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Rincón Litúrgico

Ángelus para el Domingo 14-B del tiempo ordinario

DOMINGO 14-B DEL TIEMPO ORDINARIO

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

         (1/3) Benedicto XVI, Ángelus 8-7-2012 (de hr es fr en it pt):

         «Queridos hermanos y hermanas:

         Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase “Nadie es profeta en su patria”, es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos “quedaban asombrados” por su sabiduría y, dado que lo conocían como el “hijo de María”, el “carpintero” que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf Mc 6, 2-3).

         Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret “ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos” (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: “Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino” (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

         Por tanto, parece que Jesús –como se dice– se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús “se admiraba de su falta de fe” (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

         Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios».

         (2/3) San Juan Pablo II, Audiencia general 4-2-1987 (es it):

«5 (…). Cuando Jesús comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos: “¿No es acaso el carpintero, hijo de María?…” (cf Mc 6, 2-3). Además de la madre, mencionaban también a sus “hermanos” y sus “hermanas”, es decir, aquellos miembros de su parentela (“primos”), que vivían en Nazaret, aquellos mismos que, como recuerda el evangelista Marcos, intentaron disuadir a Jesús de su actividad de Maestro (cf Mc 3, 21) (…).

  1. La actividad pública de Jesús comenzó a los treinta años».

(3/3) San Juan Pablo II, Ángelus 4-7-1982 (es it pt):

«1. “A ti levanto mis ojos, oh Dios” (Sal 123, 1).

La Iglesia pronuncia estas palabras en la liturgia del domingo de hoy. En ellas se expresa algo así como un ritmo interior de nuestra intimidad con Dios: levantamos los ojos a Dios con la oración. Lo hacemos interrumpiendo el trabajo tres veces al día a lo largo de la jornada y rezando el Ángelus.

Y así hacemos muchas veces cuando, como dice el mismo Salmo en el v. 4, “estamos saciados” de sufrimientos, incertidumbres y penas. Entonces buscamos el apoyo de Dios.

Comenzamos a orar hasta sin palabras: elevamos los ojos a Dios, elevamos el alma y todo nuestro ser. Con la oración se expresa enteramente la modalidad cristiana de nuestra existencia.

  1. En la liturgia de este domingo nos habla el Apóstol Pablo, y sus palabras merecen una reflexión de parte nuestra. “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12, 9-10).

Así escribe de sí mismo el hombre que experimentó personalmente y de modo particular el poder de la gracia de Dios. Orando en medio de las dificultades de la vida, oyó estas palabras del Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Co 12, 9).

La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios, y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios.

Este es el ritmo auténtico de la vida interior del cristiano. El Señor nos habla a cada uno como habló al Apóstol: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”.

  1. Cuando rezamos el Ángelus, meditamos sobre el momento supremo de la colaboración con la gracia de Dios en la historia del hombre. María, al decir: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) y aceptar la maternidad del Verbo encarnado, une de modo particularísimo su debilidad humana con el poder de la gracia. Por ello, cuando manifiesta sus temores humanos, oye estas palabras: “El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, superveniet in te, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).
  2. Al rezar el Ángelus admiramos la plenitud de la gracia y la plenitud de la colaboración con la gracia en la Virgen de Nazaret.

Al recitar el Ángelus, pidamos colaborar constantemente con la gracia de Dios. Pidámoslo para nosotros mismos y para cada hombre sin excepción: “¿Qué aprovecha al hombre (a todo hombre) ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968: fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964: it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (San Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993: es it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005: de es fr en it lt pt).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (San Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979: de es fr en lt pt). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C. E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012: de es fr en it pl pt).



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