Benedicto XVI

Benedicto XVI propone a San Agustín como modelo para el cristiano de hoy

Benedicto XVI se reconoce deudor suyo y le atribuye la inspiración de su encíclica “Deus caritas est”

         Aun cuando ha pasado tristemente desapercibido, durante el pasado fin de semana (días 21 y 22 de abril), el Papa Benedicto Ha realizado un más que interesante viaje apostólico a las bellas e históricas ciudades de Vivegano y Pavía, en el norte de Italia, en la región de la Lombardía. La medieval Vivegano era precisamente la única ciudad y diócesis lombarda que no había visitado el Papa Juan Pablo II, de modo que Benedicto XVI se ha convertido en el primer Sucesor de San Pedro en viajar a esta hermosa localidad.

         El hilo conductor de este nuevo periplo papal ha sido la peregrinación a la tumba y a la memoria de San Agustín de Hipona, el gran maestro de Benedicto XVI y uno de los Padres más grandes de toda la historia de la Iglesia. Ha sido una visita pastoral dirigida, una vez más,  al centro, a las esencias de la fe y de la acción evangelizadora de la Iglesia, con etapas dedicadas a los jóvenes, a los enfermos y personal sanitario, a la Universidad y al mundo de la cultura y al entero Pueblo de Dios. En apenas veintiséis horas, el Santo Padre ha pronunciado ocho alocuciones. Y, una vez más, ha confirmado lo que ya señalábamos la pasada semanal: es el Papa de la palabra, es una Papa a quien hay que leer con gozo, con interpelación y con inmenso aprovechamiento.

La llama del diálogo entre razón y fe

         La figura del gran Agustín de Hipona (354-430) ha centrado esta visita papal especialmente en Pavía y en tres de sus cinco intervenciones en esta ciudad: en la homilía del tercer domingo de Pascua, en el discurso en la Universidad y en las vísperas oficiadas en la basílica  donde se veneran sus reliquias. En estas alocuciones, Benedicto XVI ha trazado una apasionantemente vigente semblanza del “Doctor gratiae”, a quien ha presentado como modelo permanente en la incesante e inexcusable búsqueda de Dios, como ejemplo del camino cristiano para la verdadera conversión, como prototipo del diálogo necesario entre fe y razón y del encuentro fecundo entre culturas -¡qué hermoso el símbolo final de este viaje cuando Benedicto XVI encendía ante su tumba la denominada “Llama del diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo”!- y como un “enamorado del Amor”.

         Ante sus reliquias, Benedicto XVI, que hizo la tesis doctoral en Teología sobre la eclesiología agustiniana, se reconoció deudor del santo obispo de Hipona y le atribuyó la inspiración, sobre todo en su primera parte, de la encíclica “Deus caritas est”.

¿Quién es San Agustín?

         San Agustín nació en Tagaste, en Numidia, norte de Africa, el 13 de noviembre de 354. Recibió una espléndida formación intelectual, inserta en los gustos culturales de su tiempo. Su familia era muy religiosa, especialmente su madre, Santa Mónica, quien oró -muchas veces con lágrimas de plegaria- por la conversión de su hijo, quien vivió en su primera juventud alejado de la fe cristiana y no recibió el bautismo hasta el año 387, después de vivir en Milán y conocer al obispo del lugar, San Ambrosio.

         Agustín se educó en el racionalismo y en el neoplatonismo. Durante un tiempo fue seguidor del maniqueísmo, que abandonó tras instalarse en el escepticismo intelectual y religioso. Sin embargo, su búsqueda sincera de la verdad y su inquietud intelectual y religiosa, amén de su citado encuentro con el obispo Ambrosio de Milán, le hizo acercase al cristianismo, cuyas aguas bautismales recibiría en la pascua del año 387.

         Regresa el norte de África. Se establece como monje y funda un monasterio. En el año 391 es ordenado sacerdote y cuatro después recibe la consagración episcopal, siendo nombrado obispo de Hipona. Tras treinta y cinco años de vigoroso y fecundo episcopal y publicista, muerte el 28 de agosto del 430, en Hipona, durante el asedio vándalo de esta ciudad norteafricana. Sus restos mortales fueron trasladados a Lombardía -cuya capital es precisamente Milán- y se veneran en la basílica de San Pedro en cielo de oro, en Pavía, templo custodiado por la Orden San Agustín por él inspirada.

         “Las Confesiones” y “Las Retractaciones” son sus dos obras teológicas principales, amén de numerosos otros escritos de comentarios de la Sagrada Escritura y de obra contra las herejías del momento como el Donatismo y el Pelagianismo. Por su defensa de la acción motriz y del primado de la gracia en la vida cristiana, frente al Pelagianismo, es llamado “Doctor gratiae”.

Su actualidad dieciséis siglos después

         En tiempos de pensamientos débiles y frágiles, en tiempos de escepticismos y relativismos como los presentes, la figura de creyente, del buscador, del sacerdote y del pastor Agustín de Hipona adquiere gran actualidad. En él hallamos al hombre de larga lucha interior, de disponibilidad constante en la escucha de la Palabra de Dios, de leal inmersión y asunción de la Tradición y del Magisterio, de fidelidad a la gracia de Dios y de inagotable creatividad. Todo ello además desde la realidad humana de quien era “un hijo de su tiempo, condicionado por los hábitos y las pasiones entonces dominantes”, preocupado y abierto  a las preguntas y a los problemas existenciales de quien vivía como lo demás.

         Agustín es así un espejo, una parábola del ser humano de entonces, de ahora y de todos los tiempos, que persiguió sin cesar la Verdad para poder ofrecerse a sí mismo y a los demás las respuestas verdaderas y definitivas que anhela todo corazón. En su búsqueda de la verdad, en su peregrinación interior, Agustín fue hallando respuestas parciales hasta que encontró, en la fe de la Iglesia, la verdad esencial del Verbo Encarnado, de Jesucristo el único y definitivo Salvador, “el Cordero inmolado y resucitado y la revelación del rostro de Dios Amor para todo ser humano”.

Un enamorado del Amor

         Y de este modo, a través de las que Benedicto XVI glosaba como tres etapas de su camino de conversión, Agustín se transformó en un “enamorado del Amor”, a Quien “ha cantado, meditado, predicado en todos sus escritos y ha, sobre todo, testimoniado en su ministerio pastoral”. Agustín de Hipona es, pues, un icono vivo del corazón del Evangelio, del núcleo central del cristianismo: que Dios es Amor y que “el Amor es el alma de la vida de la Iglesia y de su acción pastoral”.

         Y es que la Iglesia no es una simple organización de manifestaciones colectiva o la suma de individuos que viven una religiosidad privada.  Nada puede por si misma sin Jesucristo.”La Iglesia -afirmaba Benedicto XVI ante la tumba de su maestro- es una comunidad de personas que creen en el Dios de Jesucristo y se comprometen a vivir en el mundo el mandamiento del amor que El les ha dejado”. Agustín, el buscador infatigable, tras un largo proceso de búsqueda, de pecado, de gracia y de conversión, es así un testigo luminoso del Amor, un enamorado del Amor. Y este mensaje no está lleno sólo de reconocimiento y ejemplarizante valor espiritual y ascético sino también profundamente transido de virtualidad, potencialidad y fecundidad pastoral para esta época nuestra.

 

Escrito por Jesús de las Heras Muela – Director de Ecclesia y Ecclesia Digital (30 agosto 2007)

 

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