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El arzobispo de Sevilla presenta la exposición de Murillo en la catedral hispalense

El arzobispo de Sevilla presenta la exposición de Murillo en la catedral hispalense

Discurso del arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo Pelegrina, en la inauguración de la exposición “Murillo en la Catedral. La mirada de la santidad”, sala capitular de la catedral de Sevilla, viernes 8 de diciembre de 2017, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

Son escasas las ocasiones en que el Arzobispo puede ocupar su escaño en esta hermosísima Sala Capitular. Los cambios funcionales de las distintas estancias de la Catedral y su adaptación a las necesidades que van surgiendo en cada época han relegado esta magnífica construcción al silencio, cuando no al olvido.

Digo bien, al silencio, a pesar de que la bóveda fuera pensada para que las intervenciones de los capitulares llegaran con claridad a todos y cada uno de los sitiales. Y digo bien, al olvido, porque desgraciadamente muy pocos son los que hoy son capaces de escuchar y leer el grito que nos llega de los relieves, las inscripciones y las pinturas de esta bellísima estancia.

Por ello, en la luminosa mañana de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, cuya efigie, pintada por Murillo,  preside esta sala capitular, la más bella del orbe católico, siéntanse privilegiados en poder disfrutar con serenidad, sin las prisas del turista, del espacio, de la luz, del mensaje espiritual bien explícito que se derrama en este rincón de nuestra ciudad. En esta mañana en la que la liturgia que acabamos de celebrar nos habla de limpieza, de belleza, de pureza, déjense empapar por la Verdad y la  Belleza, con mayúsculas, que rezuman todos los rincones de esta sala.

Nos convoca en ella un aniversario, la conmemoración de los cuatrocientos años del nacimiento en los últimos días de diciembre de 1617 del pintor Bartolomé Esteban Murillo, que desarrolló su trabajo para esta Catedral a lo largo de casi treinta años. La exposición que inauguramos no es una muestra más al uso, una simple sucesión de cuadros perfectamente datados y analizados. Como no podía ser de otra forma, su meta es que descubramos al hombre y al pintor que fue capaz de plasmar en sus lienzos la visión de un cielo amable, claro y límpido; que quedemos cautivados por la belleza de un rostro, por la delicadeza de unas manos, por lo etéreo de esos rompimientos de gloria que conectan el cielo con la tierra, que unen a Dios con el hombre de forma definitiva y total desde el momento en que el Verbo se encarna en las entrañas purísimas de la siempre Virgen María.

Para comprender la figura y la trayectoria creativa de este genial artista,  es preciso conocer sus presupuestos existenciales y sus convicciones más íntimas. Murillo fue esencialmente, aunque no exclusivamente, un pintor religioso, faceta que conocieron en gran medida el Cabildo hispalense y las instituciones religiosas de la ciudad. Fue amigo de muchos miembros de esta corporación capitular, singularmente de Justino de Neve. Fue grande su cultura religiosa. Pero, sobre todo, a su genio artístico indiscutible, Murillo unió una fe sincera y una piedad no fingida, todo lo cual le confirió una clara afinidad o connaturalidad con la verdad revelada, el sentido sobrenatural de lo divino, el “sensus fidelium”, del que hablan los teólogos, que Dios concede a quienes viven cerca de Él con sencillez de corazón. Porque nadie da lo que no tiene, hemos de convenir que solo la profunda religiosidad de Murillo explica unas obras que rezuman unción religiosa y que son capaces de tocar el corazón de quienes las contemplan sin prejuicios ni corazas, intuyendo en la belleza visible, la belleza invisible de Dios.

 

Agradezco al Cabildo Catedral y a su Deán Presidente que una vez más hayan acertado en ofrecer a la ciudad y a la diócesis la oportunidad de descubrir en este arcón de belleza secular que es la Catedral, los tesoros que nos abren las puertas del conocimiento de Dios, los iconos que nos hablan de la Historia de nuestra Salvación, nos desvelan los misterios de nuestra fe y nos ponen en contacto con los santos, a los que alude el título de esta exposición, Murillo en la catedral. La mirada de la santidad. En los últimos años, desde algunas instancias mediáticas de nuestro país se ha calificado reiteradamente a nuestras obras sociales y caritativas en España como las joyas de la corona de la Iglesia. Sin desvalorizar estas instituciones, que son orgullo de nuestra Iglesia, las verdaderas joyas de la corona son los santos, cuyas vidas deberían ser mostradas con más frecuencia en la predicación y en la catequesis.

El papa Benedicto XVI nos pidió múltiples veces recorrer en la pastoral ambos caminos, el de la belleza y el de la santidad. Siendo todavía cardenal, en el meeting de Rímini de Comunión y Liberación en agosto de 2002, nos dejó esta idea verdaderamente luminosa: la verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro con los santos y a entrar en contacto con lo bello.. El papa Francisco por su parte estima también que los santos y la belleza, en la variedad de sus formas, significan una clara oportunidad para la evangelización en nuestro tiempo.

Efectivamente, los santos son los hijos más preclaros de la Iglesia. Ellos hacen inteligible y creíble el Evangelio,  ellos embellecen el rostro de la Iglesia, en el que si es cierto que hay sombras y arrugas por los pecados y deficiencias de sus miembros, es también cierto que la luz es más intensa que las sombras y que el heroísmo de los santos, nuestros hermanos, es más fuerte que nuestro pecado y nuestra mediocridad. Los santos pintados por Murillo no responden al arquetipo platónico de una belleza ideal. San Fernando, san Isidoro, san Leandro, san Hermenegildo, san Pío y las santas Justa y Rufina, son ante todo, modelos de vida cristiana. Sus figuras y representaciones, como escribiera san Juan Damasceno en su Sermón primero sobre las imágenes, nos hacen atractiva y accesible la santidad. La mirada dulce y serena de san Fernando en el cuadro que Murillo pintara en 1671, con  ocasión de su canonización, es la mirada de la santidad, expresión que con buen criterio ha elegido el Cabildo como título de este proyecto cultural y evangelizador.

Como he afirmado anteriormente, la exposición que inauguramos no es una muestra más al uso. Tiene un argumento, un relato y un hilo conductor. La contemplación de la bellísima imagen de san Fernando y de los demás santos de Murillo en la Catedral puede remover los rescoldos que anidan en tantas personas que han abandonado la fe o la práctica religiosa en las últimas décadas y que hoy no tienen más conexión con la Iglesia que la visita cultural. Desde ese descubrimiento íntimo y personal de la santidad a través de la belleza, también nosotros, creyentes y practicantes podremos confrontar el ideal que nos muestran las imágenes con nuestra vida cristiana concreta, tan vez demasiado somnolienta, tibia y aburguesada, y con escaso hálito evangelizador.

Redescubrir a Murillo en las naves y espacios catedralicios debe ser una interpelación para cada uno de nosotros, una llamada seria a repensar con valentía nuestra relación con Dios y con los hermanos, una brisa fresca de dulzura en medio de una sociedad cada vez más insensible al dolor, la soledad, el sufrimiento y la pobreza. Desde hoy y en los próximos meses, la Catedral de Sevilla sale al encuentro de cada hombre y mujer de la mano de la genialidad creativa de Murillo para que, a través del color y de las formas, del sonido y el silencio, de la palabra y la mirada, podamos descubrir el rostro de un Dios cercano que nos ama y que es capaz de inspirar para nuestro bien, obras tan sublimes como las que salieron de las manos de Bartolomé Esteban Murillo.

Durante más de 350 años, la mayor parte de las pinturas que a partir de hoy podremos contemplar en la exposición se han mantenido en los mismos lugares para los que fueron creadas. Cuando Murillo esbozaba los primeros dibujos de cada obra, previamente había estudiado la entrada de luz, la perspectiva desde donde el espectador iba a contemplar el cuadro, el color de las paredes y la biografía de cada personaje. Todo ello era necesario para abordar con éxito el encargo recibido. Pero mucho más importante era el objetivo que pretendía alcanzar, la finalidad última que debía cumplir la obra de arte, que no era otra, entonces y ahora, que anunciar a los hombre y mujeres de su tiempo, y de tiempos posteriores, la Buena Noticia del amor de Dios por la humanidad, llevar a los hombres a Dios a través de la belleza y proponerles modelos de santidad al alcance de su mano.

En realidad la santidad es la primera necesidad de la Iglesia y del  mundo en esta hora crucial. En momentos de crisis en la vida de la Iglesia han sido los santos quienes le han marcado las sendas de la verdadera renovación. “Los santos, -nos ha dicho el papa Benedicto XVI- son los verdaderos reformadores… Sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”.

 

Para nadie es un secreto que en los últimos decenios una honda  crisis moral corroe a las sociedades occidentales, hundidas en el nihilismo, la insolidaridad con los países pobres, la angustia y la desesperanza, como consecuencia de la secularización, que trata de expulsar a Dios de la vida social e, incluso, de la conciencia de nuestros contemporáneos. Personalmente estoy convencido de que nuestro mundo, desequilibrado por el egoísmo y la injusticia y herido por la desesperanza, no curará sus heridas desde las soluciones técnicas o políticas o desde el mero servicio asistencial, que no sanan el corazón del hombre, sino desde la revolución silenciosa de la santidad y del amor.

 

La Iglesia y el mundo necesitan santos, héroes de lo  pequeño, santos de lo cotidiano, como escribiera el papa Pablo VI, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, padres y madres de familia, santos de lo sencillo, que encuentran su camino de santificación en la oración y la escucha de la Palabra de Dios, en la participación en los sacramentos, en la profesión, la educación de sus hijos, la identificación de la propia voluntad con el querer de Dios, y en la ofrenda de la propia vida, abierta a las necesidades de los que sufren y comprometida en el apostolado y en la construcción de la nueva civilización del amor. A todo ello nos invita la mirada dulce y llena de piedad y de unción religiosa de san Fernando y de los demás santos de Murillo presentes en esta exposición.

 

Nuestra Catedral ha preparado una exposición que subraya no sólo los vínculos de Murillo con la Iglesia y sus instituciones, sobre todo el Cabildo Metropolitano, sino también con  las corrientes doctrinales que influyen en su obra, particularmente la reforma católica propiciada por el Concilio de Trento. Refleja también su propia peripecia vital, su familia, sus amigos, muchos de ellos canónigos y eclesiásticos y el ambiente social y cultural de la Sevilla del siglo XVII. Todo ello queda acreditado en la exposición con un soporte documental digno de elogio, por su seriedad y honestidad.

 

Felicito al Cabildo Catedral que ha sido sensible a las propuestas culturales de la ciudad en este año emblemático y  que una vez más abre de par en par las puertas de esta casa a los creyentes y a cuantos se acercan a ella sin un interés específicamente religioso, sino el de contemplar un patrimonio cultural inigualable. De forma especial me gustaría destacar el notable esfuerzo desplegado para que los contenidos de la exposición sean accesibles a todas las edades y a todas las circunstancias personales, mayores y pequeños, discapacitados visuales, etc.

Felicito igualmente a la comisaria de la exposición, doña Ana Isabel Gamero González, al comisario adjunto don Joaquín de la Peña y a su equipo, que han trabajado intensamente durante un año coordinando con extraordinario acierto a un amplísimo grupo de personas y que ha configurado una muestra digna de la catedral de Sevilla y de la ciudad.

Mi agradecimiento a todo el personal de esta casa, que con una gran profesionalidad ha colaborado en la preparación de  la muestra, tanto en el montaje como en las labores previas de investigación en los archivos, y que seguirá colaborando  en la organización de los múltiples actos y visitas que a partir de ahora se desarrollarán en torno al Año Murillo.

Mi felicitación también a la comisión científica y a los responsables de la página web de la exposición que, una vez más, han entregado de forma generosa su tiempo, trabajo y conocimientos al servicio de la Iglesia.

Y mi agradecimiento a todos ustedes que se han dado cita en esta mañana para acompañarnos en esta inauguración gozosa de la exposición de Murillo en la Catedral. Que disfruten de tanta belleza como nos rodea. Muchas gracias.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina                                                                                Arzobispo de Sevilla

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