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El belén de mi infancia

El primer belén que recuerdo es el de mi tía Mari.

Era gigantesco, ocupaba todo el salón de la casa.

Cuando llegábamos la víspera de Nochebuena desde Madrid hasta Totana, pasando por ese tramo fatídico de la nacional de Valencia antes de que la convirtieran en autovía, con los cláxones de los camioneros martilleando el habitáculo en el que mi madre había decidido no pasar de 80 bajo ningún tipo de circunstancia, me quedaba estupefacto durante horas  ante el despliegue de figuritas de barro.

Mi estampa navideña por antonomasia es desde entonces el VHS de Independence Day en la televisión de los ochenta – que había que accionar con una cañita de azúcar para no pisar el belén-, una bandeja de dulces – que mezclaba los caseros de Cabello de Ángel con los Ferrero Rocher- y, cómo no, toda aquella industria de seres inertes que faenaban en sus correspondientes oficios mientras un Jesús rosadito daba la bendición desde su pesebre de cerámica.

Cuando mis tíos y mis padres dormían la siesta al calor del brasero eléctrico, yo me ponía de bruces, mientras se sucedían las naves espaciales que proyectaban la pantalla, a buscar alguna incoherencia histórica, alguna salida de tiesto dentro de aquel pequeño mundo que se abría ante mí. Buscaba muñecos de guerra, algún dinosaurio entre las palmeras o cualquier cochecito que mis primos mayores hubieran decidido incorporar en la recreación de Belén. Pero nada. Todo guardaba la armonía que se debe presuponer a aquella remota aldea de Palestina que acogió la llegada de Cristo.

Repasando estos días la colección de “Belenes del Mundo” que presenta el Museo del Real Monasterio de Santa Clara, en Carrión de los Condes, me percato, con veinte años más a mi espalda y con una mirada algo más robustecida, la fascinación que despierta la variedad de Nacimientos que se despliegan en sus páginas. La misma historia, con los mismos personajes, pero contada de forma muy diversa y con rostros adecuados a los de cada nación. Y pienso en el Moreno de los Cerros de Chiapas, o en la Sagrada Familia con rasgos asiáticos y me evocan la misma admiración que cuando guardaba mis dientes de leche bajo la almohada.  El Nacimiento, sea este el que sea y sea en la época que sea, anima en tiempos de dicha y alegría compartida con tus seres queridos, a estrenar el mundo cada día. 



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