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Anunciación y Encarnación, por Cristina Inogés

La anunciación a María es, ante todo, la fiesta de la Encarnación de Dios que comienza su vida humana en el seno de una mujer. Una mujer que está llamada a ser madre de Dios y, no lo olvidemos, discípula de su propio Hijo.

Cuando aconteció este hecho no hubo ni fiestas ni anuncios públicos; sucedió en un lugar tan escondido e insignificante que Nazareth no aparecía ni en el Antiguo Testamento. Todo contrario a la lógica humana. Todos los imposibles humanos son posibles para y desde Dios.

María, desde el instante en el que se supo habitada, se sintió madre y discípula de Dios porque, en el sí entregado tras un delicado discernimiento en conversación con Gabriel, comprendió que su maternidad supondría un agacharse -no como cualquier madre que se pone a la altura de su hijo para mirarle a los ojos- sino como la que se agacha porque su discipulado conlleva comportarse como el Hijo. Y el Hijo se agachó —se abajó— hasta hacerse uno de nosotros.

Contrariamente a otras mujeres descritas por su belleza en el Antiguo Testamento, de María no hay ni una sola palabra de su aspecto físico; la belleza de María hay que imaginarla, aunque no cuesta mucho al escuchar a Gabriel: «Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo» —que no deja de ser un guiño de Dios a la autoestima de María que estaría más que sorprendida—. Dios la ve como realmente es: Libre, valiente, decidida, sensata. Esa es su belleza.

Desde esa libertad, valentía, decisión y sensatez, María, aceptó la realidad que tenía que asumir desde la soledad, que es donde se toman realmente las grandes decisiones y, sin embargo, desde esa soledad supo que nunca estaría sola. En ese momento sabía seguro que compartiría su vida con ese Hijo que empezaba a crecer en sus entrañas; José, era todavía un interrogante. En ese momento no pudo imaginar que, años después, en el momento más doloroso y a los pies de la cruz, viviría una experiencia parecida -de labios de su propio Hijo- confiándole otros muchos hijos representados por el discípulo que tanto amó Jesús y que, en realidad, somos cada uno de nosotros. Otro sí incondicional, dicho desde el silencio clamoroso de la mirada llena de lágrimas. Otro «hágase» a corazón abierto contra la peor tempestad que una madre puede vivir.

Sin embargo, entre la Anunciación y esta otra experiencia, había un largo camino por recorrer junto su Hijo y junto a sus hijos. En estos momentos de incertidumbre y sufrimiento, María camina junto a sus hijos compartiendo dolor, sufrimiento y esperanza. Como madre que es está a nuestro lado: confinada en nuestras casas; desplazándose a los centros sanitarios; compartiendo servicio con todas las personas que siguen trabajando para que esta situación pueda ser, transitada y superada, de la mejor manera. María está ahí. En todo y con todos

Dios se dirigió a ella por su nombre —María— y nosotros, como si le hiciera falta más, nos apresuramos a llamarla Reina del Cielo, Torre de marfil, Casa de oro… Sin embargo, nos olvidamos llamarla María del Viernes Santo y, por qué no, María del Jueves Santo. Su sí abarcó todo, aceptó todo y vivió todo. Por eso la encontramos en Pentecostés —aunque el Espíritu ya estaba en ella desde la Anunciación— pero no le importa; es discípula y está en medio de la comunidad naciente, donde toca estar porque así lo asumió en el encuentro con Gabriel.

María, Madre e hija; María del Proceso, porque así viviste tu fe y tu esperanza; María del Sí, la mujer no silenciosa cuyo eco resuena en la vida de todo creyente; María del Camino, que caminas junto a nosotros; María de la Alegría, que nos regalaste la mejor noticia; María de la Anunciación que hiciste posible la Encarnación y, en este momento más que nunca, María de la de la Salud y María de la Esperanza.

Cristina Inogés Sanz

 

 

 

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