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Ante la fiesta de Pentecostés del Año de la Fe, por Julián López Martín, Obispo de León

 Ante la fiesta de Pentecostés del Año de la Fe, por Julián López Martín, Obispo de León

 VEN, ESPÍRITU SANTO, Y LLENA NUESTRAS VIDAS

Queridos diocesanos: El domingo 19 de mayo se celebra la solemnidad de Pentecostés, con la que se cierra la cincuentena -esto significa pentecostés– pascual y festiva en honor de Jesucristo resucitado, sentado a la derecha del Padre en los cielos y que envía el Espíritu Santo como había prometido: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito.

En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). La venida del Paráclito -defensor y consolador- es fruto de la petición expresa de Cristo al Padre y es enviado también por el Padre para que nos enseñe y recuerde todo lo que enseñó Jesús (cf. Jn 14, 16.26). Por eso Pentecostés celebra el don del Espíritu Santo –donum Dei Altissimi– sobre la Iglesia y en cada uno de los bautizados.

 

En este Año de la Fe, al recitar el Credo, debemos ser conscientes de la bellísima formulación del Símbolo niceno constantinopolitano: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas”. Creer en el Espíritu Santo es profesar que es la tercera persona de la Santísima Trinidad de la misma naturaleza divina que el Padre y el Hijo, con quienes coopera en la obra de nuestra santificación desde el bautismo y muy especialmente en el sacramento de la confirmación, actuando también en los demás sacramentos.

La liturgia relaciona determinados gestos con la acción del Espíritu Santo, especialmente la imposición de manos que expresa la transmisión de la fuerza divina transformadora, y la unción que penetra el cuerpo y lo impregna de suavidad. A la vez se relacionan con el Espíritu Santo los símbolos del agua como manantial de la vida, el fuego que purifica y transforma, la luz que ilumina la mente, el viento que mueve y sacude. Imágenes del Espíritu Santo son así mismo el dedo de Dios que escribe y marca, la mano del Padre que actúa y bendice, la paloma que anunció la paz en el diluvio y que se posó sobre Jesús en el bautismo del Jordán.

A pesar de todo el Espíritu Santo es poco conocido e invocado. Su más hermosa obra se realizó en la Santísima Virgen María, la Mujer dócil al Espíritu. Prometido por el Señor a los Apóstoles, los lanzó el día de Pentecostés a predicar y a recorrer el mundo anunciando el evangelio con valentía. Él suscita la respuesta de la fe y provoca la conversión de los corazones a Dios, y a la vez revela el significado de la Palabra divina en las Escrituras. Él ha llenado la historia entera de la Iglesia suscitando apóstoles, maestros de la fe, pastores santos, testigos de Cristo, fundadores de institutos religiosos, etc.  Él ha inspirado la doctrina de los concilios y de los sínodos y asiste continuamente a la Iglesia. Como reconoció el beato Juan Pablo II, los movimientos y las nuevas comunidades surgidas en el siglo XX, son expresiones providenciales de una primavera suscitada por el Espíritu Santo con el concilio Vaticano II. Sin duda, detrás de la acogida, hoy, del Papa Francisco y, ayer, de sus predecesores por el pueblo fiel y por buena parte de la sociedad, está también el Espíritu Santo mostrando  la fuerza del amor de Dios que, superando todo tipo de divisiones y barreras, renueva la faz de la tierra para construir en ella la civilización del amor.

¿Cómo no dar gracias a Dios por los prodigios que el Espíritu Santo sigue realizando  en el renovado Pentecostés de la vida cristiana y, si cooperamos, también en nosotros. Recordemos la afirmación de San Pablo: “Los  que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios” (Rm 8, 14).

 

Con mi cordial saludo y bendición:

+ Julián, Obispo de León

 



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