Rincón Litúrgico

Ángelus y homilías Domingo 13-B del Tiempo Ordinario

DOMINGO 13-B DEL TIEMPO ORDINARIO

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/2) Benedicto XVI, Ángelus 1-7-2012 (de hr es fr en it pt)

(2/2) San Juan Pablo II, Homilía en Salzburgo, Austria 26-6-1988 (de it):

«Queridos hermanos y hermanas:

  1. “Dios creó al hombre para la incorruptibilidad” (Sb 2, 23). Esta gozosa confesión de fe del libro de la Sabiduría campea como un grito de esperanza en la solemne liturgia de este domingo. Es la respuesta a las perennes preguntas fundamentales del hombre, que vuelven a plantearse hoy con especial intensidad. El Concilio Vaticano II las formuló de este modo: “¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (cf Gaudium et spes 10).

Confiado en la Palabra de Dios, respondo: “Dios creó al hombre para la incorruptibilidad”. Y como discípulo de Cristo, sigo respondiendo: Por su muerte y resurrección, el Señor puso el fundamento definitivo para nuestra victoria sobre los poderes de la muerte, para el don de la vida eterna en Dios (…).

  1. Sí, el anhelo de una vida indestructible, vivo en cada uno de nosotros, halla su realización plena en la obra redentora de Jesucristo. En el Evangelio de la Misa festiva de hoy lo encontramos en una circunstancia conmovedora. Un hombre llamado Jairo, jefe de sinagoga, se postra a sus pies y le suplica ayuda: “Mi hija está a punto de morir; ven, pon tus manos sobre ella, para que se salve y viva” (Mc 5, 23).

En esa súplica se escucha el anhelo profundo de todo padre, de toda madre, de todo esposo que se preocupa por la vida y el bienestar de sus seres queridos. Pero también se expresa en ella la fe fuerte del judío Jairo, que confía en que Jesús, el mensajero de Dios, salve a su hija de la muerte y le devuelva la vida y la salud.

Cuando le llega la noticia de que la muchacha había muerto ya, Jesús se conforma con recordar a Jairo esa fe: “No temas; solamente ten fe” (Mc 5, 36). Luego el Señor, con potestad divina vivificadora, dice a la hija muerta: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. Y el Evangelista añade: “La muchacha se levantó al instante y se puso a andar” (Mc 5, 42).

Podemos imaginar que el jefe de la sinagoga dio gracias de todo corazón al Dios omnipotente por ese don inaudito; y tal vez lo hizo con las palabras del Salmo responsorial de hoy: “Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Sal 30/29, 11-13).

  1. En este acontecimiento dramático de vida y muerte reconocemos nosotros cómo el Señor confirma portentosamente en su persona las palabras del libro de la Sabiduría: “No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Él todo lo creó para que subsistiera… Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, lo hizo imagen de su misma naturaleza” (Sb 1, 13 s.; 2, 23).

Jesús, para testimoniar esa verdad, devolvió la vida a aquella muchacha difunta. Sí, él está dispuesto a ser condenado por la increencia de los hombres a una muerte ignominiosa y a morir en la cruz para manifestar luego en su resurrección el poder de la vida, que es él mismo. Como se dice hoy en la segunda lectura de la Carta a los Corintios, el Señor se hizo “pobre” hasta el desprendimiento completo en la cruz. Se hizo pobre para hacernos ricos a nosotros, ricos de vida eterna (…).

Su promesa se aplica a todos nosotros: “Yo vivo, y también vosotros viviréis” (cf Jn 14, 19).

  1. Queridos hermanos y hermanas: Esta frase del Señor se refiere a la vida en su forma suprema: la participación en la vida de Dios, que, como Verdad y Amor creador, es el único que es vida en sentido ilimitado. Cuando Cristo dice: “Yo vivo, y también vosotros viviréis”, esto constituye un reto y una promesa inauditos al mismo tiempo. Esa frase quiere decir: seréis como Dios, semejantes a Dios. En esta ocasión, tales palabras no proceden de la boca del tentador (cf Gn 3, 5), sino del Hijo (…).

Ahora bien, la mayoría de nosotros es dolorosamente consciente de las muchas amenazas que pesan hoy sobre la vida (…). Nosotros los cristianos, sobre todo, estamos llamados a afrontar ese temor a la vida (…) y a ponerle diques de contención, proclamando y testimoniando el sí de Dios a la vida.

Me refiero al miedo de no tener bastante, el miedo de hacerse viejo y disminuir en el ritmo de trabajo; el miedo ante las peligrosas posibilidades del hombre para la violencia y la destrucción; el miedo ante la oscuridad y el abismo de nuestro propio mundo; el miedo ante la muerte y la nada. Esos miedos están esperando ser compensados o incluso sanados por los valores positivos y esperanzadores de nuestra fe (…).

  1. Decid sí a Dios, que se nos ha manifestado como Padre de bondad, como fidelidad inconmovible en todos los altibajos de la historia de la humanidad. Así pues, “ama al Señor tu Dios, escucha su voz, vive unido a él; pues él es tu vida” (Dt 30, 20). Saber que Dios te ama y que te ha destinado para un alto fin constituye un buen fundamento para ponerse en marcha en su nombre y avanzar por el camino de la vida con realismo y confianza al mismo tiempo. Dios ha comenzado con todos nosotros una gran obra; hagamos todo lo que está de nuestra parte para llevarla adelante como Dios quiere (…).

Decid sí a Jesucristo. En él se ha manifestado el amor de Dios a los hombres (…). Confiemos en la frase que nos conserva el Evangelio de San Juan: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10, 10). Entonces seremos capaces de “abandonarnos” al servicio de los demás, de tal modo que se cumpla en nosotros la palabra de Jesús: “Quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

Decid sí al Espíritu Santo, el Espíritu vivificador del Padre y del Hijo (…). Si estamos dispuestos a someternos a su guía, él despertará en nosotros paso a paso todas nuestras energías, incluso aquellas que desconocemos ahora: todas ellas deben estar al servicio de la vida.

  1. El Espíritu Santo nos empuja constantemente, sobre todo, al amor desinteresado. Ese amor es sin duda una aventura; tal vez la mayor aventura en la vida de una persona (…). ¿Cómo podría considerarse el hombre “imagen de Dios”, si no se lanzara también él a la aventura de amar? “El amor no pasa nunca”, dice Pablo (1Co 13, 8), el amor continúa en la eternidad de Dios».

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