Carta del Obispo Iglesia en España

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, escribe una peregrinación diocesana a Polonia tras las huellas de Juan Pablo II

Durante los días 21 al 28 de agosto he tenido la dicha de acompañar a un grupo de sacerdotes y cristianos laicos de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara  en la peregrinación diocesana a Polonia. Al finalizar el viaje, muchos confesaron que les había servido para fomentar el diálogo, para compartir la alegría, para conocerse mejor y para dar gracias a Dios por las maravillas de la naturaleza y por las realizaciones positivas de los seres humanos.

Pero, sobre todo, hay dos aspectos que me gustaría compartir con los lectores del ECO. Por una parte, quisiera resaltar el gran cariño y admiración que profesan los polacos al beato Juan Pablo II.  Las pinturas, esculturas y referencias a su persona y a su obra son una constante en los templos, plazas y calles de todo el país. Con estas manifestaciones públicas, la mayor parte de los polacos no sólo reconocen su fama de santidad, sino su colaboración decisiva en la unidad del pueblo polaco para la consecución de la libertad.

El beato Juan Pablo II, con sus viajes apostólicos al pueblo que le vio nacer y con su lúcido magisterio, ha  ayudado a sus conciudadanos y al mundo entero a descubrir que la auténtica libertad está en Jesucristo, a vencer la enemistad con la donación del perdón y a testimoniar con la propia vida que las ideas no se imponen por la fuerza ni por las armas, sino que se proponen desde la convicción personal.

Por otra parte, quisiera también dejar constancia del testimonio creyente del pueblo polaco. Al grupo de peregrinos nos ha impresionado el silencio oracional que se respiraba en sus templos, la apertura al misterio y la concentración en la oración. Todos quedamos impactados por el recogimiento de los cristianos en la celebración de la Eucaristía dominical. En aquellos lugares, en los que los templos no tenían la capacidad suficiente para acoger a todos los fieles en la celebración de la Santa Misa, estos seguían la celebración de los oficios litúrgicos, desde el exterior de los templos, con profundo silencio y concentración en el misterio que se estaba celebrando.

 

Estos testimonios de fe de tantos hermanos nuestros, en distintos lugares de la tierra, deberían ayudarnos a todos a revisar nuestra fe y nuestra participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Cuando estamos a punto de iniciar “el Año de la fe”, convocado por el Papa Benedicto XVI para toda la Iglesia, hemos de abrir los ojos del corazón al testimonio creyente de tantos creyentes que con sus palabras y con sus obras nos están pueden ayudar a centrar la vida en Dios y a poner en Él nuestra esperanza.

Al revisar nuestra fe, no deberíamos olvidar nunca lo que en su día nos recordaba el beato Juan Pablo II: “Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él, para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”. Que el conocimiento de Jesucristo y el amor a su persona nos ayuden a descubrir la verdad y el sentido de nuestra existencia.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

 

+ Atilano, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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