Rincón Litúrgico

Ante el hambre del mundo

«No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16)

Señor Jesús, no deberíamos separar estas dos frases que el evangelio pone en tus labios. Las dos se complementan. Y las dos nos interpelan vivamente.

Parece que tus discípulos con frecuencia intentaban apartar a los que se dirigían a ti con un ruego apremiante, como la mujer sirofenicia o el ciego del camino de Jericó. También pensaban despedir a las multitudes que te seguían, para que fueran a comprar algo que comer.

  • «No hace falta que se vayan». Esa fue tu respuesta. Evidentemente tú querías mantener cerca de ti a los que deseaban exponerte sus necesidades. La misericordia no se compagina con la indiferencia y menos aún con el rechazo de los que sufren y esperan compasión.

Ante una situación de crisis, tanto sanitaria como económica, muchos tratamos de desentendernos de las personas que padecen contagios y aislamientos, despidos y penurias. Olvidamos que por sí mismas no pueden encontrar una solución a sus problemas.

  • «Dadles vosotros de comer». Se ha dicho con razón que el pecado de hoy es la irresponsabilidad colectiva. Solo los ingenuos o los colgados de una ideología se atreven a negar el azote de los males que afligen a las gentes.

Por desgracia pensamos que la solución ha de llegar de otras partes. No creemos que nuestras acciones y omisiones se cuentan entre las causas de los desequilibrios sociales. Menos aún admitimos que podemos colaborar para el hallazgo de las soluciones.

Entre las obras de misericordia figuran la de dar de comer al hambriento y la de dar de beber al sediento. Ambas entrarán en el protocolo por el cual seremos juzgados todos los humanos, creyentes o no creyentes.

Pero tú, Señor, nos dices que «no solo de pan vive el hombre». Despierta tú nuestra generosidad. Todos podemos compartir lo mucho o poco que tenemos. Y bien sabemos que tenemos algo más que panes y pescados.

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