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Iglesia en España Opinión

Beato Cardenal Sancha, Obispo de Santa Teres, por Carlos Miguel García Nieto

Beato Cardenal Sancha, Obispo de Santa Teres, por Carlos Miguel García Nieto

La toma de posesión de don Ciriaco María de la diócesis de Ávila, el 29 de junio de 1882, coincidió con la celebración del tercer centenario de la muerte de santa Teresa de Jesús, hija predilecta de la ciudad castellana.

Su primera Carta pastoral la dedicaba a un tema del que, en palabras del nuevo obispo de Santa Teresa –así se denominaba a los prelados que ocupaban la sede abulense–, la «mística Doctora, ornamento precioso del catolicismo y estrella de primera magnitud que brilla en el firmamento de los justos», era maestra y guía: la oración. Dicha Carta, a la par que documento programático para el porvenir, pretendía también hacer balance de lo acontecido desde su entrada en la diócesis de san Segundo.

Dos semanas después de su toma de posesión, el día de la Virgen del Carmen, don Ciriaco María dirigía una circular a sus diocesanos para que se dispusieran a recibir los frutos del Centenario. Coincidiendo con la conclusión de las labores del verano, partirían peregrinaciones desde todos los puntos de la Diócesis para visitar los lugares teresianos y venerar sus reliquias. Las peregrinaciones se organizarían en los arciprestazgos, previo acuerdo entre los sacerdotes y sus arciprestes. Importante era mantener el espíritu de conversión: guardar moderación en palabras y acciones, cantar por intervalos las divinas alabanzas, rezar el rosario, entonar algunas letrillas de santa Teresa… Al llegar a la ciudad, aparte de confesar y comulgar, tendrían que pedir a Dios por la exaltación de la fe católica, la conversión de los pecadores, la salud del papa, y la paz y prosperidad de España.

El prelado tomó un gran empeño en los actos conmemorativos del Centenario. El boletín eclesiástico de Ávila es un fiel reflejo de cuantas peregrinaciones y actos diocesanos se verificaron a lo largo de ese año. La segunda quincena de septiembre estuvo repleta de peregrinaciones que acudían a la ciudad desde todos los puntos de la Diócesis. El obispo presidió todas las celebraciones. Fue precisamente el exceso de actividad lo que le hizo enfermar, viéndose obligado a abandonar por unos días la ciudad para reponer sus fuerzas.

A punto de finalizar el mes de octubre, don Ciriaco María expresaba al nuncio su satisfacción por los frutos del Centenario: desde que se iniciaron las peregrinaciones hasta ese momento habían confesado y comulgado veinte mil personas. Y como agradecimiento a los favores espirituales concedidos por el papa, propuso la apertura de una colecta destinada a socorrer al pontífice, «que no cuenta con más medios de subsistencia que los que le proporciona la caridad de sus hijos».

Había que acrecentar y dar continuidad a los frutos del Centenario. No bastaba con la meritoria devoción que su pueblo sentía hacia santa Teresa. Había que tomarla por modelo e imitarla en sus virtudes, emplear los medios de los que ella se sirvió para ser fiel a Dios y amar el bien. «Su ejercicio preferente y su alimento continuo era la oración; y en ese santo ejercicio hallaba el secreto de comunicarse con su Dios, de vencer las resistencias que las criaturas le ponían para seguirle, de proporcionar a su alma una paz envidiable que no podía dársela el mundo; de conservar en ella su candorosa inocencia y de emprender obras heroicas en bien de la Iglesia y de la religión». De ahí que el obispo de santa Teresa dedicara su primera Carta pastoral a la oración. Y lo hizo como era frecuente en él: con un arsenal de erudición, con un estilo accesible a todos, con amplitud y profundidad, intercalando citas bíblicas con otras de los Santos Padres y autores místicos.

La Carta iba dirigida a todos: sacerdotes, gobernantes, religiosas, esposos… A los primeros les instaba a perseverar en la oración «porque ella será vuestro consuelo y vuestro apoyo cuando os veáis odiados y perseguidos por el mundo, vuestro enemigo y enemigo también de Jesucristo». Encarecía a sus diocesanos a no dejar de orar, «porque así como os sería imposible el andar sin tener pies y el vivir sin tener aire para la respiración, así también sin la plegaria os será imposible andar en la observancia de los preceptos de Dios y de nuestra Madre la Iglesia, vencer las graves y continuas tentaciones que hay en el mundo, evitar el pecado y conservaros en la gracia y amistad de Dios».

Su entusiasmo por la mística abulense tuvo una continuidad años más tarde en una curiosa iniciativa: erigir ermitas en los lugares significativos donde la santa hubiera protagonizado algún hecho singular –por ejemplo, en los Cuatro Postes–. Don Ciriaco María también velaba por los intereses de Ávila, queriendo atraer con esta idea algo más de vida a la ciudad amurallada. Recién clausurado el V Centenario del nacimiento de la Santa, nos viene muy bien recapacitar acerca de los frutos de este singular evento; y, siguiendo los consejos del beato cardenal Sancha –obispo de santa Teresa–, tomar a la mística abulense como maestra y guía de oración, llave imprescindible para una vida de santidad.

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