Rincón Litúrgico

Artesanos de la paz, por José-Román Flecha Andrés en el Diario de León (11-1-2020)

En este mundo de lo efímero, consideramos las palabras de ayer como antigüedades. Sin embargo, no deberíamos olvidar el mensaje que el Papa Francisco nos ha dirigido con motivo de la Jornada Mundial para la paz, de este año 2020.

En él nos recuerda que los antiguos profetas de Israel nos exhortan también hoy a abandonar el deseo de dominar a los demás y a aprender a vernos como personas, como hijos de Dios, como hermanos.

Y nos ofrece un pensamiento que es una norma universal de conducta para creyentes y no creyentes: “Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él”.

Como evocando la canción de Lámec, Jesús recordaba a Pedro la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete. La razón es muy clara. “Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz”.

Pero hay algo más. Nuestra indiferencia con relación a los demás nos ha llevado a  justificar las guerras, la injustica, la violencia y el maltrato a la naturaleza. Hoy es evidente que además de la reconciliación entre los humanos,  necesitamos una conversión ecológica.

No podemos amar a los hermanos y privarles de este mundo que Dios nos dio para que hagamos de él nuestra casa común. Esa conversión ecológica  exige de nosotros adoptar una mirada nueva  sobre la vida. El Creador generosamente nos dio esta tierra y nos sugiere la alegre sobriedad de compartir.

El Papa recuerda ese trípode famoso que configura la vida humana y la responsabilidad personal y ecológica, social y religiosa. Es urgente modificar nuestras relaciones  “con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida”.

Citando a san Juan de la Cruz, el Papa afirma que “se alcanza tanto cuanto se espera”. Y así es. “La paz no se logra si no se la espera”. Es preciso  creer en la posibilidad de la paz; creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz.

Además, es necesario superar el miedo y recobrar la confianza en nuestros hermanos. Somos hijos del mismo Padre, que es amor generoso y gratuito para todos. “La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza”.

Los creyentes conocemos la importancia del sacramento de la reconciliación. Todos somos pecadores, pero Dios nos perdona, en Cristo. Por tanto, también nosotros podemos y debemos ofrecer el perdón  a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

El perdón y la reconciliación manifiestan nuestra fraternidad y fortalecen nuestra voluntad de preparar con paciencia los caminos de la paz. “Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y de la paz”.

José-Román Flecha Andrés

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