Revista Ecclesia » Ángelus y homilía para el 15 domingo de Tiempo Ordinario, A, 13-7-2014
Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Ángelus y homilía para el 15 domingo de Tiempo Ordinario, A, 13-7-2014

 Ángelus y homilía para el 15 domingo de Tiempo Ordinario, A, 13-7-2014

 NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

(1/2) Benedicto XVI, Ángelus 10-7-2011 (de hr es fr en it pt)

(2/2) San Juan Pablo II, Homilía en Santo Stefano de Cadore 11-7-1993 (it):

«”Salió Jesús de casa y se sentó junto al mar” (Mt 13, 1).

Jesús es el Maestro; también lo es en el modo de mirar la naturaleza. En los evangelios son numerosos los pasajes que lo presentan inmerso en el ambiente natural y, si se presta atención, puede captarse en su comportamiento una invitación clara a una actitud contemplativa ante las maravillas de la creación. Así sucedió, por ejemplo, en el relato evangélico de este domingo. Vemos a Jesús sentado a orillas del lago de Tiberíades, casi absorto en meditación.

Al Maestro divino, antes del alba o después del ocaso y en otros momentos decisivos de su misión, le gustaba retirarse a un lugar solitario y silencioso, aparte (cf Mt 14, 23; Mc 1, 35; Lc 5, 16), para poder permanecer cara a cara con el Padre celestial y dialogar con él. En esos momentos ciertamente no dejaba de contemplar la creación, para percibir un reflejo de la belleza divina.

En la orilla del lago lo alcanzan sus discípulos y mucha gente. “Y les habló muchas cosas en parábolas” (Mt 13, 3). Jesús habla en parábolas, es decir, utilizando acontecimientos de la experiencia cotidiana y elementos tomados de la contemplación de la creación.

Pero, ¿por qué habla Jesús “en parábolas”? Es lo que se preguntan los discípulos, y nosotros con ellos. El Maestro responde haciéndose eco de Isaías: porque viendo, no ven, y oyendo, no oyen ni entienden (cf Mt 13, 13-15). ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué hablar en parábolas y no en cambio abiertamente? (cf Jn 16, 29).

Queridos hermanos y hermanas, en realidad, la creación misma es como una gran parábola. ¿Acaso todo lo que existe –el cosmos, la tierra, los seres vivos y el hombre– no constituye una sola e inmensa parábola? ¿Y quién es el Autor de ello sino Dios Padre, con quien Jesús dialoga en el silencio de la naturaleza?

Jesús habla en parábolas porque este es el “estilo” de Dios. El Hijo unigénito tiene el mismo modo de obrar y hablar que el Padre celestial. Quien lo ve a él ve al Padre (cf Jn 14, 9), y quien lo escucha a él escucha al Padre. Y esto no solo atañe a los contenidos, sino también a los modos. No solo a lo que él dice, sino también a cómo lo dice.

Sí, el cómo es importante, porque manifiesta la intención profunda de quien habla. Si la relación pretende ser dialogística, el modo de hablar debe respetar y promover la libertad del interlocutor. He aquí la razón por la que el Señor habla en parábolas: para que quien escucha sea libre de acoger su mensaje; libre no solo de escucharlo, sino sobre todo de comprenderlo, interpretarlo y reconocer en él la intención del que habla. Dios se dirige al hombre de modo que sea posible encontrarlo en la libertad.

La creación es, por decirlo de alguna manera, el gran relato divino. Sin embargo, el significado profundo de este libro maravilloso de la creación habría permanecido para nosotros difícilmente descifrable si Jesús, el Verbo hecho hombre, no hubiera venido a explicárnoslo, haciendo que nuestros ojos fueran capaces de reconocer más fácilmente en las criaturas la huella del Creador.

Jesús es la Palabra que custodia el significado de todo lo que existe. Es el Verbo en el que descansa el “nombre” de cada cosa, desde la partícula infinitesimal hasta las inmensas galaxias. Él mismo es, pues, la “Parábola” llena de gracia y de verdad (cf Jn 1, 14) con la que el Padre se revela a sí mismo y revela su voluntad, su misterioso designio de amor y el sentido último de la historia (cf Ef 1, 9-10). En Jesús, Dios nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos.

“Una vez salió un sembrador a sembrar” (Mt 13, 3).

La Encarnación del Verbo es la siembra más grande y verdadera del Padre. Al final de los tiempos se producirá la cosecha: entonces el hombre será sometido al juicio de Dios. Habiendo recibido mucho, se le pedirá cuenta de mucho.

El hombre es responsable no solo de sí mismo, sino también de las demás criaturas. Lo es en sentido global. En efecto, a él está ligada su suerte en el tiempo y más allá del tiempo. Si obedece al designio del Creador y se conforma con él, conduce toda la creación al reino de la libertad, así como la ha llevado consigo al reino de la corrupción a causa de la desobediencia original.

Esto ha querido decirnos hoy san Pablo en la segunda lectura. Razonamiento misterioso pero fascinante el suyo. Al acoger a Cristo, la humanidad se capacita para introducir un flujo de vida nueva en la creación. Sin Cristo, el cosmos mismo paga las consecuencias del rechazo humano de adherirse libremente al plan de la salvación divina. Cristo ha sembrado en el corazón del hombre una semilla de vida nueva e inmortal, para nuestra esperanza y la de todas las criaturas. Semilla de salvación que imprime a la creación una orientación nueva: la gloria del Reino de Dios.

Así como la lluvia y la nieve –hemos escuchado en el libro del profeta Isaías– bajan del cielo y no regresan sin haber fecundado la tierra y haberla hecho germinar, de la misma manera la Palabra del Señor “no tornará a mí de vacío, sino que habrá realizado lo que me plugo y habrá cumplido aquello para lo que la envié” (Is 55, 11).

Por tanto, a cada uno corresponde la responsabilidad de ser “tierra buena” y de acoger a Cristo, a fin de que el Evangelio dé frutos de vida nueva ya en este mundo y también para la vida eterna.

El cristiano debe estar atento para no ser superficial o inconstante, no debe dejarse abrumar por las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas (cf Mt 13, 19-22). Respondiendo a las exigencias de la gracia, tiene el deber de convertirse en tierra buena, capaz no solo de acoger la Palabra, sino también de hacerla fructificar abundantemente.

Queridos hermanos y hermanas de Santo Stefano de Cadore (…). Aquí, vuestros valles verdaderamente “se visten de mieses que aclaman y cantan” (Salmo responsorial). Haced que toda vuestra existencia, haciéndose eco del mensaje que surge de la naturaleza, se transforme en alabanza al Señor, que visita la tierra y la sacia colmándola con sus dones (…).

Esforzaos por hacer fructificar las semillas de vocación esparcidas a manos llenas por el Sembrador divino: pienso en las familias que tratan de vivir con alegría y compromiso la vida del amor conyugal y de la paternidad y maternidad responsable; pienso en los sacerdotes, en las religiosas y los religiosos, consagrados al servicio del reino de Dios en la Iglesia; pienso, en fin, en los laicos, llamados a ser testigos valerosos en los diferentes ambientes de vida y de trabajo (…).

“Concede, oh Dios –hemos orado al principio de la celebración eucarística– a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuando en él se significa”. El compromiso que la reflexión sobre la liturgia de hoy nos ha sugerido, se transforma aquí en oración.

Que la palabra de Dios sembrada en nuestro corazón dé frutos de salvación eterna. Esta es la invocación que te dirigimos hoy, Señor.

Te damos gracias, Señor Jesús, parábola del Padre. Tú cuidas de la tierra y bendices sus brotes (cf Salmo Responsorial). Conviértenos en tierra fecunda en la que pueda germinar una mies abundante para la vida eterna. Amén».

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD



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