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Opinión

Ante el paro y la crisis, responsabilidad y caridad social – editorial Ecclesia

La difusión, el jueves 25 de abril, de la Encuesta de Población Activa (EPA) en España horrorizó, sin duda, dolió en el alma a todos los ciudadanos de bien. Más allá de planteamientos políticos y partidistas y de demagogias varias, más allá de planteamientos teóricos, técnicos o utópicos y más allá incluso de la dependencia efectiva de nuestra economía nacional con respecto a la Unión Europea y a la  gran crisis que golpea en toda ella,  la última EPA ha de marcar un punto definitivo de inflexión en la política y en la sociedad de nuestro país.

Que el 27,16% -para colmo, ¡el 57% de los jóvenes!- de la población española en edad laboral (6.202.700 personas)  esté en paro es mucho más que un drama. Es un inaceptable y dolorosísimo fracaso colectivo, que debe ser inmediatamente paliado, que ha de llamar y de urgir a la búsqueda de soluciones, en consenso, generosidad, solidaridad y realismo, a Gobiernos, partidos políticos, empresarios, sindicatos, trabajadores y ciudadanos en general.

También la Iglesia se ha de sentir –se siente ya de hecho- concernida por ello para seguir dando lo mejor de sí misma, dentro de lo que es su propia misión y naturaleza, para, al menos, enjugar el llanto de nuestra sociedad. Y es que, evidentemente, no corresponde a la Iglesia arbitrar las políticas económicas y laborales que abran un horizonte de esperanza en medio del interminable túnel de la crisis.

Con todo y como recordó el 15 de abril el cardenal Rouco, en el discurso de apertura de la última asamblea plenaria de la CEE, la caridad social no puede esperar. Una caridad social que se ejerce mediante la acción responsable y coherente de los católicos en la política y en la economía, a quienes hemos de gravar su conciencia y responsabilidad en esta hora. Una acción social que se ejerce asimismoa través del ejercicio honrado y laborioso del propio trabajo o profesión, de los deberes para con la familia y de la solidaridad práctica con los más desfavorecidos”.

La Iglesia ha de ser, sí, conciencia crítica y mano samaritana. Ha de ayudar a nuestra sociedad a reflexionar sobre las raíces y las causas de la crisis, sin duda y como hemos repetido tantas veces, de natural moral y antropológica. Desde la Iglesia hemos igualmente de proponer el riquísimo de la Doctrina Social de la Iglesia, no solo iluminar esta dolorosa situación, sino también para contribuir a su sanación. Desde la Iglesia, viviéndolo nosotros en primera persona,  hemos de transmitir el valor y la necesidad de la sobriedad, de la solidaridad y de la justicia. Desde la Iglesia, hemos de insistir, también con el ejemplo, en que hay alternativas a las actuales políticas económicas como son la cultura del emprendimiento y de la gestión empresarial, el cooperativismo,  la economía de comunión o la economía del bien común (Caritas in Veritate, 46).

La Iglesia ha ser, ha de seguir siendo –lo dijimos ya en el párrafo anterior- mano samaritana. Parafraseando el texto del libro del Apocalipsis que recuerda que “Dios enjugará las lágrimas de sus ojos” (Ap 21,4), los miembros de la Iglesia, los seguidores de Jesucristo, hemos de ser esa mano consoladora de Dios. Y ello significa que hemos de seguir intensificando nuestra acción caritativa y, en concreto, nuestra colaboración con las instituciones eclesiales, como Cáritas, que, en medio de las lágrimas de la crisis, están siendo mano de Dios.

Desde hace años y ya con anterioridad a la crisis, nuestras Cáritas, al igual que otras instituciones sociocaritativas, pusieron en marcha iniciativas como la llamada Operación Kilo, cuestaciones ocasionales, suscripciones permanentes, amén del resto de su extraordinario e impagable quehacer y servicio. En esta hora, nuestras comunidades eclesiales y los cristianos en particular no podemos desfallecer en el seguimiento y en la promoción de acciones de esta naturaleza u otras similares -la imaginación y la creatividad de la caridad- y con la misma finalidad.

Resulta obvio que la caridad por sí sola, por sí misma, no resolverán nuestros problemas. Pero es también obvio que sin ella la situación sería peor, mucho peor. Y es igualmente obvio que, si parte de la solución a la crisis pasa por poner a las personas como centro y eje de la economía, con personas nuevas, revestidas, transformadas y urgidas por la caridad, se podrá construir el futuro nuevo y mejor que todos necesitamos.



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