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Benedicto XVI se hace presente en el centenario del nacimiento de Juan Pablo II

Este lunes 18 de mayo se cumplen cien años del nacimiento de san Juan Pablo II. Y quien fuera su mano derecha y sucesor en la cátedra de Pedro, Benedicto XVI, no ha dejado pasar la oportunidad para hacerse presente en tan simbólica efeméride. Ayer, día 15, fue presentada en el palacio arzobispal de Cracovia la carta que el hoy Papa emérito ha dirigido a los obispos polacos para la ocasión. La misiva está fechada el 4 de mayo y fue dada a conocer por el arzobispo de Cracovia y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Marek Jedraszewski y por el cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo emérito de la archidiócesis y secretario personal del pontífice polaco durante muchos años. Al acto también asistió el sacerdote dominico Jaroslaw Kupczak, director del Centro de Investigación sobre el Pensamiento de Juan Pablo II en la Universidad Pontificia a él dedicada en Cracovia.

Benedicto XVI, que hoy tiene 93 años, estuvo al lado del Papa nacido en Wadowice —el primero no romano en 450 años— prácticamente durante todo el pontificado. Karol Wojtila lo puso al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1981, y desempeñó el cargo hasta la muerte de aquel en 2005, casi un cuarto de siglo.

«Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada», recuerda en su carta el pontífice alemán. «(…) Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla».

La tarea que tenía ante sí el nuevo Papa «superaba las fuerzas humanas», y sin embargo, desde el comienzo este «despertó un nuevo entusiasmo». Cómo olvidar —dice— aquella primera homilía como Papa en la que dijo «¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par la puertas a Cristo». Aquel tono, aquella fuerza, aquel entusiasmo, «determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia».

La Divina Misericordia

Benedicto XVI recuerda también la etapa de juventud del hoy santo de la Iglesia, y dice que aprendió teología no solo de los libros, sino también de la experiencia de la vida y de la situación particularmente difícil que vivía su país. «Esto es algo característico de toda su vida. Estudia en los libros, pero las preguntas que contienen se convierten en contenido que él experimenta y experimenta en profundidad», constata.

El Papa emérito se detiene asimismo en la particular importancia que la Divina Misericordia tuvo en la vida de su antecesor. Esta devoción —dice— es «el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos». A este respecto, relata lo acontecido cuando Wojtyla acudió a la Congregación por él presidida para consultar la fecha que había elegido para ella: el Domingo in albis. «Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. (…) Dijimos que “no” porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del Domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro “no”. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el “no” de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico Domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original».

Hubo otras ocasiones en las que Ratzinger también quedó impresionado por «la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había que consultar». Casualmente, Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, víspera de recién inaugurada fiesta de la Divina Misericordia. No fue —dice Benedicto XVI— «un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte».

«El Grande»

El Papa emérito recuerda en su misiva para el centenario cómo, a su muerte, miles de personas portaron pancartas en la plaza de San Pedro con la leyenda «¡Santo Subito!», al tiempo que se pedía también que se le otorgara el título de «magno».

«Durante los casi 2.000 años de historia del papado —explica—, el título “magno” solo prevaleció para dos Papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder. Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder».

Para Benedicto XVI, la similitud de Juan Pablo II con estos dos Papas «es evidente». «El poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II».

«Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!», concluye.

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