Asia Bibi, con su marido y sus hijas, en París.
Internacional

Asia Bibi, «una lección de vida»

Asia Bibi está en Francia. Quiere instalarse allí con su familia. El martes 25 de febrero la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, la distinguió como «Ciudadana de Honor» de la ciudad, y este viernes 28 la recibe en El Elíseo el presidente Macron, a quien ya ha anticipado que pedirá asilo. El permiso de un año de residencia que le concedió Canadá está a punto de expirar. Bibi, de 49 años, campesina y analfabeta, no habla inglés ni francés, y pasa sus días en un lugar secreto porque sigue estando en la diana de los fundamentalistas, que han puesto precio a su cabeza. «La mayor parte del tiempo estoy en casa. No salgo mucho, especialmente por el frío y la nieve», ha dicho.

Esta cristiana y madre coraje pakistaní, símbolo de la lucha contra la blasfemia, está en Francia también para presentar su autobiografía, escrita en colaboración con la periodista y activista gala Anne Isabelle Tollet. Le acompañan su marido, Ashiq, de 58 años, y dos hijas: Eisha (21) y Eisham (20). El libro que ha escrito se titula «Al fin libre», y en él cuenta cómo fueron los casi diez años que pasó en la prisión de máxima seguridad de Multan acusada de blasfemia, un delito por el que llegó a ser condenada a muerte. Su celda tenía ocho metros cuadrados y solo podía salir de ella media hora por la mañana y otra media por la tarde, y siempre vigilada. Llevaba puesto un collar de hierro que restringía sus movimientos. Su abogado llegó a confesar que no entendía cómo había podido sobrevivir.

Lo hizo —sobrevivió— según ella misma confiesa, gracias a la fe. «Si hubiera renegado de mi fe y me hubiera convertido al islam no me habría pasado nada», argumenta. «Me agarré a mi fe, pero me preguntaba también por qué Dios permitía tanto sufrimiento. Ahora soy famosa en el mundo gracias a los Papas Benedicto y Francisco. Ambos rezaron por mí y yo me preguntaba si merecía tanto honor y tantas atenciones. Oraba con el rosario que me envió el Papa Francisco. Al saber que el Papa rezaba por mí, renacía mi esperanza».

Blasfemia y castas

El caso de Asia Noreem (verdadero nombre de Asia Bibi) puede resumirse así:

«14 de junio de 2009. Ittan Walli, una aldea de doscientos habitantes (un puñado de casas de barro sin agua corriente ni electricidad) a una hora de Lahore. Varias mujeres recogen falsas (una vaina asiática) en el campo. Son jornaleras. Todas son musulmanas excepto Asia Bibi. Una de ellas dice que tiene sed. Asia acude a buscar agua a su casa. Cuando la trae, las otras se niegan a beberla. Dicen que Bibi es «impura” y que ha contaminado la vasija. Se refieren a que desciende de hindúes “intocables” (de baja casta) y a que es cristiana. Se inicia una discusión en la que le instan a convertirse al Islam. Ella responde: “¿Por qué me debo convertir? Jesucristo murió en la cruz por los pecados de todos los hombres. ¿Qué hizo Mahoma?”. La disputa va a mayores. Asia es empujada y golpeada. Tiene que refugiarse en su casa. Una de las mujeres, su vecina, con la que había tenido en el pasado otro altercado a causa de unos animales, decide denunciar lo ocurrido al imán del pueblo. Cinco días más tarde, los ancianos del lugar acuden con otros vecinos a su casa, la acusan públicamente de blasfemia y la instan de nuevo a convertirse a la verdadera religión. Ella vuelve a negarse. La policía decide intervenir y, “por su propia seguridad”, la conduce a la prisión».

La supuesta ofensa religiosa, por tanto, tuvo su origen en la discriminación que sufren los cristianos en razón de su pertenencia a la más baja de las castas: la de los dalits o intocables. Y aunque las castas ya no existan oficialmente en las leyes de India y Pakistán, en el día a día siguen estando muy presentes.

Taseer y Batti

Bibi se convirtió en reo de blasfemia. Fue juzgada y condenada por las leyes pakistaníes, y en 2010 fue condenada a muerte en primera instancia. Su caso adquirió tanta repercusión nacional e internacional que dio la vuelta al mundo. Y se politizó de tal manera que costó la vida a dos destacados personajes públicos que se significaron en su defensa: el gobernador del Punjab, Salman Taseer (musulmán), y el ministro para las Minorías Religiosas Shahbaz Batti (cristiano). El primero fue asesinado el 4 de enero de 2011 por su propio guardaespaldas, un extremista que confesó que decidió cometer el crimen después de escuchar la prédica de un clérigo radical; y el segundo fue acribillado a tiros dos meses después, el 2 de marzo, cuando salía de visitar a su madre. El atentado de Batti, que él mismo vaticinó, fue reivindicado por el grupo talibán Tehrik-i-Taliban-Punjab.

El caso de Asia Bibi es solo uno más en Pakistán. Los atropellos que sufren las minorías religiosas en virtud de los artículos 295 B y 295 C del Código Penal (los que regulan la blasfemia) son continuos. Actualmente, y según ha dicho la propia Bibi, su cárcel en Multan la ocupa otra mujer: Shagufta Kausar, cristiana y madre de cuatro hijos, condenada a muerte junto a su marido en 2014. Según fuentes de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, en Pakistán hay ahora 25 cristianos en prisión por blasfemos, seis de los cuales han sido condenados a muerte.

Desde 1986, año en que fue instaurada esta ley, han sido procesadas allí más de un millar de personas, la inmensa mayoría musulmanas. Aunque los jueces han dictado condenas a muerte, hasta ahora ningún procesado ha sido ejecutado. Sin embargo, al menos cuarenta de ellos, que habían sido absueltos por los magistrados, fueron posteriormente asesinados por los radicales, a veces a la salida misma del tribunal. Ha habido también condenados que han muerto violentamente en la cárcel.

Hasta un obispo, el de Faisalabad, monseñor John Joseph, puede ser considerado víctima indirecta de esa ley. Era presidente de la Comisión «Justicia y Paz» de la Conferencia Episcopal cuando en 1998, desesperado e impotente por la condena a muerte de un cristiano, optó por pegarse un tiro en la cabeza ante las puertas del juzgado que acababa de dictar sentencia. Quiso llamar así la atención de la comunidad internacional, ajena por completo a este drama.

Asia Bibi dice que echa de menos a la familia que ha dejado en Pakistán, su comida y su cultura. Y confía en poder regresar un día a su tierra. Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, destacó el martes su coraje y su fuerza interior. «Eres —le dijo— un lección de vida».

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