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Antonio España, provincial de la Compañía de Jesús: «A veces, parece que en la Iglesia nos situamos como buenos y malos»

Para hablar de las celebraciones de este año ignaciano, su significado y profundidad, Pablo Martín Ibáñez ha hablado con  Antonio España, provincial de la Compañía de Jesús en España desde el año 2017.

—La fragilidad es uno de los grandes temas de estos tiempos que se puede vincular de manera muy clara a la celebración de la conversión de Ignacio (la herida y la enfermedad). ¿Qué diría San Ignacio sobre este año de pandemia y todo lo que hemos vivido? ¿Cuál es el mensaje fundamental?

—La fragilidad es parte de la condición humana, de la condición del cristiano. Parece que ser cristiano supone tener en la memoria las normas fundamentales de la vida y de la moral y cumplirlas a rajatabla. Es la imagen social dominante, nos guste o no. Sin embargo, ser cristiano es un camino que se hace en días buenos y malos, en días de más ilusión y de más oscuridad. Nuestra fragilidad parte de ser «vasijas de barro» cargadas de la potencialidad de la gracia de Dios.

Esta pandemia, como otras pandemias del tiempo de Ignacio en el siglo XVI (fiebre amarilla, peste, gripe…) nos sitúan ante una realidad corporal frágil y vulnerable junto con un soporte espiritual que está en descubrimiento, en búsqueda de sentido y en capacidad de asombro ante el misterio de Dios. La conocida «conversión» de San Ignacio fue un cambio diametral en su vida desde ser un cristiano como los demás de su casa natal de Loyola o de la nobleza de Arévalo o Nájera, a ser un cristiano en una peregrinación para hacer presente a Dios en su vida, al modo de Jesucristo. La verdadera experiencia de Ignacio es que podemos cambiar, más de lo que creemos o pensamos, e incluso más de lo que los demás esperan de nosotros. Hay esperanza cuando se toma la vida en profundidad y desde la vulnerabilidad que sintió tras la herida de Pamplona.

Cuando una persona hace Ejercicios de San Ignacio puede quedarse con elementos del método, del mensaje que lleva, de las horas de oración… Tantas veces, pensamos que «hacer Ejercicios» nos hace mejores, más santos, más perfectos. Lo que los Ejercicios ayudan es a poner la mirada en el camino, en los cruces que nos aparecen, en las fronteras y en el mundo en que vivimos para encontrar a Dios cada día y de forma siempre diferente, nueva, creativa y atrayente. Lo fundamental es que conecta con nuestro ser como criaturas vulnerables que somos profundamente amados y aceptados por Dios para llevar a cabo una misión para los demás.

—Si pudiera señalar tres heridas de la España de hoy en la que la Compañía de Jesús puede aportar sanación, ¿cuáles serían y por qué?

—Se podrían señalar muchas. Pero tomando solo tres heridas, diría las siguientes. La creciente dificultad al diálogo y la escucha lleva a no encontrarnos unidos en elementos básicos como el papel del Estado, la seguridad social, las cuestiones territoriales, la educación de calidad para todos, la diversidad creciente de nuestra sociedad en ideología, orientación sexual o pensamiento ético; o la solución a la crisis medioambiental. Esta dificultad encuentra la salida fácil en el recurso constante a la discusión paralizante frente al diálogo que pueden aportar soluciones para el bien común. Como dice Ignacio, es ser «más pronto a salvar la proposición del prójimo que condenarla». Otra herida, la segunda, es el aislamiento social y la defensividad social, en concreto, en el campo de las relaciones personales. Vivimos más individualistas, sin experiencia de comunidad cercana y profunda. Los demás son amenaza, sean vecinos, compañeros de trabajo, conciudadanos o sean migrantes que vienen a nuestro país jugándose la vida. Como dice este filósofo, Byun Chul Han, más que grupos vinculados, nuestra sociedad es un enjambre donde cada uno busca cómo sobrevivir sin pensar en la relación con el entorno y las posibilidades de cooperación que tenemos. Por último, otra herida, la tercera, es la de la interioridad y la espiritualidad. En la sociedad hay sed de sentido, de paz, de integración con la naturaleza y con el cosmos. Sin embargo, son formas pasajeras y vinculadas más al bienestar psicológico que a la búsqueda transcendente que ha iluminado la historia de la Humanidad, con errores y logros desde diversas tradiciones religiosas. La herida es ver que la riqueza de las espiritualidades cristianas no se reconoce en su novedad y en sus desafíos al modo de vivir de hoy, más agitado, superficial y deshumanizado.

—¿Y de la Iglesia española?

—La verdad es que es difícil. La Iglesia española se encuentra con la herida de la irrelevancia social creciente y la contestación desde muchos lugares de su planteamiento moral y doctrinal. La Iglesia está de distintas maneras en la sociedad y no logra transmitir eficazmente la aportación social, cultural y educativa que ofrece de forma altruista y que es enormemente rica, variada y profunda desde creyentes comprometidos de forma individual a instituciones eclesiales. También se podría añadir la herida de aceptar dentro de la Iglesia y fuera una pluralidad creyente no polarizada. A veces, parece que en la Iglesia nos situamos como buenos y malos, derecha e izquierda, progresistas o conservadores, y no acogemos la sana multiplicidad que puede existir desde la misma y única fe. Otra herida de la Iglesia es la de no saber cómo transmitir el Evangelio hoy de forma adaptada y creativa. Necesitaríamos más imaginación para poder llevar un mensaje que da esperanza, amor y confianza ante los retos de la Humanidad. Superar esa herida es la invitación constante del Papa Francisco a llevar la alegría del Evangelio.

—¿Qué le diría usted a los jesuitas de España en este año?

—Principalmente, les he ido diciendo la importancia de volver la mirada a lo profundo de la experiencia religiosa, a la importancia de seguir apostando por un modo de vida desde Dios y no desde la acción o la imagen social. Nuestro documento fundacional, la Fórmula del Instituto, dice a cada jesuita: «Procure, mientras viviere, poner delante de sus ojos ante todo a Dios, y luego el modo de ser de este su Instituto, que es camino para ir a Él». Por tanto, volver a Dios con más fuerza. Lo segundo es expresar con más energía y entusiasmo lo que significa la vida religiosa en la Compañía de Jesús: entrega a Dios, vida comunitaria, acción apostólica en equilibrio con la contemplación desde los variados apostolados de la Compañía en la pastoral (especialmente los Ejercicios), el campo social, universitario o educativo… y tantos otros en los que tratamos de estar.

—¿Y a los laicos ignacianos?

—Bueno, a los laicos ignacianos agradecer toda la colaboración que nos prestan desde las obras apostólicas que llevamos, la cantidad de voluntariado que mantienen y la vinculación a lo ignaciano que viven como antiguos alumnos, miembros de comunidades o trabajadores en diversos puestos misionales. Gracias a ellos, sigue en pie la misión en tantos lugares y gracias a ellos nos ayudamos a conocer de forma más profunda el carisma ignaciano, que recordemos que nace germinalmente en Loyola y Manresa de un laico, Iñigo de Loyola, que se pone en camino hacia lo que Dios le pide para su vida. Junto con ellos y ellas, nos queda camino y misión por recorrer como compañeros y compañeras en la misión, con vínculos variados y diversos según personas, tiempos y lugares.

—El mensaje de Ignacio de Loyola es aún hoy, después de 500 años, de gran actualidad. ¿Qué aspectos del carisma ignaciano cree que debería revisitar la Compañía de Jesús este año?

—Últimamente, la Compañía se ve a sí misma desde el discernimiento en común, el trabajo en red y la colaboración. El discernimiento en común que parte de los Ejercicios de San Ignacio se puede desarrollar todavía más en formas de diálogo espiritual profundo para la toma de decisiones. Esto nos obliga a dejar los monólogos, las discusiones o debates para abrirnos a la escucha de los demás y del Espíritu de Dios que sigue comunicándose hoy. El trabajo en red es una nueva mentalidad donde nos obliga a tener una visión amplia y global para afrontar los problemas que nos encontramos. Ahora no podemos hacer las cosas desde nuestro pequeño lugar de trabajo como si viviéramos incomunicados. Tenemos que ver cómo crecer en relaciones que nos hagan multiplicar el trabajo que hacemos y nos ahorren tiempo gracias al trabajo conjuntado en fines comunes. Esos fines se han expresado en las Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía: espiritualidad, desfavorecidos, jóvenes y ecología. La colaboración con otros, dentro y fuera de instituciones eclesiales o jesuitas, nos invita a no mirarnos como poseedores de la verdad sino buscadores de lo que Dios puede estar susurrando a la Humanidad. La colaboración es una forma de escucha activa y una manera de combatir el clericalismo que tanto bloquea nuestra Iglesia.

—¿Qué espera la Compañía y qué frutos querrían sacar de este año?

—Principalmente, dar a conocer el dinamismo de la espiritualidad ignaciana como camino que nos abre individualmente a una experiencia profunda de Dios, que es paz, reconciliación, integración e invitación para un futuro mejor. Creo que la sociedad de hoy necesita algo que Ignacio llevó para su tiempo: personalizar la experiencia inmediata de Dios y animar a encarnar hoy la misión de Jesucristo, especialmente, por el caudal liberador y humanizador que tiene su propuesta. Desde esa espiritualidad, el desarrollo humano puede encontrar propuestas creativas y esperanzadoras para el mundo, especialmente las víctimas, los desheredados, los jóvenes y nuestro Planeta amenazado. Siempre en Ignacio es tratar de llegar a lo mejor del ser humano desde la contemplación a la acción, desde el propio ser reconciliado al desarrollo de estructuras sociales, políticas y económicas más justas.



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