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Balance del Año Jubilar de la Misericordia

Balance del Año Jubilar de la Misericordia

Tras las clausuras en todas las diócesis de la Iglesia de sus puertas santas de la misericordia, el Papa lo hizo el domingo 20 de noviembre y promulgó la carta apostólica «Misericordia et misera», mediante la cual sitúa a la Iglesia es un estado, en una clave y dinámica de misericordia permanente

Jesús de las Heras Muela

         Todo tiene su tiempo y su final. El Año Jubilar de la Misericordia, un santo extraordinario (extraordinario en todos los sentidos) ha llegado a su final. El domingo 20 de noviembre, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el Papa Francisco cerró la puerta santa de la basílica vaticana de San Pedro y puso el punto final a este xairós, a este año y tiempo de gracias. En la víspera, el sábado 19 de noviembre, el Santo Padre había creado 17 nuevos cardenales (entre ellos, el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro), de los cinco continentes, como expresión y compromiso de la Iglesia misionera, samaritana, misericordiosa y en salida que quiere ser el propósito y compromiso final del Año de la Misericordia.

Poner la misericordia en el centro de la vida y de la misión de la Iglesia y de todos sus miembros, pastores y fieles, ha sido —y deberá  seguir siendo— el gran objetivo de esta convocatoria, de este tiempo de gracia, que el Señor, a través del Papa Francisco, nos ha donando a todos.

Y como la misericordia no se jubila, el Santo Padre nos ha legado ahora la carta apostólica «Misericordia et misera», mediante la cual prolonga, de algún modo, el estado de misericordia permanente en el que quiere viva su Iglesia.

Algunos datos

Cuando el Año Jubilar de la Misericordia ha llegado a fin, al menos, veintiún millones doscientas mil personas (exactamente, 21.292.926)  han peregrinado a Roma, e imposible resulta el cómputo de los otros miles y millones de fieles que lo habrán hecho a los demás lugares jubilares.

Imposible  también de contabilizar es saber el número y porcentaje de personas que han acudido al sacramento de la confesión —alma indiscutible de este año santo— y han recibido las gracias jubilares, pero es evidente que han sido muchas y que nuestros confesonarios han sido mucho más visitados que de habitual. Y dígase lo mismo del ejercicio concreto de la misericordia y, sobre todo, de esa lluvia fina, de esa siembra paciente, que de semillas de misericordia ha sido esparcida durante todo este tiempo y que un día, tarde o temprano, dará su fruto.

«Misericordiosos como el Padre»

El Año Jubilar de la Misericordia ha buscado poner a la misericordia —nombre de Dios, corazón del Evangelio— en el epicentro de nuestras vidas cotidianas y prestar así un imprescindible servicio evangelizador y misionero. Y para evaluar todo ello, será bueno recordar el lema del año santo en su completa frase evangélica: «Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso con vosotros». Esto significa, en primer lugar, que todos tenemos necesidad de experimentar en primera persona, la misericordia de Dios con nosotros. Lo cual no es posible sin una renovada vida interior de escucha de la Palabra, de oración y de frecuencia en la recepción de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía. Y es que, no lo olvidemos, nadie da lo que no tiene. Y no podremos ser servidores de la misericordia que sin que esta haya penetrado y vaya transformando nuestra vida. Esta y no otra es, además, la premisa tantas veces repetida por Francisco para la auténtica reforma de la Iglesia y de una renovada misión evangelizadora: la conversión personal.

Gracias al Año de la Misericordia y al impagable testimonio del Papa, no cabe duda de que los pobres, los preteridos, los últimos de la humanidad y de la misma Iglesia, están más cerca de todos nosotros, nos interpelan más por la deuda de la permanente misericordia. La Iglesia misionera y en salida que demandan los signos de los tiempos y con ellos Francisco, será tanto creíble, tanto más fecunda cuanto más cercana y samaritana esté y sea con ellos. Pero esto no desde claves ideologizadas y desde facilones eslóganes y pruritos —nada más en los antípodas de la verdadera misericordia que la palabrería y la demagogia al respecto—, sino desde el testimonio, desde la humildad, desde la perseverancia y de una eficiencia no puramente contable y de balance cosmético de resultados, sino de corazón y al corazón.

A la Iglesia le sientan bien, le vienen bien, años como este, donde todas sus fuerzas, medios e iniciativas convergen hacia un mismo centro. Lo pudimos comprobar en ocasiones similares anteriores como el Año de la Fe o el Año de San Pablo, con Benedicto XVI, o, con Juan Pablo II, el Gran Jubileo del Año 2000. Ahora, la extraordinaria catequesis —en el sentido más amplio del término—, con su inmensa panoplia de actividades, desarrollada e impartida a lo largo de todo este año sobre la misericordia no puede sino, cuando sea y como sea, dar frutos, que confiamos a la Misericordia eterna del Padre.

18 actos centrales en Roma

A lo largo del Año de la Misericordia,  con la presidencia del Papa Francisco, ha acogido dieciocho grandes jubileos sectoriales. Dos hubo en enero: los servidores de los santuarios y los promotores de la unidad de los cristianos, los días 21 y 25. El 2 de febrero fue el Jubileo de la Vida Consagrada, en coincidencia con la clausura del Año de la Vida Consagrada 2014-2016. También en febrero, en alba de la Cuaresma, tuvo lugar una de las iniciativas más singulares del año: los Misioneros de la Misericordia,  1.300 sacerdotes de todo el mundo, a quienes el Papa confirió facultades especiales en la administración del sacramento de la confesión, institución que ahora Francisco mantiene al igual que la posibilidad de todos los sacerdotes sigan absolviendo el pecado y la pena anexa al pecado del aborto. En los días de la creación de los Misioneros de la Misericordia, las reliquias de san Pío de Pietrelcina (1887-1968), el fraile capuchino de los estigmas, infatigable confesor y extraordinario servidor y testigo de la misericordia, peregrinaron a Roma y atrajeron a Roma a más de un millón de fieles, el número más elevado de personas desplazadas a Roma durante el Año de la Misericordia. El quinto jubileo sectorial de febrero fue el 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, el jubileo de la Curia Romana y de sus trabajadores.

En marzo fue la Jornada 24 horas para el Señor, una iniciativa en toda la Iglesia de adoración eucarística y de confesiones sacramentales. Los domingos 3 y de 24 de abril se desarrollaron los jubileos romanos de los devotos y promotores de la espiritualidad de la Divina Misericordia y de los adolescentes, respectivamente.  En mayo hubo otros dos: el 5 de mayo, el jubileo para enjugar las lágrimas y el 29, el de los diáconos. También hubo dos en junio: 3 de junio, solemnidad de Sagrado Corazón de Jesús, jubileo de los sacerdotes, y el día 12, el de los enfermos y de los discapacitados. La Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Cracovia (Polonia), del 27 al 31 de julio, centró la agenda eclesial y jubilar de julio. Fue el jubileo de los jóvenes, que contó con edición para la diócesis de Roma, también con el Papa, el domingo de Ramos, día 20 de marzo.

El 4 de septiembre ha sido otra de las fechas más señaladas del Año de la Misericordia con la canonización de santa madre Teresa de Calcuta (1910-1997), otro extraordinario modelo y testigo de la misericordia. Fue también el día del jubileo de los voluntarios y de los servidores de la misericordia. Asimismo, el 25 de septiembre y el 9 de octubre se celebraron respectivamente el jubileo de los catequistas y el Jubileo Mariano. El 2 de noviembre el Papa Francisco viajó al cementerio romano de Prima Porta. Y ya, como queda dicho, los domingos 6 y 13 de noviembre fue el tiempo tan luminoso para los jubileos de los reclusos y de los excluidos.

«Viernes de la Misericordia»

Además, durante los doce meses de este año, una tarde de viernes de cada mes, Francisco realizó la iniciativa denominada «Viernes de la Misericordia, con visitas a lugares de servicios eclesiales de periferias que visibilizan las obras de misericordia. La última de ellas fue el viernes 18 de noviembre. Francisco se desplazó a las afueras de Roma, a , donde se encontró con varios sacerdotes secularizados y sus familias.

En enero visitó un asilo de ancianos y una casa para enfermos en estado vegetativo en Tor Spaccata; en febrero, una comunidad para tóxico dependientes en Castelgandolfo; en marzo (el Jueves Santo) el Centro de acogida para prófugos (CARA) de Castelnuovo di Porto; en abril fue a encontrar a los prófugos y migrantes en la Isla de Lesbos; en mayo tocó el turno a la comunidad del «Chicco», en Ciampino, para personas con graves problemas mentales; y en junio el Papa visitó dos comunidades romanas para sacerdotes ancianos. Además, el  viernes 29 de julio, durante su viaje a Polonia, el Obispo de Roma también cumplió su “Viernes de la Misericordia” con la oración silenciosa en Auschwitz-Birkenau, su visita a los niños enfermos en el hospital pediátrico de Cracovia y el Vía Crucis con los jóvenes de la JMJ, en presencia de tantos chicos y chicas iraquíes, sirios y de otras zonas de guerra y conflicto.

El 12 de agosto, el Santo Padre dejó el Vaticano para dirigirse a una filial romana de la Comunidad Papa Juan XXIII,  fundada por el sacerdote italiano Oreste Benzi, para encontrarse con 20 mujeres liberadas de la esclavitud de las mafias de la prostitución. Seis de ellas provenientes de Rumanía, cuatro de Albania, siete de Nigeria y las otras tres respectivamente de Túnez, Italia y Ucrania. La edad media bordea los 30 años. Todas ellas han sufrido graves violencias físicas y ahora viven protegidas.

En septiembre, «Viernes de la Misericordia» llevaron del Papa al área de Emergencias y al pabellón de Neonatología del Hospital San Giovanni de Roma, donde en este momento están internados una decena de niños con varias patologías neonatales. Y en octubre, al Centro de acogida de niños llamado Villaggio SOS, de Aldeas Infantiles, donde acuden menores con problemas sociales o familiares.

La iniciativa de los «Viernes de la Misericordia», en el marco del Año Jubilar de la Misericordia, la inauguró Francisco en la tarde del viernes 18 de diciembre cuando inauguró un nuevo albergue y casa de acogida para transeúntes de Cáritas-Roma.

La iniciativa de los «Viernes de la Misericordia», en el marco del Año Jubilar de la Misericordia, la inauguró Francisco en la tarde del viernes 18 de diciembre cuando inauguró un nuevo albergue y casa de acogida para transeúntes de Cáritas-Roma.

Acción de gracias, renovación y compromiso

Año de la Misericordia, tiempo, pues, ahora para dar gracias a Dios y para renovar el compromiso de todos los miembros de la Iglesia por vivir y transmitir la misericordia. ¿Y cómo?          En su mensaje en twitter del martes 15 de noviembre, el Papa Francisco respondía a ello: «Si cada uno de nosotros hace una obra de misericordia al día, se producirá una revolución en el mundo». ¡Qué así sea!

         Por ello, con palabras de Francisco, en la misa de clausura del Año de la Misericordia, «pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza».

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