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Año Jubilar san Vicente Ferrer: evangelización, conversión, comunión, por Jesús Murgui, obispo de Orihuela-Alicante

Año Jubilar san Vicente Ferrer: evangelización, conversión, comunión, por Jesús Murgui, obispo de Orihuela-Alicante

El 9 de abril, en las diócesis con sede en la Comunidad Valenciana, celebramos la fiesta de San Vicente Ferrer y con ella abrimos el Año Jubilar Vicentino promovido con motivo de cumplirse los 600 años de su muerte, acaecida en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419.

En nuestra iglesia diocesana de Orihuela-Alicante tenemos poderosas razones para vivir con convicción este Jubileo, por ser parte San Vicente de nuestra historia, como muestran sus veneradas imágenes presentes en la geografía diocesana y las cinco parroquias que, entre nosotros, le tienen como titular, clara resonancia de la veneración antiquísima de nuestro pueblo cristiano hacia él, nacida de la huella de su paso y predicación en las ciudades de Orihuela, Alicante, Elche, San Vicente del Raspeig y otros lugares. Además de numerosas tradiciones referidas a él entre las que destaca la constante convicción transmitida en Xixona, al ser natural de allí Costanza Miquel, su madre.

Entre los fines que pretendemos con el Año Jubilar Vicentino quiero destacar, además de acercar la gracia jubilar a los fieles de la diócesis, el dar a conocer aún más la figura de San Vicente Ferrer y fomentar la devoción hacia él, y, sobre todo, dadas las actuales circunstancias de nuestra iglesia y nuestra sociedad, promover el compromiso evangelizador en todos nosotros ante el ejemplo de este santo, apóstol incansable de nuestras tierras.

A lo largo de este tiempo jubilar no pocas serán las iniciativas que verán la luz. En nuestra iglesia diocesana iremos dándolas a conocer pudiendo anunciar ya unas muy cualificadas presentaciones de la figura de San Vicente Ferrer en su dimensión evangelizadora en próximos eventos diocesanos de relevancia: el Encuentro de Educadores Cristianos (19 de mayo) y el Encuentro Diocesano de Pastoral (9 de junio).

Deseo señalar que no son solo razones de historia y de especial devoción lo que nos mueve a alentar esta conmemoración, sino, sobre todo, la actualidad que la vida y la enseñanza de este santo mantiene en las actuales circunstancias de nuestra sociedad. Me permito destacar tres rasgos de su vida y ministerio a los que me parece, en estos tiempos, especialmente oportuno dirigir nuestra mirada.

De forma especial resalta en su actividad su decidida tarea evangelizadora y misionera incansable que le llevó no solo a nuestros pueblos, sino que le hizo recorrer muchas regiones de la Europa Occidental de su tiempo, hasta el punto de morir lejos de su lugar de origen, precisamente llevado por su ansia apostólica, por su ofrecimiento constante e itinerante del Evangelio.

En nuestra diócesis, en estos años, hemos querido acoger de forma especial el llamamiento claro de Papa Francisco en este sentido, su invitación permanente a que la Iglesia recobre su ser misionero. Muestra de ello es el intento renovado cada año por el actual Plan Diocesano de Pastoral, que explícitamente desea promover una renovación en las personas y las comunidades, fruto de una fe revivida por el encuentro con el Señor, que nos haga ser testigos de la alegría del Evangelio en una Iglesia en salida, en una Iglesia capaz de curar las heridas y atender a las necesidades del hombre de hoy. Desearía que se nos contagiara esa ansia y ese compromiso porevangelizar,por hablar y dar testimonio del Señor a todos nosotros, de forma prioritaria y constante.

A la vez vale la pena fijarnos en aspectos muy significativos de su misma predicación, ciertamente notables en él y que, creo, nos interpelan hoy, como es centrar el mensaje en lo más importante y nuclear del Evangelio, así como, sobre todo, entender la predicación como mediación para el encuentro con Dios, y con su voluntad sobre nosotros, de modo que la predicación mueva a la conversión, al cambio de vida, a la reforma de costumbres, precisamente por el encuentro con la verdad.

Una predicación, por tanto, que en función de esto se hace inteligible y cercana, palabra que llega a las personas y las llama a conversión, haciéndose expresión de la misericordia de Dios. Desearía que este tiempo jubilar nos ayudara a renovar nuestra predicacióna los sacerdotes, a renovar el lenguaje y el testimonio a catequistas y educadores cristianos, a renovar los modos de la transmisión de la fe de padres y abuelos en nuestras familias cristianas.

Valga, también, este tiempo de gracia para dejarnos ilusionar y “tocar” por la gracia de una faceta muy notable en el ministerio y vida pública de San Vicente: su labor constante a favor de la paz, la armonía entre dispares, y la unión y comunióndentro de la Iglesia y en la sociedad civil. En estos tiempos de marcado individualismo, y por tanto de soledades que conllevan debilidades y desánimos, nos vemos afectados en la comunión eclesial, disminuidos a la hora de vivir una profunda, armónica y manifiesta comunión de afectos y de voluntades.

Igualmente en la sociedad civil, son tiempos desgraciadamente más de rupturas y distanciamientos, que de grandes acuerdos y uniones por ideales y valores compartidos. Desearía, en circunstancias así, que la labor tan singular de San Vicente a favor de la unión de la Iglesia en tiempos del gran Cisma y de múltiples rupturas, y esto con una ejemplar humildad y autenticidad por su parte que todavía hoy sigue impresionando, así como su tarea de pacificación, de acuerdos y concordias sociales, nos sirva de ejemplo y estímulo en la opción, que por otra parte favorece la enseñanza del Papa Francisco, y que es esforzarnos a favor de una creciente “cultura del encuentro”, que no levante muros sino que cree puentes, que facilite diálogos y uniones, sin abrir o reabrir heridas, ni dividir a las gentes.

Pido al Señor que este tiempo jubilar venga a sumar luz y ánimos a la tarea evangelizadora que todos debemos llevar a cabo, desde la renovación personal y eclesial por el encuentro con el Señor, la conversión a Él de nuestras mentes y voluntades y la comunión creciente que deseamos dentro y fuera de nuestra Iglesia.

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