Opinión

Bendita normalidad

Bendita normalidad

Lo sentí ayer cuando, tras un café con José Manuel Gamero y Gracia –junto a sus hijos, Pepe y Marcos-, volvía a la parroquia andando, tranquilo y sereno. Volvía a encontrarme con la calle pacense, con la rotonda que ofrece en su fuente una alegoría del Guadiana, con fondo de cielo de atardecer y sol en despedida. Sentía el trinar fuerte de los pájaros en la arboleda, el bullicio del tráfico normalizado, e iba reconociendo edificios y locales camino de la parroquia donde iba a celebrar con Paco y el grupo de fieles asiduos la eucaristía diaria de cada atardecer. Me apetecía hacerlo y celebrarlo…

Ese mismo día, tras el almuerzo familiar en casa de Héctor y Estela, donde esperamos a Paula pronto, me habían levantado los pocos puntos que la laparoscopia había precisado allí, en Ecuador, hacía once días, para disipar toda alarma y peligro de salud. Ahora caminaba en la normalidad de lo diario, recobrando la rutina sana de lo equilibrado en la vida de una persona, aunque a veces canse y se haga casi inconsciente.

Lo diario de Dios

En la Eucaristía me reencontraba con lo diario de Dios, una mesa, una familia, el pan y el vino, la palabra, la oración, la comunión… En el momento de la paz sentí el deseo de acercarme y hacer el gesto con la decena de personas que estaban participando. Carolina, sonriendo, me decía al entrelazar las manos que era muy cumplido… y me reí. Después recibimos al Dios que se nos dio sencillamente en Comunión. Y en la acción de gracias compartí mi oración agradecida por la bendita normalidad. Y expliqué el gesto de ese saludo en la paz de Cristo a cada uno de ellos.

Relaté cómo había estado en Ecuador, en Quito y en Puyo, lo accidentado del viaje, la bondad del lugar y de la gente, así como de su medicina, el sentimiento vivido en la calle cuando venía a la eucaristía de bendecir lo diario y lo normal como lugar de lo sagrado y de lo divino. Y conté un dato que me estaba iluminado desde ayer toda esta reflexión de lo pequeño y lo rutinario como lugar de la grandeza de lo humano, de lo sencillo, de lo oculto y, sin embargo, de lo más importante. De fondo estaba la inquietud de un hecho de vida que estaba dando vueltas en el interior desde el día anterior.

“Un cola cao y cuatro galletas”

Ayer volvía a recibir un whatsapp de Teo, la madre de Cristina, y me comentaba: “Esta mañana también tranquilita. Ha desayunado muy bien, un cola cao y cuatro galletas. La comida peor, pero bueno… lo está haciendo bien, poco a poco”. Recordáis la situación límite que está viviendo Cristina, la recuperación básica para entrar en alerta cero para poder ser trasplantada de corazón urgentemente , en el hospital Puerta de Hierro en Madrid, como única vía de supervivencia, los meses que lleva entubada y comiendo por sondas, luchando por la vida, tras haber recibido un corazón sano.

Hoy la gran noticia no era algo asombroso y espectacular, ni de éxito ni de fama, ni de tener ni de saber, sino sencillamente de haber tomado por vía natural y propia un sencillo y austero desayuno: sí, un colacao y cuatro galletas. Ahí estaba Dios en la grandeza de lo pequeño, de lo oculto, de la rutina, de lo de cada día; ahí estaba el sacramento de la eucaristía en la mesa de Cristina, el Jesús de la vuelta a Emaús compartiendo la noche de la enfermedad y el lucero que parece que ya la va alumbrando para que pueda volver a la alegría de común y lo normal. Es lo que deseamos de corazón: que vuelva a la normalidad de su vida con la nuestra, a la verdadera salud de comunión e integración humana, como hacía Jesús con los enfermos, devolverlos a la comunidad, poniéndolos en el centro de lo diario para seguir siendo uno más entre los otros, sin desigualdad ni descarte.

El valor de cada gesto

Esta inquietud interior es la que esta mañana –todavía revuelto por el cambio horario al venir de Latinoamérica- me pone en pie para comenzar el nuevo día muy temprano. Siento la necesidad de orar con la rutina de los laudes en lo diario de la liturgia que consagra y bendice las horas que Dios nos regala cada día. Quiero orar y bendecir a Dios por la bendita normalidad, le ruego que nos haga conscientes del valor de cada momento, de la grandeza de lo sencillo y de lo de todos los días, del misterio de cada encuentro, del valor de cada gesto, mirada, paso, suspiro, sonrisa, bullicio, luz…

Y pido para todos el don de saber agradecerlo y amarlo, como hacía Jesús cuando, desde la simple mirada a los lirios del campo, a la siembra, al ganado, al pan y a los peces, al hijo que se fue de casa y volvió, a la gente sencilla del camino y de la calle, no podía menos de dar gracias a Dios Padre y de alabarlo. Y nos unimos a la oración de Teo que hoy bendecía a Dios porque Cristina había desayunado por propia vía natural un cola cao y cuatro galletas. Queremos que siga bendiciéndolo porque cada día su hija esté más en lo ordinario y en lo rutinario sin dificultad y pueda volver a alegría de la normalidad humana y divina de la juventud que siempre tuvo y le pertenece como regalo de Dios.

La oración de Teo

Hoy, Teo, tu oración ha sido la clave para entender nuestra celebración sencilla y diaria de la Eucaristía en esta capilla anónima de la Parroquia de Guadalupe. Y yo me he levantado temprano con ese deseo de orar y vivir la normalidad de un día que ya se va abriendo entre la oscuridad de la noche. Hoy, no sé por qué, no he tenido pereza, sino diligencia y he sentido cariño y alegría por poder levantarme con normalidad. ¡Bendito sea el Dios de lo diario y lo normal!

Ahora, cuando aún no ha llegado la luz solar regalada de cada día, preparo la celebración bautismal de dos niños pequeños, María y Carlos, y pienso en la vida bautismal que se inicia en ellos en las claves de la normalidad, deseando que en ellos se cumpla la misma historia de Jesús, conducido por el Espíritu Santo, que bajó con sus padres a Nazaret y allí, día a día, creció en gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres, hasta que sintió en lo profundo de su ser que era el hijo amado del Padre. Por eso, fue capaz de amar y darse en cada día y en cada gesto, hasta el extremo de una cruz provocada por la normalidad de lo divino en medio de su propio pueblo.

El amor es más fuerte que la muerte

Hoy lo entiendo: la resurrección es la confirmación del valor absoluto y eterno de lo pequeño y lo diario, de la normalidad amorosa, de todo lo que se ha vivido en el agradecimiento y en el amor, que es más fuerte que la muerte, aunque parezca lo más insignificante y aunque, a veces, lo vivamos inconsciente o lastimosamente…

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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