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Rincón Litúrgico

Anunciación del Señor

Anunciación del Señor

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/4) Pablo VI, Exh. Ap. Marialis cultus 2-2-1974, n. 6 (ge sp fr en it lt po): «(…) Para la solemnidad de la Encarnación del Verbo, en el Calendario Romano, con decisión motivada, se ha restablecido la antigua denominación –Anunciación del Señor–, pero la celebración era y es una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: del Verbo que se hace “hijo de María” (Mc 6, 3), y de la Virgen que se convierte en Madre de Dios.

Con relación a Cristo, el Oriente y el Occidente, en las inagotables riquezas de sus Liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del “fiat” salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: “He aquí que vengo (…) para cumplir, oh Dios, tu voluntad” (cf Hb 10, 7; Sal 39, 8-9); como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, Virgen fiel y obediente, que con su “fiat” generoso (cf Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu Santo, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf 1Tm 2, 5), en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso al plan de la redención».

(2/4) Juan Pablo II, Homilía 8-12-1988 (it): «1. “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28). La Virgen escucha en el pueblecito de Nazaret las palabras de saludo del ángel. Y experimenta una profunda emoción: “Se turbó”; y al mismo tiempo su mente se abre: “¿Qué sentido tenían aquellas palabras?” (cf Lc 1, 29). Dios le habla de su eterno misterio. Le dice que es Padre, y esta paternidad, que es Dios mismo, se manifiesta admirablemente en el Hijo. El Hijo de la misma naturaleza del Padre y él mismo Dios. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado. ¡Sí! Engendrado y continuamente generado desde la eternidad en la unidad de la Divinidad. En la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu-Amor.

2. En el pueblecito de Galilea Dios mismo visita, mediante el mensajero, a la Virgen. Y le habla de su eterno misterio. Comparte con ella, con su humilde esclava el misterio de sus eternos designios. Son estos los designios del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: en la unidad de la Divinidad, que es Amor. Dios, que es Amor, abraza a toda la creación, visible e invisible. El Amor, que es el Existir de Dios, el “Ser” de la Trinidad “ayer, hoy y siempre” (cf Hb 13, 8), se concentra sobre el hombre, desea hacerle partícipe gratuitamente de su Vida, de su Naturaleza, de la Divinidad misma. Y he aquí que en el camino de tal don se encuentra ella: la “llena de gracia”. En ella el corazón de una criatura y la historia de un ser humano llegan a ser la primera morada del Emmanuel: “El Señor es contigo” (Lc 1, 28). “Bendita tú entre las mujeres” (Lc 1, 42).

3. María escucha las palabras de saludo del ángel, y junto a María escucha estas palabras toda la creación, la humanidad entera. Precisamente en esas palabras se trata de la causa del hombre. “Concebirás en el seno y darás a luz un Hijo” (Lc 1, 31). De la mujer nace el hombre. Ella lo concibe; lo lleva bajo su corazón; lo da a luz. María, siendo virgen y permaneciendo virgen, debe realizar la misma experiencia: debe llegar a ser Madre. “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?… El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, superveniet in te” (Lc 1, 34-35).

4. El Espíritu Santo. Aquel que es el Amor increado. Consustancial al Padre y al Hijo. ¡Precisamente él! Es propio de él, que es Amor, realizar el misterio del nacimiento humano del Hijo de Dios: de aquel que, siendo de la misma naturaleza del Padre, nace desde la eternidad en la Unidad de la Divinidad. Tú, María, preguntas “cómo será eso”. Esto no puede realizarse “ni de amor carnal, ni de amor humano” (cf Jn 1, 13), sino de Dios. Solo de Dios puede nacer aquel que será “llamado santo, Hijo de Dios” (cf Lc 1, 35). “El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 34s). Solo de esta potencia, que es Amor, puede nacer aquel que, siendo Dios, será también hombre; aquel que, siendo hombre, será también Hijo de Dios. ¡Hijo tuyo, María! ¡No temas!».

Las dos Audiencias que siguen son muy profundas en contenido.

(3/4) Juan Pablo II, Audiencia general 25-3-1981 (sp it po)

(4/4) Juan Pablo II, Audiencia general 23-3-1983 (sp it)



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