Baltazar-Porras
Internacional

Arzobispo Baltazar Porras comenta al expresidente venezolano Ramón J. Velásquez

Arzobispo Baltazar Porras comenta al expresidente venezolano Ramón J. Velásquez

Por José-Alberto Rugeles Martínez

Mons. Baltazar Porras Cardozo, arzobispo de Mérida, Venezuela, en su escrito semanal -que recogen varias páginas de información religiosa de Venezuela y España- ha evocado la figura del recientemente fallecido ex-presidente venezolano Ramón J. Velásquez.

Según el Arzobispo Porras: “desde muy joven tengo memoria de haber oído hablar del hijo de Don Ramón, “Ramoncito”, porque mi tío Marco Antonio Porras se jactaba de la amistad que tenía con Don Ramón, con quien conversaba con frecuencia en las puertas del Diario Católico de San Cristóbal, periódico que le había sido confiado por Mons. Tomás Antonio Sanmiguel. El contacto con su obra histórica, indispensable para conocer mejor la Venezuela desde Guzmán a nuestros días, me llevó a conversar con él y descubrir a través del investigador, la calidad humana, la sencillez de trato y la agudeza para relacionar el pasado con el presente”.

Mons. Porras Cardozo da “gracias a Dios por haberme honrado con su amistad y haber podido compartir deliciosas jornadas en las que me enriqueció con su sabiduría y sapiencia”.

Para el Arzobispo: “Don Ramón J. fue un tachirense (oriundo de la Provincia del Táchira) universal. A sus afanes se debe esa mina de historia regional que es la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, al igual que muchas otras publicaciones más allá de las de su propia cosecha. Su serenidad de ánimo y ecuanimidad al juzgar los acontecimientos más controvertidos lo convertían en un auténtico maestro de la verdad, el bien y el diálogo. Su aporte a la vida pública como periodista, abogado, intelectual, investigador y político, es invalorable. Si tuvo enemigos se debió más a la mezquindad humana que a sus posibles deficiencias”.

Recuerda Mons. Porras Cardozo la faceta espiritual de Velásquez afirmando del Ex- presidente que era “de profundas convicciones democráticas, fue también un hombre de fe y de convicciones religiosas profundas. Junto a Doña Ligia levantó un hogar donde se cultivaron las mejores virtudes ciudadanas y cristianas. Ni la envidia ni la arrogancia estuvieron presentes en su vida. Su sonrisa y bonhomía traslucía su paz interior, fruto de una ecuanimidad que no se encuentra fácilmente”.

D. Baltazar Porras termina su artículo semanal dando “gracias a Dios por haber gozado de su cariño y cercanía. Su vida, ejemplar en muchos campos, es testimonio del venezolano abierto, fraterno, apasionado por la justicia y por la verdad. Fue uno de los hombres sin tacha que transitaron por la Venezuela del siglo XX, modelo de hombre público probo y honesto. Es la mejor herencia que deja a los suyos y al país. Descanse en paz”.

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