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Apariencia y verdad, por César Franco, obispo de Segovia

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Apariencia y verdad, por César Franco, obispo de Segovia

La crisis de interioridad, diagnosticada por el filósofo italiano Sciacca, ha llevado al hombre a vivir en la apariencia. No es actitud moderna, sino antigua, la de ponerse máscaras de aquello que deseamos ser y no lo somos. Las máscaras utilizadas en el teatro griego daban la apariencia de los estados de ánimo, actitudes y caracteres que se buscaba representar. El hombre es aficionado a «representar» ante los demás determinados papeles, en función de los valores sociales en auge, aunque su corazón esté muy lejos de vivirlos. Se vive en el reino de la apariencia, a la que se sacrifica tantas veces la verdad interior. Las extensas y frecuentes diatribas que Jesús mantiene con los fariseos, como la del evangelio de hoy, tienen su origen en la actitud hipócrita de vivir con la apariencia de justos y olvidar la rectitud interior, el corazón puro. Jesús retoma la crítica de Isaías, que dice: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is 19,13).

La enseñanza de Jesús se orienta a vivir la pureza del corazón, tan alejada de la pureza ritual cargada de preceptos sobre lavatorios de manos y utensilios, que eran meras tradiciones humanas. «Dejáis a un lado, dice Cristo, el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,8). El culto verdadero es lo más opuesto a la apariencia: es el culto en el espíritu y la verdad del que Jesús habla con la samaritana. Por eso, reprueba el hacer obras de culto —oración, limosna, ayuno— para ser vistos por los hombres. Y critica al fariseo que se alaba a sí mismo por cumplir la ley mientras desprecia al publicano con su juicio condenatorio. Al fariseo Simón, que se atreve a juzgar a Jesús por su actitud con la mujer pecadora, Cristo le echa en cara la frialdad con que le recibe en su casa, signo claro de una conciencia farisaica y autocomplaciente de quien cree deber poco a Dios.

            En el sermón de la montaña Jesús advierte a sus discípulos del peligro de quedarse en una «justicia» exterior, centrada en las obras que no nacen de un corazón puro. «Si vuestra justicia —dice Cristo— no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,29). ¿A qué justicia se refiere? Sin duda, a la que tiene como referencia el comportamiento mismo de Dios y que se sintetiza en esta máxima: «Sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). El hombre que aspira a ser justo debe mirarse en Dios, a quien llamamos Padre, y reflejar en sus obras su modo de ser, que es Verdad absoluta, ajena a toda apariencia. El peligro del hombre está en vivir de la apariencia religiosa, ponerse la máscara de justo, sin que el corazón se convierta a Dios. «No te fijes en la apariencia», dice Dios a Samuel cuando le pide que busque un rey para Israel; y añade: «El hombre mira la apariencia, Dios mira el corazón» (1Sm 16,7).

            En el salmo 50, la Iglesia nos enseña a pedir a Dios un corazón puro. Es el corazón que sólo Dios puede darnos, como dice Ezequiel, si dejamos que nos arranque el corazón de piedra. Este es el don de la alianza de Cristo: un corazón nuevo. El cristiano no debe temer la pérdida de la pureza interior por las cosas que vienen de fuera, puesto que toda la creación es obra de Dios, y, por tanto, buena. Debe temerse a sí mismo, cuando su corazón se tuerce, se encierra en sí mismo y pretende aparecer lo que no es, como hacían los hipócritas. La enseñanza de Jesús es clara: «Nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro… todas las maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7,23). Vivir en la verdad es humillarse y reconocer, con la oración del salmo, que sólo Dios puede crear en el hombre un corazón puro. ¡Quitarse la máscara de la apariencia!

+ César Franco

Obispo de Segovia     

 

 

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