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Bares

Somos mediterráneos. Y como tales estamos acostumbrados a hacer vida en la calle con todo lo que significa de trasiego, ruido, constante novedad, cruzar de vidas y gentes, ciudades bulliciosas y horarios extendidos. A la par –quizás también como mediterráneos, quizás sin más como seres humanos- buscamos crear espacios hogareños y acogedores, cercanos, próximos y conocidos, de confianza, de humor, de relación. Entre ambas coordenadas nos movemos. Hacia fuera y hacia dentro. Queremos hacer de lo de fuera algo parecido a aquello de lo que salimos, lo de dentro. Queremos que lo de dentro, se enriquezca con lo que vivimos fuera. El hombre y sus contradicciones como medida de su humanidad.

¿Cómo se conectan ambas dimensiones? ¿Dónde se cruzan las coordenadas de dentro y fuera? ¿En qué lugar congraciar las contradicciones?

En España esa respuesta es evidente. Por cultura, por civilización, sin duda ninguna, en los bares. Los bares son segundos hogares, espacios de ocio, de humor, de confidencia, de diversión. También de consuelo, de amistad, de lágrimas, de tristeza. Son lugares de relación o de soledad, de creatividad, de contemplación, de diálogo. Lugares que concretan todo lo que somos, todo lo que querríamos ser, todo lo que nos dejan ser… y lo que no nos dejan también. El bar es en España ejemplo de cultura y civilización. Es huida y es encuentro. Es origen y es meta. Es comunidad y es individuo. Es fuera, pero se convierte en dentro.

Es por eso, creo yo, que las medidas que más nos están afectando –en general, todo sea dicho- en este contexto de pandemia, son las relativas al cierre y horarios de los bares y espacios de restauración. Nos afectan a nuestra manera de vivir, evidentemente, pero también a nuestro ánimo. No quiero ser frívolo, y me consta que, ante todo, afectan a la economía de tantas y tantas familias que ven tambalear su sustento. Ahí está el primero de los dramas de esto. A los demás nos toca en nuestra psicología. En nuestros afectos. En nuestro corazón.

Evidentemente a un nivel negativo –la tristeza, el desánimo, el desasosiego, el aburrimiento, la inacción, el recorte de afectos en nuestras relaciones- pero esta situación nos está dejando también perlas magníficas –jinetes de luz en medio de la oscuridad- de cómo la humanidad, y lo que queremos, mueve nuestra solidaridad y nuestro cariño.

Los medios no dejan de contarnos anécdotas de cómo la solidaridad se está moviendo con nuestros bares para echar una mano –cada cual como puede- con esos lugares que son un dentro que viene de fuera, ese hogar postizo, liberador y de acogida.

La señora que ha dejado de cocinar en casa para echar una mano al restaurante del barrio. El bar de la esquina que ha vendido bonos de futuras consumiciones para capear el temporal. El dueño de la cervecería que se ha encontrado sobre y carta con un dinerito –aquel que hubiera gastado en tu bar si nos dejasen– que le ayude en esta tesitura. La cafetería cuyo alquiler ha visto rebajado mientras dura esto.

Cosas pequeñas, sencillos gestos humanos, nada enorme, detalles a la medida humana, cercana, prójima. Pero de eso se trata. Ahí nos lo jugamos todo. Frenar la barbarie, la oscuridad y el caos comienza con una mano que generosa se da. La humanidad se salva en gestos aparentemente menores, pero que por reales, por generosos, se convierten en enormes más allá de su cantidad.

Vicente Niño Orti. @vicenior

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