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Pandemia emocional
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Ante la pandemia emocional: ¿Cómo estás?

De esta forma os hacíamos la pregunta desde nuestra última portada. ¿Cómo estás?. El periodista Carlos González escribe un reportaje sobre la angustia y la tristeza que se apodera de nosotros en tantos momentos de este tiempo raro al que ya no llamamos «nueva normalidad».

La covid-19 va dejando —a su paso— un rastro de angustias sin vestir, de lamentos hechos a base de jirones y de sentimientos encontrados a los que no alcanzamos a poner nombre. Con el corazón al desnudo, en estos tiempos de soledad despoblada y de miradas varadas en tierra de nadie, se hace esencial (y también urgente) cuidar la mente y el espíritu para dejar al corazón descansar en paz.

«Hoy siento la carga de los días como si me desentendiera de mí mismo, como una parálisis del alma. Te prometo, hermano, que me duele hasta la fe». Son las últimas palabras de César Cid antes de entrar al coche que le conducirá un viernes más a su casa. Está exhausto. Casi derrotado. Le cuesta, incluso, hablar sin dejarse vencer por la emoción que regalan los días más cargados de Cuaresma. «Tras muchas tardes de sombra, empapado en las lágrimas de mis hermanos, me siento sin fuerzas», me confiesa, con los párpados cansados.

Sin embargo, después de la catarsis inicial, de hablarme de Miguel, de Mercedes, de Mariano, de Pili, de Dolores y de Carmen (enfermos que visitó esta misma mañana), este diácono especialista en duelo y asesor espiritual en la Clínica Hestia de Madrid, deja sus responsabilidades a un lado y sitúa en el desván de mi confianza lo más importante que le queda: «Hoy no siento a mi lado al Señor, y me da miedo; y me paraliza sentir que no le encuentro…».

«Ayuda mucho sentirse en comunión y, por supuesto, amado»

El primer paso hacia el amor, intuyo, debe hacerse a fuego lento; como un barco al navegar bajo la niebla, como escriben los poemas quienes más saben de Dios. Pero, para conseguir dar ese paso, es necesario parar, despertar del letargo y preguntarle al corazón cómo ha descansado esta noche. La pandemia que hoy paraliza hasta nuestro vivir ha elevado el estrés de la población al 90%. Según los expertos, entre las muchas patologías que se han visto agravadas, esta enfermedad ha visto aumentar sobremanera los trastornos mentales. Y se nos olvida que sin salud mental, sin bienestar emocional, no hay salud suficiente con la que pasar el resto de la vida…
«César, ¿quizá se nos olvida que, tras la helada inicial, ahora comienza el tiempo del deshielo?», le pregunto al experto en cuidados paliativos, una vez que ha conseguido soltar parte del lastre que le asfixiaba. «Es cierto que, poco a poco, veremos cómo ha influido este estado social enlas personas. Estamos ante un problema común al mundo entero, y pocas veces hemos podido asistir a algo igual. Las sociedades han evolucionado respecto a pandemias históricas del pasado, y esto es bueno. Sin embargo, la caja se ha destapado y ahora afloran los sentimientos prevalentes: miedo, impotencia, indefensión, desconfianza…».
Y, ante un escenario así, «¿qué nos queda? ¿Qué podemos hacer?», insisto, buscando en la inmensidad de sus palabras algún atisbo de consuelo. Y mientras él calla, y medita, y ora, pienso que la clave está en reconocer nuestra vulnerabilidad, la necesidad del otro, la importancia de los vínculos, y en no ser víctimas del entorno, sino generadores de un modo responsable de atravesar la adversidad. Juntos. En la orilla o en alta mar. Pero de la mano. «¿Sabes?», confiesa, de repente, «la fe te invita a buscar el sentido de lo que ocurre, y Dios te lo proporciona. Ayuda mucho sentirse en comunión y, por supuesto, amado».

«Yo no visito a los enfermos por su fe, los visito por la mía»

Otra vez brota la palabra «amor» sobre el claro emocional que andamos buscando. Y, en el corazón de ese desierto, resucita de nuevo Dios. «¿Qué pinta Dios en todo esto y, por añadidura, en tu labor?», le interpelo, a la vez que intuyo —en su mirada y en su gesto desprendido— que Aquel que le sostiene sublima el sufrimiento en su donación. «Dios pinta de luz nuestras tinieblas. Más allá de la metáfora, da sentido a mi fe y a mi vocación. Acredita en mí su compromiso sin juzgarme, dándome cada día una nueva oportunidad», revela emocionado César, porque, aunque a veces se descubra vagando a la intemperie y no alcance a vislumbrar al Señor, no deja de buscarle en cada rostro por acompañar…
«Al final, todo merece la pena —me comenta, mientras sonríe—. Yo no visito a los enfermos por su fe, los visito por la mía. Porque Jesús nunca rechazó a nadie. ¿Acaso no sientes cómo sales de ti cuando amas de verdad? ¿Serías capaz de pensar en ti mismo en ese momento? El estado más alto del hombre que conoce a Dios es la donación de sí mismo, la entrega desinteresada».
Un alma, el del diácono, que siente a través de voces prestadas, que son las personas que le completan, le definen y le construyen. Y que se sigue emocionando al abrir el viejo sagrario de la clínica que, cada mañana, humaniza su existencia. Me lo recuerda antes de despedirnos, con su cansancio mucho menos pesado que al principio, porque acompañar y dejarse hacerlo en estos momentos tan dolorosos sostiene y produce el milagro de renacer. Y este hermano que tan solo quiere ser una astilla pequeñita en la barca de Cristo y en la gente que se va de este mundo, vuelve a ese tesoro tras cada noche de tormenta: «Acompañar al Señor es una forma de superar la muerte y de obtener la verdadera liberación. Para los cansados y abatidos, os prometo que hay esperanza. Mientras, aprovechad cada minuto con vuestros seres queridos y desgastaos y consolaos amando. Entre tanto, Dios asomará en vuestras vidas como el Padre bueno que es».

Recuperar el pasado y planificar un mundo nuevo

La salud tiene mucho que ver con el modo en que gestionamos los pensamientos y sentimientos. Y ahora tenemos el desafío de pensar no solo en negativo y hacernos dueños del eventual cansancio y abatimiento, porque efectivamente, la resistencia y la acumulación de pérdidas y cambios, se nos hace difícil. Ahora, más que nunca, se requiere tesón, paciencia, tenacidad y perseverancia para no sucumbir cuando sentimos que no se ve el final del túnel. En el deseo vivo y latente de este sueño de Dios, donde el corazón se sostiene entre las manos, se encuentra mi siguiente estación: el Centro San Camilo de Tres Cantos. Allí me espera José Carlos Bermejo, el director del Centro de Humanización de la Salud y del Centro Asistencial San Camilo.
Su voz templada y serena apenas deja sitio para la melancolía. Este apasionado por la humanización del mundo de la salud y del sufrimiento, me espera para hablar de salud emocional: esa que «tiene que ver con la apropiación del pensar y del sentir en clave de vida y bondad».
El optimismo de la salud emocional no es mera ilusión, sino «pasión honda y activa», tal y como entienden sus manos. Por eso, este religioso camilo se aferra a abrir procesos de sanación para que las llagas no duelan tanto: «Tenemos el deseo de que todo sea un sueño y que llegue la mañana. Como si la noche pudiera quedar atrás. Pero una mirada realista nos ha de llevar a considerar que nos esperan muchos cambios. No solo tenemos que integrar las pérdidas experimentadas, sino que nos espera la adaptación a una realidad nueva. Nos conviene pensar no solo en la recuperación del pasado, sino en cómo planificar un mundo nuevo».

«Es la hora de la esperanza»

No hace falta abrir vigorosamente los ojos para percibir lo que en estos momentos nos preocupa. La covid-19 sigue su paso torrencial, impactando a la salud de la población con problemas de sueño, ansiedad, irritabilidad, ira o estrés…

 

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