiosidad y de plegaria, de peregrinación y de ofrenda.

En la tarde del viernes 26 de mayo, entre las 17,30 y las 19 horas, fue un cenáculo de oración y de ardor en la escuela de María. Fue el cenáculo de los apóstoles de esta hora de la Iglesia polaca, representados por su consagrados y consagrados, por sus seminaristas y por seglares de los Movimientos Apostólicos. Fue un cenáculo junto a Pedro, en la mirada y en la escucha de María, la Madre y la Maestra.

El cenáculo de Jasna Gora habló el viernes 26 de mayo del elogio de la fe, hermosísimo, denso, programático, que trazó magistralmente el Papa Ratzinger. El cenáculo de Jasna Gora habló del ejemplo de María, quien junto a los apóstoles en oración, enseña la perseverancia y la fuerza de la fe. El cenáculo de Jasna Gora fue la renovación y la revitalización del sentido y actualidad de la consagración religiosa. El cenáculo de Jasna Gora fue una espléndida catequesis sobre la vocación y la formación sacerdotal, siempre bajo la guía y el ejemplo de María. El cenáculo de Jasna Gora fue el espaldarazo y la confirmación de la identidad y de la misión de los laicos en la Iglesia. El cenáculo fue portentosa llamada a permanecer en la escuela de María, bajo el soplo del Espíritu, para descubrir y testimoniar con la propia vida que Dios es amor.

El Tabor de Polonia

Era mediodía del sábado 27 de mayo, aun cuando el sol se mantenía oculto entre las amenazantes nubes de la tímida primavera polaca. Benedicto XVI ascendía a la montaña de la cruz, al monte de las cruces de Kalvaria Zebrzydowska. Se trata de un hermoso lugar, que, como el Tabor, respira paz, silencio, plegaria. ¡Qué bien se está también Kalvaria, lugar de tantas jornadas de retiro de Karol Wojtyla!

La visita de Benedicto XVI fue breve, intensa y emotiva. Rezó ante el icono de la Virgen de los Dolores, advocación, junto a la de la Pasión del Señor, de este Santuario, regido por los franciscanos. Y, en público, el Santo Padre dirigió unas sencillas palabras sobre el sentido de la oración y para pedir oraciones -como hiciera Juan Pablo II en 1979- por él y por la Iglesia.

El valle del dolor y de la misericordia

Y de la montaña de la cruz de Kalvaria, Benedicto XVI descendió al valle de la misericordia divina. Fue en Lagiewiniki, muy cerca de Cracovia. Allí se levanta un moderno e impresionante Santuario dedicado a la Divina Misericordia, en cuya fiesta de 2005 falleció Juan Pablo II.

El sábado 27 de mayo de 2006 esperaban al Sucesor de Pedro en el Santuario de la Divina Misericordia numerosos enfermos del cuerpo y del alma, a quienes recordó que en ellos se manifiesta la misericordia de Dios: “por medio vuestro y mediante vuestro sufrimiento Dios se inclina sobre la humanidad con amor”. Y es que la cruz -Juan Pablo II dixit- es la profunda humillación de la Divinidad en favor del hombre, la cruz es como un toque del eterno amor sobre las heridas más dolorosas de la existencia humana.

Jesús de las Heras Muela – Director de Ecclesia y Ecclesia Digital

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