Rincón Litúrgico

«Beatae Mariae Virginis perdolentis», memoria litúrgica el 15 de septiembre

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«Beatae Mariae Virginis perdolentis», memoria litúrgica el 15 de septiembre

La bienaventurada Virgen María dolorosísima

Textos en varios idiomas recogidos por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

(1/2) Juan Pablo II, Ángelus 1-4-1984 (sp it):

«1. Nos disponemos a rezar el Ángelus reflexionando sobre “María y el sufrimiento humano”.

“Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría” (…). En las palabras de Isaías (66, 10), que la liturgia aplica a la Iglesia, me gusta entrever el misterio de la Virgen Madre, de su gozo y de su dolor maternal. Porque María es la verdadera Hija de Sión, compendio espiritual de la Jerusalén antigua, comienzo y vértice de la Iglesia de Cristo; más aún, ella es la Nueva Eva, la verdadera Madre de todos los vivientes.

Hoy se la invita a gozar como Hija de Sión y Nueva Eva. Pues no se puede comprender el dolor humano sino en el contexto de una felicidad perdida, y no tiene sentido el dolor sino en la perspectiva de una felicidad prometida. “¡Festejad a Jerusalén!”.

2. El dolor de la Jerusalén alabada por los Profetas era consecuencia de la infidelidad de sus hijos, que habían provocado el castigo de Dios y el exilio de la patria. El dolor de esta misteriosa nueva Hija de Sión, María, es consecuencia de las culpas innumerables de todos los hijos de Adán, culpas que fueron causa de nuestra expulsión del paraíso.

En María se revela, por tanto, de modo único el misterio salvífico del sufrimiento y el significado y amplitud de la solidaridad humana. Porque la Virgen no sufrió por Sí misma, pues era la Toda Hermosa, la siempre Inmaculada; sufrió por nosotros, por ser Madre de todos. Y como Cristo “tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores” (Is 53, 4), también María fue abrumada como de dolores de parto a causa de una maternidad inmensa que nos regenera para Dios.

El sufrimiento de María Nueva Eva al lado de Cristo Nuevo Adán fue y sigue siendo el camino real de la reconciliación del mundo. “¡Festejad a Jerusalén. Alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto!”.

3. En la figura de la Virgen Madre, sellada de dolor por la infidelidad de los hijos e invitada a rebosar de alegría por la perspectiva de su redención, se inserta nuestro dolor; también nosotros podemos ser “una partícula del tesoro infinito de la redención del mundo” (Salvifici doloris, 27), para que otros lleguen a compartir este tesoro y alcanzar la plenitud de gozo que él nos ha merecido».

(2/2) Benedicto XVI, Homilía en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes 15-9-2008 (ge sp fr en it pl po):

«Queridos hermanos y hermanas: Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de la Madre dolorosa, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su Corazón de Madre sería traspasado (cf Lc 2, 35) por el suplicio infligido al Inocente nacido de su carne.

Igual que Jesús lloró (cf Jn 11, 35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a ella a la perfección (cf Hb 2, 10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf Jn 19, 30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27).

María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en ella; la oración “Acordaos, oh piadosísima Virgen María”, expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.

El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 45, 13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.

Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: “Engrandece mi alma al Señor, y exultó mi espíritu en Dios, mi Salvador” (Lc 1, 46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su Corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa (…). En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable.

Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no solo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento.

La Carta a los Hebreos dice de Cristo que él no solo “no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros” (cf Hb 4, 15). Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo a la hora que Dios quiera».

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