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Augusto Zampini: «No se sale de una pandemia sin solidaridad universal»

Desde hace ya más de cuatro meses el mundo está inmerso en una crisis sanitaria, pero también económica y social. Algunas de las consecuencias de la pandemia del COVID-19 han sido muy inmediatas y se ha buscado rápida respuesta, pero paliar el daño que este virus está dejando en la humanidad no será una cuestión inmediata. El Papa Francisco intuyó esto desde el inicio y por eso se creó en el Vaticano una comisión que está trabajando precisamente en esto. Una comisión que busca «oficiar de catalizador para ayudar a que las respuestas globales a la crisis estén interconectadas, y a que las respuestas locales tengan un marco global; es decir, que todas las respuestas aspiren al bien común». Lo explica en esta entrevista a ECCLESIA Augusto Zampini, secretario adjunto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Es importante que se sepa que no estamos ajenos a la terrible realidad que nos aqueja, asegura el sacerdote. También lamenta que «el coronavirus es muy democrático en su contagio, pero muy elitista en su tratamiento» y que «estamos afrontando la misma tormenta», pero no todas las personas están «en la misma barca». De ahí la importancia que esta comisión está dando al mandato evangélico de estar al lado de los más desfavorecidos.

—¿Cuáles fueron las prioridades que se establecieron en la Comisión Vaticana COVID-19 al iniciar el trabajo?
—La prioridad es «anticiparse al futuro», o «preparar el futuro». Al inicio de la crisis, nuestras preocupaciones eran sobre el impacto del virus en la salud o en los empleos de la gente. Sin embargo, el Santo Padre nos pidió enforzarnos en preparar un futuro distinto para contrarrestar la tragedia, y quiere que lo hagamos con fe, ciencia e imaginación, escuchando a las Iglesias locales y a sus realidades concretas. Así, aspiramos a proponer criterios de acción para responder a la crisis de modo inmediato, pero con una visión amplia del futuro. Queremos además aportar a las respuestas urgentes, pero sin olvidar lo importante, y asumiendo la complejidad de lo que se viene.

—¿Qué objetivos se han marcado?
—Un objetivo es oficiar de catalizador para ayudar a que las respuestas globales a la crisis estén interconectadas, y a que las respuestas locales tengan un marco global; es decir, que todas las respuestas aspiren al bien común. No se sale de una pandemia sin una fuerte conexión, sin una solidaridad universal. Las decisiones que los líderes toman ahora afectarán profundamente el futuro de la humanidad. Queremos ayudar, con la fuerza que nos da la Buena Noticia del Reino de Dios, cuya luz se hace presente en medio de nuestras oscuridades.
Por eso, trabajamos contrarreloj en el estudio y elaboración de propuestas para ofrecer a líderes religiosos, empresarios, políticos, líderes sociales, académicos, y líderes de familia, quienes enfrentan esta exigente tarea de decidir nuestro futuro con bastante incertidumbre. Trabajamos cada semana en una temática, la examinamos desde diversas dimensiones y luego trazamos posibles líneas de acción para ayudar a mitigar las consecuencias más urgentes de la pandemia y a configurar el futuro post-COVID. El futuro comienza ahora y debemos ayudar a aquellos con poder de decisión a tomar medidas que nos permitan construir juntos un mundo más sano, con gente e instituciones sanas.
La Comisión, además, tiene otros dos objetivos fundamentales: mantenerse actualizada respecto de los cambios y consecuencias de la pandemia y analizar sus efectos desde la realidad y perspectiva de los más vulnerables. Con respecto a la primera, ante el rápido avance del virus y de una realidad en constante evolución, el Santo Padre nos pidió que reflejemos un Dicasterio activo, ágil y cercano a la realidad de la gente; que la Iglesia en su totalidad se haga más presente y acompañe al mundo en medio de tanto sufrimiento, especialmente a los más pobres.
Aunque las respuestas urgentes son necesarias pues salvan vidas, estas deben ir de la mano de otro tipo de acciones que ayuden a construir un futuro sostenible e inclusivo, ya que, como en todas las crisis, los más pobres sufren las peores consecuencias. El coronavirus es muy democrático en su contagio, pero muy elitista en su tratamiento. Nosotros nos centramos en las personas que más sufren por una cuestión evangélica, de amor a los más necesitados. Pero también por la cuestión estructural de la desigualdad, que sabemos es causa y consecuencia de la pandemia. Los más desfavorecidos se enfrentan a un mayor peligro de contagio, los recursos públicos de salud no siempre están a su alcance, y además sufren sobremanera las durísimas consecuencias económicas. Por ejemplo, quienes se ganan la vida día a día y ahora no pueden trabajar, y no tienen ayuda estatal o del mercado, ¿qué van a hacer? Y los migrantes que ni siquiera son reconocidos como sujetos de derecho, ¿cómo se van a curar? La realidad de estas personas podrá ser invisible para muchos que viven esta pandemia encerrados en sus casas, con agua corriente, comida asegurada y trabajo online, y en ocasiones abotargados por una intoxicación informativa que a veces les aleja de la verdad; pero estas personas no son invisibles para el Papa y para la Iglesia.

—¿En qué ámbitos han podido trabajar ya durante este tiempo?
—En estos meses el trabajo de construcción y afianzamiento de la Comisión y de sus cinco grupos de trabajo (escucha y ayuda a Iglesias locales, análisis, comunicación, relación con Estados y fundraising) ha sido fundamental. Destaco la coordinación, las reuniones semanales de los grupos, por supuesto todo online y trabajando con personas de todo el planeta, durmiendo poco, leyendo mucho y discerniendo constantemente esta realidad global cambiante. Actualmente en nuestra página web www.humandevelopment.va se puede encontrar el especial de la Comisión Vaticana COVID-19 en el que se reflejan algunos frutos iniciales: Newsletters, informes, noticias, reflexiones espirituales y teológicas, etc. También hemos realizado una primera rueda de prensa en la que hemos afrontado la difícil cuestión de crisis alimentaria en relación con el COVID-19 y la ecología integral, y una segunda sobre la acción concreta de la Iglesia en diferentes partes del mundo. Es importante que se sepa que no estamos ajenos a la terrible realidad que nos aqueja. Pero esto es sólo la punta del iceberg, hay mucho más trabajo por detrás de las noticias, y además esto recién empieza. El análisis de la pandemia se hace en base a lo que vive la gente y teniendo en cuenta el contexto internacional, inspirados por las discusiones y acontecimientos globales. Por ejemplo, en un primer momento de la crisis, cuando los líderes e instituciones mundiales discutían sobre la posibilidad de alivio o cancelación de la deuda externa de muchos países, abordamos ese tema con profundidad. Si queremos preparar un futuro más sano y justo, no podemos hacerlo endeudando a quienes ya están endeudados. Luego de que el Papa mencionara la posibilidad de un salario básico universal, provocando discusiones alrededor del mundo, estudiamos este instrumento financiero a fondo. Su historia muestra que ha sido aplicado por diversos países en tiempos de crisis y que, debido a su fácil implementación, para algunos países podría ser una salida, mientras se contempla una política de promoción de empleo digno y sostenible, claro. También hemos examinado, siempre desde la realidad de los pobres como preferenciales de la Iglesia, las reacciones de organismos internacionales, las políticas económicas de rescate, la inseguridad cibernética y alimentaria, los conflictos armados en tiempos de pandemia, y la salud integral (física, mental, emocional), entre otros. Creo que esta metodología de responder a lo que acontece concretamente hoy, pero con una mirada de esperanza en el largo plazo, en ese futuro que juntos podemos preparar, ha sido un factor positivo. Es una pequeña contribución de la Iglesia en estos tiempos de incertidumbre.

—¿Qué valoración hace del trabajo realizado en estas semanas?
—Siendo tan novedosa la Comisión Vaticana COVID-19, las primeras semanas fueron un período de experimentación, y aunque seguimos aprendiendo a la par de nuestros colaboradores, hemos logrado seguir una buena metodología y ritmo de trabajo.
El grupo 1, «Actuar para el futuro», destinado al apoyo de Iglesias locales, ya ha recibido a través de Cáritas Internacionales, una gran cantidad de solicitudes de apoyo, y se han aprobado muchos proyectos de ayuda para los más pobres.
Dentro del grupo 2, «Mirar al futuro con creatividad», hemos producido una gran cantidad y calidad de análisis y propuestas en ecología, economía, seguridad y salud, tanto a corto, mediano y largo plazo. Pero más importante aún, se ha generado una gran sinergia a través de todos los colaboradores, y esperamos en la fase 2 de la comisión (de junio a agosto) incluir más voces del hemisferio sur.
El grupo 3, «Comunicar la Esperanza», consiguió mucha repercusión de los mensajes del Papa durante la Cuaresma, la Pascua y el tiempo Pascual, y ha diseminado el trabajo de la comisión con bastante éxito.
El grupo 4, «Soporte a la gobernanza para impulsar solidaridad global», han preparado cientos de reportes detallados de lo que ocurre en todos los rincones del planeta, y el grupo 5 ha conseguido mantener la comisión a flote. Ahora entraremos en una etapa —que llamamos segunda fase— en donde nos tendremos que enfocar en los puntos, cuestiones y temas que han emergido como los más esenciales para preparar el futuro.
Luego del verano, en la fase 3 de la comisión, buscaremos implementar algunas propuestas. Tengo muchas esperanzas acerca del resultado y los futuros proyectos que emergerán de esta iniciativa, que esperemos ayude a promover una verdadera conversión integral, entre todos, o al menos entre muchos.

—¿Usted en concreto de qué se encarga en la comisión?
—Junto a monseñor Duffe, coordinamos el grupo de trabajo 2 sobre el análisis multidisciplinar y las propuestas para el mundo post COVID-19. Como secretario adjunto, ahora formo parte del equipo directivo o «Cabina di Regia», integrada por el cardenal Turkson y monseñor Duffe, que coordina todos los grupos y decide la dirección general de la comisión.

—¿De qué forma cree que esta comisión ayudará a nivel global a superar las consecuencias de esta pandemia?
—Como lo ha dicho el Santo Padre en la encíclica Laudato si’ cuyo quinto aniversario estamos celebrando, el actual modelo económico mundial no funciona en beneficio del desarrollo humano integral. Las fallas de nuestros sistemas han desembocado en la actual crisis ecológica y la creciente desigualdad mundial. El COVID-19 ha puesto de manifiesto todas estas contradicciones y las debilidades inherentes a nuestras estructuras e instituciones sociales. La desigualdad es a la vez causa y consecuencia de esta y otras pandemias y además es notablemente injusta. Por decirlo de un modo simbólico, todos estamos afrontando la misma tormenta, pero no estamos en la misma barca. Algunos estamos en barcas grandes y con posibilidades de ser cuidados y curados, pero otros están en pequeños botes, totalmente desprotegidos y sin posibilidades de afrontar la tormenta, totalmente expuestos e indefensos.
Por eso insistimos en que este es un momento único para realizar un cambio profundo; para construir un mundo y un planeta más sano y equitativo y con personas e instituciones sanas. Se trata de aprovechar este momento de búsqueda de higiene externa, para lograr una mayor higiene interna. Queremos ayudar a encontrar nuevos caminos, modos alternativos de producir, consumir y vivir que eviten que caigamos de nuevo en las prácticas del «business as usual». Pero para ello se requiere de creatividad y de voluntad para hacer las cosas de manera diferente. La Iglesia, además, puede ayudar a encontrar el sentido de esta pandemia. ¿Por qué nos está pasando esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué nos quiere decir Dios con esto? Reflexionando sobre estas cuestiones con ayuda de la fe y la ciencia, podremos identificar las contradicciones y debilidades en nuestros sistemas y erradicarlos de una vez por todas. En ese contexto acompañaremos las decisiones que permitan mitigar la pandemia y evitar que se vuelvan a utilizar sistemas insostenibles y desiguales. Vamos a aprovechar este momento crítico para dar esperanzas y demostrar que un mundo mejor no es una utopía; es posible y necesario. La Iglesia puede emerger en este momento como un punto de referencia y una fuente de esperanza en este momento de confusión, desánimo o desesperación. Junto a otras Iglesias, credos y espiritualidades, queremos ayudar a regenerar una nueva solidaridad universal frente a una pandemia que amenaza con aumentar la indiferencia, la exclusión social, y la búsqueda de intereses propios por el bien común.

—¿Han recibido ya algún tipo de retroalimentación con el trabajo realizado hasta ahora?
—El Santo Padre pareciera estar satisfecho, como también todas las personas que colaboran alrededor del mundo. Pero siempre se puede mejorar. No existe una solución única, así que debemos seguir buscando, aprendiendo y mejorando. El Papa constantemente nos incentiva a seguir generando nuevas ideas para preparar el futuro, de modo profético, promoviendo una conversión integral.
A medida que el trabajo avance podremos ir dando a conocer más resultados, no solo en la propuesta de ideas sino también dando a conocer ejemplos de «buenas prácticas», y mostrando iniciativas y dinámicas que muestran que la realidad, incluso la realidad más dura de esta crisis puede ser afrontada de manera mucho más solidaria, creativa, sostenible y positiva para las personas que nos rodean y para nuestro planeta.

—¿Están colaborando con otras entidades o asociaciones?
—Justamente la novedad de la Comisión reside en su colaboración con organizaciones e instituciones religiosas y laicas. La comisión se basa en una constante colaboración entre los grupos de trabajo. Contamos con la colaboración de Cáritas y de Iglesias locales, con varios departamentos de la Curia Romana, las Academias Pontificias para la Vida y para las Ciencias. Además, el grupo 2, «Mirar al futuro con creatividad», cuenta con contribuciones de instituciones, expertos, movimientos sociales y organismos públicos del más alto reconocimiento mundial y provenientes de distintos mundos, tanto geográficos como del espectro espiritual.

—¿Se sabe hasta cuándo trabajará la comisión? ¿O por ahora es algo por tiempo indefinido?
—Mientras no se sepa hasta cuándo conviviremos con el virus, tampoco sabemos hasta cuándo durará la comisión. Hemos calculado que por al menos un año tendremos que seguir funcionando, hasta que aparezca una vacuna y un tratamiento eficaz. Pero los que vivimos en Europa, debemos tener cuidado con creer que la pandemia se acabó. Hay países que se están aproximando a su peor pico de infección, y nosotros no sabemos si habrá un rebrote en el otoño. Mientras nos adaptamos a vivir con el virus, tomando todas las precauciones necesarias y promoviendo una radical cooperación global, seguiremos colaborando en la misión de preparar el futuro, día a día, junto a muchos y con la ayuda y la luz del Espíritu Santo. No queremos que un destino trágico tenga la última palabra. Queremos, sí, probar que los seres humanos somos capaces de cambiar el rumbo por nuestra salud, por nuestro presente, y por el de las generaciones que vendrán.

Por Rocío Lancho

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