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Apostando por la reinserción de quien está en la cárcel

Las visitas a las cárceles han sido citas fijas del Papa Francisco en sus años de Pontificado, tanto en sus viajes al continente americano como en Roma, donde varios Jueves Santo los ha celebrado entre rejas. Así, ha demostrado su predilección por los presos. El 24 de enero de 2019 el Papa visitaba el centro penal de menores de Pacora en Panamá, y convertía así a aquellos chicos panameños en peregrinos de la JMJ. En sus visitas el Papa decía: «Cada vez que entro en una cárcel, me pregunto: ¿Por qué ellos y no yo?».

Francisco no solo ha llevado a las cárceles el consuelo y la fuerza suficiente sino que, además, ha sido el altavoz de los problemas de superpoblación de las prisiones y de la falta de rehabilitación y de programas de reinserción.

Sus discursos han puesto el acento en que las cadenas perpetuas son una pena de muerte oculta y en su lucha contra la pena capital cambió el Catecismo de la Iglesia Católica, que hasta ahora, sorprendentemente, aún contemplaba que fuera «una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común».

Si recordamos cuando aún estábamos conociendo al Papa, durante su primera Semana Santa salió del Vaticano para oficiar por primera vez la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo no en la basílica de San Pedro sino en la cárcel romana de menores de Casal del Marmo. Y mientras lavaba los pies a doce muchachos, les dijo: «Esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago. Es mi deber, me sale del corazón y amo hacerlo». Es la imagen de un Papa arrodillado ante los jóvenes reclusos, pronunciando una a una palabras inolvidables para ellos: «No se dejen robar la esperanza». Palabras, pero sobre todo, gestos. Después vino Bolivia, Estados Unidos, México, Chile, varias prisiones de Roma, y allí donde se acercaba recordaba que «estar privado de la libertad no es estar privado de la dignidad».

Con normalidad se reconoce que es más fácil y más cómodo reprimir que educar; que es más fácil negar la injusticia presente en la sociedad y crear estos espacios para encerrar en el olvido a los infractores, que ofrecer la igualdad de oportunidades de desarrollo a todos los ciudadanos. Muchas veces los lugares de detención fracasan porque carecen de recursos suficientes que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares experimentados por las personas detenidas. Otras veces fracasan porque la frecuente superpoblación de las cárceles las convierte en verdaderos lugares de despersonalización. En cambio, una verdadera reinserción social comienza garantizando oportunidades de desarrollo, educación, trabajos dignos, acceso a la salud, así como generando espacios públicos de participación ciudadana.

Hoy nuestra sociedad está llamada a superar la estigmatización, a reconocer en el preso a Cristo y el amor de Dios en su vida. Porque no se puede hablar de un ajuste de deuda con la sociedad en una cárcel sin ventanas. Nadie puede cambiar su vida si no ve un horizonte. Y tantas veces estamos acostumbrados a tabicar las miras de nuestros reclusos.

La Iglesia, madre y maestra, debe aprender de los gestos de tantas madres que hacen cola para ver a sus hijos en las cárceles pasando verdaderas humillaciones. La Iglesia, siempre dispuesta y abierta a dar segundas oportunidades.



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