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Beato Rupert Mayer: enamorado de su tierra y de Cristo

Hoy celebramos la memoria del beato Rupert Mayer, un sacerdote jesuita alemán, nacido en Stuttgart en 1876. A pesar de su deseo de entrar en la Compañía de Jesús al finalizar sus estudios de secundaria, su padre le pidió que se ordenara sacerdote primero, y por ello entró en el seminario, estudió filosofía y teología, se ordenó como sacerdote y sirvió como vicario parroquial. Finalmente, en 1900 entró en el noviciado jesuita de Feldkirch, Austria.

Terminada su formación como jesuita, en 1912 fue enviado a Múnich, donde trabajó en favor de los más pobres, ayudando a infinidad de personas a encontrar trabajo, casa o simplemente algo para vestirse. Cuando Alemania entró en la Primera Guerra Mundial, se ofreció como capellán militar voluntario, y atendió a soldados franceses, polacos y rumanos. Fue un hombre valeroso que acompañaba a los combatientes a la primera línea de batalla, característica que le hizo merecedor de la Cruz de Hierro en 1915. Su carrera militar se vio frustrada al ser herido en 1916.

A su regreso a Múnich, se entregó a diversos ministerios pastorales como la congregación mariana de varones, y la predicación. ¡Llegó a dar 70 charlas en un mes! Presidía la Misa los domingos en la estación de tren para facilitar que los viajeros pudieran asistir a ella.

A medida que el conflicto ideológico entre comunismo y nacional-socialismo se recrudecía, Mayer no dudó en asistir a los mítines a interpelar a los dirigentes con los principios católicos. Se atrevió incluso a desafiar a Adolf Hitler, denunciando las mentiras de su ideología y las funestas consecuencias que hoy todos conocemos. Convencido de la incompatibilidad del nazismo y el catolicismo, siempre procuró que sus argumentos estuvieran basados en la doctrina católica.

Una vez que Hitler llegó a la cancillería alemana en 1933, intentó cerrar escuelas católicas y comenzó una campaña de desprestigio de las órdenes religiosas. El jesuita no se arredró y denunció la persecución desde el púlpito de la iglesia de la Compañía en Múnich. Su denuncia de los excesos e injusticias de los nazis lo llevó tres veces a prisión, la última al campo de concentración en Sachenhausen. Tras siete meses allí, y viendo el deterioro de su salud, las autoridades alemanas decidieron enviarlo a la abadía de Ettal, en los Alpes, para evitar que fuera un mártir. En 1945 fue liberado por los americanos. A pesar de que pudo regresar a Múnich, lo hizo con una salud tan precaria, que unos meses después falleció.

¿Qué podemos aprender de un hombre como Mayer? Creo que dos son las características que nos pueden servir en nuestro día a día. La primera, es una llamada a denunciar las injusticias del poder. Mayer no se quedó callado ante lo que su conciencia y fe le decían que era injusto. La segunda característica, es una llamada a asumir las consecuencias de alzarse en contra «del sistema». La privación de libertad, el campo de concentración, el desprestigio o el ostracismo, son solo el cáliz que tuvo que beber Rupert Mayer, por ser fiel al Evangelio. Sin embargo, su sufrimiento y su cruz, al igual que la de Cristo, nos da vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10).

Pedro Rodríguez – Ponga, SJ

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