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Rincón Litúrgico

Asunción de la Virgen María, por José-Román Flecha

Ante la fiesta de la Asunción de María, san Juan de Ávila invitaba a los fieles a alegrarse por el triunfo de María. Para él esta era la fiesta de la libertad, de la gloria cumplida y de las esperanzas realizadas.
Pero sabía Juan de Ávila que poco presta la contemplación sin la acción y el regusto sin el esfuerzo. Así que la celebración de la Asunción de María a los cielos le sugería una sencilla exhortación, adornada de una pizca de dramática poesía: “Estemos, pues, muy atentos, y no perdamos de vista a esta Señora, tan acertada en sus caminos y tan verdadera estrella y guía de los que en este peligroso mar navegamos”.

Los astros del cielo

La visión del Apocalipsis coloca a la Iglesia en el centro de la bóveda celeste (Ap 12,1). La liturgia ve esa profecía a la luz que ilumina la vida de María:
• “Una mujer vestida del sol”. La luz de Dios revelada en Cristo inunda a María y a la Iglesia. Purificadas e iluminadas por él, se convierten en faro para la peregrinación de las gentes. Su misma realidad determina su misión en el mudo.
• “Una mujer con la luna por pedestal”. La luz de María y de la Iglesia no brotan de sus propios méritos. Como el pálido claror de la luna, su resplandor es el reflejo de una luz que las trasciende y las lleva a vivir en humilde transparencia.
• “Una mujer coronada con doce estrellas”. El signo del zodíaco se asocia a las doce tribus de Israel y al número de los apóstoles para desvelar finalmente el papel de María y de la Iglesia. Todo nos dice que la naturaleza y la historia coronan la obediencia de la fe, el deseo de la esperanza y el ejercicio del amor.

El canto de María

El relato evangélico que se proclama en esta fiesta recoge el canto que María pronuncia al encontrarse con Isabel (Lc 1,39-56). Sus estrofas no miran tanto a la obra del hombre cuanto a la obra de Dios. El himno gozoso y agradecido del “Magnificat” revela, proclama, canta y agradece el estilo de Dios.
– “Ha mirado la humillación de su esclava”. Más que una confesión personal, esta afirmación resume la historia entera de la salvación. Frente a la altanería de los poderosos, con frecuencia injusta y despiadada, brilla la misericordia del Dios que apuesta por los débiles y oprimidos.
– “Me felicitarán todas las generaciones”. En otros tiempos Dios había prometido a Abraham que por él se bendecirían todos los linajes de la tierra (Gén 12,3). Aquella antigua profecía se ha cumplido en María. Gracias a Jesús, fruto bendito de su vientre, la bendición de Dios se convierte en bienaventuranza para todos los que lo siguen.
– “Ha hecho obras grandes por mí”. Lo mismo pudieron decir Sara, la madre de Isaac, y Ana, la madre de Samuel. Para María, las grandes obras de Dios incluyen el ser la madre de Jesús. Pero comprenden también las riquezas del Reino que por Jesús se revelan y se otorgan a los pequeños y a los humildes.
– Santa María, Madre de Dios, ayúdanos a levantar nuestros ojos a lo alto. Y ofrece también a toda la humanidad un rebrillo de esperanza en medio de tantas crisis, de tanta barbarie y de tanta sangre derramada sobre la tierra.

José-Román Flecha Andrés



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