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Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: Custodios de la verdad

«Para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos». Así se expresaba el Papa Francisco en su mensaje con motivo de la 52° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que se celebra este 24 de mayo. Este mensaje, de plena actualidad, se hizo público el 24 de enero, festividad de san Francisco de Sales, patrón de los periodistas. En el texto el Papa animaba a los comunicadores a retornar a la esencia de su profesión, y más aún, volver a su «misión» de ser «custodios de las noticias» para buscar soluciones alternativas a «escalada del clamor y de la violencia verbal». En ese momento nada sabíamos de posibles pandemias o lo que conocíamos nos quedaba tan lejos que nunca pensamos que estas palabras del Santo Padre cobrarían tanto sentido unas semanas más tarde, en mitad de la crisis del COVID-19 y su relación con los medios de comunicación.
Y es que a medida que el coronavirus ha alcanzado a casi todos los países del planeta, una circulación masiva de información falsa se ha extendido tan rápido como el propio virus. Estas fake news han contribuido a sembrar el caos informativo en las sociedades que están sobreviviendo a la pandemia. Esta «desinformación» se ha convertido también en una «segunda enfermedad». Por eso, el Periodismo, el de verdad, es clave para proporcionar información fidedigna para combatir los mitos y rumores.
Frente a la creciente demanda por información verificada, los medios independientes han estado a la altura del desafío. La crisis actual ha puesto de manifiesto la importancia de los medios de comunicación y del acceso a información de calidad. Estos medios constituyen una fuente fidedigna clave, así como el ejercicio del Periodismo profesional, también en redes sociales, el de los datos comprobados, que ha ayudado a desenmascarar las falsedades. De hecho, muchos medios de comunicación han decidido eliminar sus requisitos de pago y proporcionar, en nombre del interés público, una cobertura gratuita de la pandemia.

¿Libertad de prensa?

Con los ciudadanos confinados en sus casas sin poder moverse libremente bajo la declaración del estado de alarma, se han desatado las alertas de las organizaciones que velan por el respeto de las libertades, que ven como, en aras de la protección ciudadana, se podrían cercenar derechos como los que recoge el artículo 19 sobre la libertad de expresión de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
A los medios de comunicación les corresponde informar, pero también serenar y tranquilizar a la opinión pública. Montserrat Lluis Serret, subdirectora general del Grupo COPE, advierte de que «no es la hora de alarmar ni de confrontar en un momento en el que España debe estar unida para sumar fuerzas y moral, pero sí es deber de los medios exigir la verdad para poder contarla. Cualquier intento de control de la prensa constituye un ataque a los derechos y libertades de las personas que no justifica un estado de alarma. Cualquier centímetro robado a la libertad de expresión constituye un retroceso democrático que ningún Gobierno debería permitirse por responsabilidad, integridad y sentido de la Historia».
«A la generación a la que yo pertenezco la libertad de prensa se nos entregó como una especie de tópico al nacer. No tuvimos que pelear por ella pues esa fue una batalla que tuvieron que ganar las generaciones anteriores. Llegamos al mundo y ya nos esperaba ahí, dispuesta a que hiciéramos uso de ella sin llegar siquiera a imaginar que alguna vez nos pudiera ser arrebatada». Así lo expresa Juan Pablo Polvorinos, director de informativos de ESRadio, que afirma que «la responsabilidad por tanto es, si cabe, aún mayor que cuando el Periodismo se ejercía en este país bajo el manto de un sistema opresor puesto que es obligación del informador proteger el legado que se nos ha entregado. Ser periodista en democracia te obliga todos los días a estar a la altura, a ejercer un pensamiento crítico y a levantar la voz siempre que el poder amaga con poner en peligro aquello por lo que otros incluso perdieron la vida».
Nuestro compromiso por informar se funde con las palabras del Papa en su mensaje que nos vuelve a iluminar en este punto para advertir que la libertad de comunicar no puede basarse «en estrategias». Nuestra misión debe partir de las personas, «personas que permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje que respete la esencia de su oficio». Somos, en palabras de Francisco, «los verdaderos y propios garantes de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz».

¿Qué ha pasado en España?

El periodista tampoco lo ha tenido fácil en nuestro país. Los medios de comunicación se han enfrentado desde hace semanas a la tarea de informar sobre el COVID-19 en condiciones de trabajo excepcionales. A los escollos intrínsecos a la profesión, como las trabas para acceder a cierta información, ahora se suma la descomposición del centro de trabajo, la distancia social, la carga psicológica de la enfermedad y el miedo al contagio y a contagiar.
Adela Molina es periodista en la Cadena SER: «Trabajar durante estas semanas de confinamiento y pandemia está siendo difícil. La sucesión de noticias trágicas se hace dura y a nosotros, aunque seamos profesionales, también nos afecta la incertidumbre, el miedo y el dolor que está suponiendo. Además, el trabajo a distancia es un auténtico reto. Mientras escribo esto estoy en mi salón en pijama con mi hijo pequeño jugando al móvil y el mayor desde su cuarto preguntándome a gritos si le puedo echar una mano con un ejercicio de inglés. Mientras, pienso en las crónicas que tendré que hacer hoy, las llamadas pendientes y en el tema que tengo que rematar para el fin de semana, planeo la comida del día, me recuerdo que tengo que recoger la casa antes de las once para que me dé tiempo a todo y que habrá que ir a la compra a mediodía porque no hay otro momento».
Mientras el coronavirus ha obligado a paralizar la mayor parte de los sectores, los medios de comunicación, en cambio, no se han detenido. El trabajo informativo fue considerado desde el primer momento como «actividad esencial».
Así nos explica la subdirectora general del Grupo COPE: «Ante la incertidumbre que trajo consigo un virus desconocido e incontrolado como el COVID-19, los ciudadanos han buscado respuestas, información y certezas en los medios de comunicación». Con la certeza de que la información es esencial, Montserrat Lluis indica «los meses de marzo y abril de 2020 pasarán a la historia por la peor de las pandemias del último siglo, pero también por marcar récords de audiencia en consumo de televisión, de radio o de plataformas digitales. Una demanda de contenidos periodísticos a la que las redacciones hemos tenido que responder a la vez que aprendíamos a hacer programas de radio desde casa o entrevistas de televisión por Skype». En apenas una semana, COPE habilitó líneas de comunicación en los domicilios de todos sus comunicadores, «así como sistemas de teletrabajo que no solo han permitido continuar con la programación habitual, sino reforzarla para atender a la bullente actualidad». Por su parte, en TRECE, «se reorganizaron los equipos para minimizar su presencia en los estudios de televisión, a la vez que se ampliaron las ventanas informativas para la última hora y, sobre todo, la programación religiosa en un momento de suspensión de las celebraciones de la fe en comunidad».
Este esfuerzo realizado en este tiempo por los medios de comunicación rigurosos y comprometidos con la verdad y la información ha tenido su reconocimiento también por parte de la Iglesia, donde los obispos miembros de la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) quisieron agradecer la labor de los profesionales de la comunicación en este tiempo de pandemia. En su mensaje destacaban que los periodistas «tienen que narrar el drama mortal de esta pandemia y a la vez los ejemplos esperanzadores de entrega y solidaridad que se dan en abundancia en nuestra sociedad». En estos momentos difíciles, escribieron los obispos, «los medios de comunicación nos permiten conocer lo que está ocurriendo con todos sus matices y sus complejidades». Además, concluyeron, «difunden las indicaciones que señalan las autoridades competentes y ayudan a desmentir las noticias falsas y los bulos que pueden angustiar o hacer caer en la desesperación o el desorden, algo esencial para una sociedad que ama la libertad y la verdad».

Información es poder

El autor americano Paul Coleman escribe en su último ensayo, La censura maquillada, «que la libertad de expresión no vive su mejor momento, ni en España ni en otros países del mundo. Y no solo a consecuencia de la crisis del coronavirus». Según el autor, los «discursos del odio» están provocando flagrantes ataques a la libertad de expresión por la vía de la imposición «aparentemente democrática» de una única visión de las cosas marcada por lo políticamente correcto.
Hemos vivido en nuestro país unas semanas de conflicto informativo que nos ha hecho repensarnos muchos aspectos de nuestra profesión periodística.
La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) publicó el pasado 3 de mayo un manifiesto en el que instaba a gobiernos y políticos a poner fin a las presiones que sufre la libertad de prensa. En el texto pedían al Gobierno «comprometerse en la defensa y protección del Periodismo, en un momento en que la pandemia del coronavirus coloca la función de los periodistas como un bien público esencial para garantizar el derecho de los ciudadanos a la información».
Y es que desde el inicio del estado de alarma, el sistema de ruedas de prensa organizadas por la Secretaría de Estado de Comunicación ha dejado mucho que desear en lo que respecta a la facilidad de los medios para ejercer su profesión. Aprovechando que las ruedas de prensa del Gobierno no podían tener periodistas presencialmente, los profesionales alegaron que «las preguntas que se enviaban eran filtradas». La protesta comenzó por algunos periódicos y digitales, que firmaron un manifiesto, pero no por las grandes cadenas de televisión señaladas por haber recibido una subvención de 15 millones de euros. Aunque con lentitud, se fueron sumando y obligaron al Gobierno a rectificar, pero solo en parte: «El plante de la mayor parte de los medios forzó al Ejecutivo a cambiar la fórmula de comparecencias, hacia otra con preguntas en directo, sí, pero en la que se logra minimizar a la prensa incómoda y más influyente mediante la incorporación de toda suerte de experimentos periodísticos que se hacen llamar medios digitales. No parece lógico que un medio online de un pueblo de un centenar de habitantes haya preguntado más veces al Gobierno de Sánchez que ABC, El Mundo o COPE», destaca Montserrat Lluis.
«Bajo una políticamente correcta imagen de igualación de medios, tan políticamente correcta y simplista como lo es hablar de los trabajadores y trabajadoras de España, Presidencia trata igual a los medios que representan a 25 millones de españoles que a los que solo siguen unos pocos miles», expresa, destacando que «tampoco parece demasiado considerado con la libertad de información el conceder subvenciones o ayudas públicas a la televisión y no hacerlo con los periódicos o la radio».
¿Y cuál será la razón? La periodista también se pregunta: «¿Se pretende con ello ayudar al desempeño de la labor informativa en un momento de desplome de la publicidad o controlar las imágenes que entran en vena en los hogares confinados frente a un televisor? En un país en el que, este mes, la mitad de los trabajadores cobrará del Estado, merece una reflexión que para la radio, los diarios o la prensa digital, servicios esenciales, no haya consignado todavía un euro. El Periodismo requiere independencia y autonomía económica para su escrupuloso desempeño, y ninguna autoridad debería sucumbir a la tentación de aprovechar la debilidad del momento para inclinar voluntades».
En esta misma línea se sitúa Juan Pablo Polvorinos: «Si en España muchos colocan al Periodismo como una de las profesiones peor vistas es porque también habitan en este gremio quienes la entienden como un mero intercambio, como una forma de obtener el beneplácito de quienes nos gobiernan a cambio de un silencio cómplice. Durante esta pandemia y el estado de alarma los políticos han hecho lo que siempre se ha esperado de ellos: intentar poner a la prensa a su servicio y ocultar la información relevante que pudiera erosionar su gestión. La prensa también ha hecho lo que cabía esperar de ella, (salvo algunas excepciones) se ha rebelado contra la ausencia de periodistas en las ruedas de prensa y ha publicado aquellas informaciones que el poder pretendía ocultar».

¿Censura contra los medios?

En este ambiente, los medios de comunicación se hicieron eco de que la Guardia Civil había pedido a sus agentes identificar bulos que generasen desafección a instituciones del Gobierno. La instrucción estaba firmada por el general Santiago Marín, segundo jefe del Estado Mayor del Mando, que cuatro días después levantó enormes suspicacias entre la opinión pública al expresar que «se intentaba minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno». Fue el propio Ejecutivo el que afirmó que se trataba de «buscar la necesidad de proteger a la ciudadanía de mensajes falsos».
Ante situaciones como esta, el director de informativos de EsRadio profundiza y destaca que «no deja de resultar contradictorio que durante esta pandemia la opinión pública española se ha convertido en la más desinformada del mundo, a pesar de que seamos el país donde más ruedas de prensa se celebran y más comparecencias realizan nuestros ministros. Todas y cada una de las preguntas que se realizan son respondidas con largas exposiciones donde lejos de haber precisión, existe una sobreabundancia de hechos constatados, una maraña de frases hechas y circunloquios con los que se pretende dar la impresión de que se ha aportado algo de luz. Este juego de los espejos al que somete el gobierno a la opinión pública pone en peligro la libertad de prensa. Se identifican los bulos con la crítica contrastada».
El propio presidente del CIS, José Félix Tezanos, tuvo que explicar la polémica que suscitó la pregunta del último barómetro que se refería a los bulos: si la gente cree que habría que prohibirlos y primar la información de fuentes oficiales. La cuestión ha sido objeto de crítica, ya que algunos opinan que, de manera encubierta, el CIS planteaba una especie de censura contra los medios de comunicación.
Los profesionales de la información en nuestro país también estamos cuestionados. Nuestra función es buscar, preguntar, encontrar y contar los hechos que los ciudadanos deben saber. «Que haya sido un periodista extranjero, de la CNN, quien haya preguntado al presidente del Gobierno por un estudio que el mandatario citaba pero que no existía, no nos ha dejado en absoluto en buen lugar», explica Polvorinos.

Humanizar la crisis

El Papa insistía en el mensaje del que hablábamos al principio de este reportaje en potenciar una narración humana, «pero lo que hemos encontrado ha sido una narración absolutamente deshumanizada». Pedro J. Rabadán, periodista en Telemadrid y doctor en Comunicación, denuncia que «no hay nada más inhumano que convertir a las personas que han fallecido por el coronavirus en una simple y fría cifra; no hay nada mas desalentador que representar el sufrimiento de esas personas con una curva». A lo largo de la pandemia no se ha hablado de vidas, «se habla de tendencias». Hemos constatado que en muchas televisiones «se ha ocultado deliberadamente el sufrimiento, cuando es parte intrínseca de la vida. Algunos lo han hecho con una, a mi juicio, errónea buena intención, para no desanimar a los espectadores. Se ponía el esfuerzo en mostrar solamente aplausos y actividades felices durante el confinamiento, pero nada de historias reales que relatasen la dura situación de estos días. Si la información no es humana, no es información, y como dice el Papa, “se despoja al hombre de su dignidad”».
Es fundamental, destaca Pedro Rabadán, poner empeño «en humanizar la información, en recordar que cada muerto es una persona, con una familia y una historia detrás. Como dice el Evangelio, recordar que Dios llama a cada uno por su nombre».
Durante esta pandemia ha sido difícil tejer historias verdaderas que informen y que transformen. «Junto a mí hay periodistas que ponen su corazón y su talento en esta noble labor, enfrentándose con valentía a los males antes descritos. Es motivo de esperanza leer esos artículos, escuchar sus crónicas o ver sus piezas informativas, floreciendo como rosas en medio de la zarza. El bien que hacen deja en su segundo plano la maraña».
Esa cara de la moneda también la hemos encontrado en medios, a priori, «no afines» a la Iglesia, que en los primeros momentos de la pandemia, pareció «ser escondida» en las noticias de los informativos generalistas. Adela Molina recuerda que en la Cadena SER «hemos narrado la labor de Cáritas y cómo se han disparado las peticiones de ayuda, las enormes colas frente a los comedores sociales, el trabajo con las víctimas de Trata o las denuncias por la situación de las personas sin hogar o los inmigrantes». «Ahora que la crisis sanitaria parece encarrilada, con todas las cautelas, nuestro foco principal —según indica— está en las consecuencias sociales y la crisis económica. Un trabajo en el que esperamos seguir contando con la labor social de la Iglesia y de su denuncia sobre el sufrimiento de los más vulnerables».
También ha trabajado en esta línea Mar Rey, periodista de La Sexta, que destaca que en el plano de la información social el trabajo «ha sido y sigue siendo fundamental» y se ha podido realizar «con absoluta libertad». El trabajo a pie de calle (Mar lleva sin pisar la redacción más de dos meses) ha hecho que los medios puedan informar de una realidad social que a veces «se ha quedado por debajo de la sanitaria, que ha sido la más urgente». Pero esta crisis social es importante y «ha estado desde el mismo día en que se cerraron los negocios y nos confinaron. Es la realidad de muchas personas que se han quedado sin trabajo y que vivían de la economía sumergida y que ahora no tienen derecho a ERTEs». A través de este trabajo «hemos puesto rostro a las historias de los que sufren pero también de los que ayudan. Hemos trabajado con Cáritas, hemos visto la ayuda y las colas de gente en las parroquias. No es cierto que la Iglesia haya estado ausente».
El propio Papa Francisco también ha ahondado en estas lecciones que ha traído la pandemia y que nos van a seguir acompañando después de esta crisis. Efectivamente, ha recalcado que el COVID-19 no solo dejará una huella sanitaria, sino también cultural, económica y social. «Nadie se salva solo», lo ha repetido en inumerables ocasiones a lo largo de esta crisis y nos ha invitado a tomar las riendas del planeta para ser «artífices y protagonistas de una historia común y así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo». Por eso es el momento de ser «instrumentos de verdad», tal y como nos ha pedido el Pontífice recientemente en una de sus homilías diarias en Santa Marta. La historia no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual. «Después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina», dice el Papa.
Nuestra sociedad se merece relatos que estén a su altura, a esa altura vertiginosa y fascinante a la que Jesús la elevó. Tomemos el testigo, tejamos historias que nos acerquen a los protagonistas, a nuestros hermanos y hermanas, actores a nuestro lado de la historia de hoy. Historias que saquen a la luz lo que somos pese a las dificultades que nos encontremos en el camino para hacerlo. Que trabajemos e informemos con una única fuerza que nos da valentía, la de la verdad y la del amor.

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