Rincón Litúrgico

Ante el trigo y la cizaña

«Fuera de ti, no hay otro Dios que cuide de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente. Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace indulgente con todos».

Con esa confesión de fe se abre el texto del libro de la Sabiduría que hoy se proclama en la celebración de la Eucaristía (Sap 12,13.16-19).

Ante una enfermedad y, más aún, en el terremoto ocasionado por una pandemia, son muchos los que tratan de culpar a Dios. Pero el verdadero creyente sabe que Dios no tiene que demostrar su justicia ante sus críticos. Su justicia se identifica con su misericordia.

Así lo proclamamos en el salmo responsorial: «Tú, Señor, eres bueno y clemente» (Sal 85). Esa clemencia no es muy habitual en nuestras relaciones  humanas.

Antes de juzgar al mismo Dios, deberíamos recordar que nosotros «no sabemos pedir como conviene», según nos advierte san Pablo (Rom 8,26). Los bienes inmediatos con frecuencia nos impiden descubrir el bien que permanece para siempre.

ESPERANZA Y PACIENCIA

En la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-43) se refleja tanto nuestra impaciencia como la paciencia de Dios. Es verdad que hay una tremenda carga de maldad a nuestro alrededor: en la familia, en el puesto de trabajo, en el vecindario, en los medios de comunicación, en el gobierno. Ni somos ignorantes ni queremos dejarnos sobornar.

Pero también es verdad que hay en torno a nosotros todo un mundo de bondad, de ternura y de entrega generosa y gratuita. Hemos conocido una consoladora abundancia de buenas intenciones, una humilde ejecución de gestos desinteresados, un callado desfile de personas que se sacrifican por otras personas.

En la parábola evangélica, hay unos criados que sugieren a su amo que les permita arrancar la cizaña que puede ahogar al trigo. El amo es prudente y piensa que al arrancar la cizaña pueden arrancar también el trigo. Por tanto, decide que el trigo y la cizaña crezcan juntos  hasta el tiempo de la siega. La paciencia es hermana de la esperanza.

Según  la parábola, no es válida la indiferencia de los que ya no distinguen entre el bien y el mal. Pero tampoco es válida la intransigencia de los que, por amor al bien, quieren exterminar el mal y a los malos. De paso, se insinúa que las buenas intenciones no justifican todas nuestras decisiones. La fe nos pide confiar el juicio al Señor de la misericordia.

LA SIEGA FINAL

En la parábola se recoge la decisión del dueño de los campos ante la aparición de la cizaña en medio del trigal: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Esta frase debería ser un mandamiento para la Iglesia y para cada uno de los creyentes.

  • «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Es muy fácil confundir las etiquetas con las soluciones. El pecado es pecado aunque lo califiquemos como «políticamente incorrecto». La cizaña no se convierte en trigo porque le cambiemos de nombre o porque las leyes le concedan un lugar en la sociedad. El mal está ahí aunque nos neguemos a reconocerlo o lo echemos a la cuenta de los demás. La realidad es más terca que nuestras etiquetas.
  • «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Sin embargo, hemos de aprender a ser prudentes y reconocer que nuestros juicios son provisionales e inciertos. Todos podemos equivocarnos y arrancar el bien cuando pretendemos arrancar el mal. Las personas, los profesionales y los grupos políticos habrán de dialogar y aprender a crecer juntos hasta la siega. Porque no podemos ignorar que habrá una siega final.

 Señor Dios, nosotros cremos que el campo es tuyo y que tienes interés por conseguir una buena cosecha. Sabemos que eres paciente, pero  no ignorante. Deseamos dar el fruto bueno que tú esperas de nosotros, reconocer el mal, pero ser misericordiosos y pacientes con todos nuestros hermanos. Amén.

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