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Rincón Litúrgico

Bautismo y misión

Señor Jesús, en el final del evangelio según san Mateo se pone en tus labios una despedida que, en realidad, es el encargo de la misión que tú confiabas a tus discípulos. Una misión que era entonces y es ahora un privilegio impagable.

Tú nos envías por todo el mundo para que hagamos discípulos tuyos a las gentes de  todos los pueblos. Y nos pides que los bauticemos y les enseñemos a guardar lo que tú nos has mandado.

Es evidente que solo podremos hacer discípulos tuyos si con nuestra conducta demostramos que tu ejemplo y tus enseñanzas nos han motivado para caminar con unos ideales y una conducta realmente atrayentes.

Creo que no serán  mis palabras sino mis obras las que han de hacer comprender que tú eres el Salvador de nuestra humanidad. Me pregunto con frecuencia si con sincera humildad voy tratando de ser un discípulo creyente y creíble.

Seguramente la clave de la misión está en ese bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ese es el bautismo que yo mismo he recibido y por el que doy gracias a la comunidad que me ha acogido en su seno.

Me gusta acercarme de vez en cuando a acariciar y besar la pila en la que he sido bautizado. Con ese gesto quiero agradecer este don de haber sido admitido a seguir tus pasos entre los que tú has elegido como discípulos.

Evocar mi bautismo me lleva a vivir con la confianza del hijo que es amado por el Padre, con la alegría de quien valora la enseñanza de la Palabra hecha carne y con la valentía que nos inspira la fuerza del Santo Espíritu.

Haber sido bautizado en el nombre de la Trinidad me introduce en la comunidad divina y me exhorta a reconocer la dignidad humana de cada persona. La fe en la Trinidad me sumerge en el don del amor eterno y me confía la tarea de hacerlo visible en el tiempo. Señor Jesús, ¿cómo no agradecer tu elección y tu mandato?



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