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Ángelus del Papa Francisco, domingo 20 julio 2014: el trigo y la cizaña

La espera paciente de Dios

«Ángelus» del domingo 20 de julio de 2014

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

Durante estos domingos, la liturgia propone algunas parábolas evangélicas, es decir relatos breves que Jesús utilizaba para anunciar a las multitudes el Reino de los cielos. Entre las que figuran en el Evangelio de hoy hay una bastante compleja, cuya explicación da Jesús a sus discípulos: es la de la buena semilla y la cizaña, que afronta el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mt 13, 24-30. 36-43). La escena tiene lugar en un campo en el que su amo siembra trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra cizaña, término que en hebreo se deriva de la misma raíz del nombre «Satanás» y que evoca el concepto de división. Todos sabemos que el demonio es un «cizañador», que siempre intenta dividir a las personas, a las familias, a las naciones y a los pueblos. Los criados querrían arrancar enseguida la mala hierba, pero el amo se lo impide con esta motivación: «No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo» (Mt 13, 29). Y es que todos sabemos que la cizaña, al crecer, se parece hasta tal punto al buen trigo, que se corre el peligro de confundirlos.

La enseñanza de esta parábola es doble. Ante todo, dice que el mal que hay en el mundo no procede de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Curiosamente, el Maligno va de noche a sembrar cizaña, en la oscuridad, en la confusión; va adonde no hay luz para sembrar cizaña. Se trata de un enemigo astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de manera que a nosotros, los hombres, nos resulta imposible separarlos netamente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y llegamos así al segundo tema: la contraposición entre la impaciencia de los criados y la espera paciente del amo del campo, que representa a Dios. A nosotros, nos entra a veces una gran prisa por juzgar, por clasificar, por apartar aquí a los buenos y allí a los malos… Pero acordaos de la oración de aquel hombre soberbio: «¡Oh Dios!, te doy gracias porque soy bueno, porque no soy como los demás hombres, que son malos…» (cf. Lc 18, 11-12). Dios, por el contrario, sabe esperar. Él contempla el «campo» de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los gérmenes del bien, y espera confiado a que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. ¡Qué bonito es esto! Nuestro Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y que nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él siempre nos perdona si vamos a él.

La actitud del amo es la de la esperanza basada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y gracias a esta esperanza paciente de Dios, la misma cizaña –es decir el corazón malo con tantos pecados– al final puede convertirse en buen trigo. Pero cuidado: ¡la paciencia evangélica no es indiferencia ante el mal; no cabe confusión entre el bien y el mal! Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, a alimentar su esperanza con el apoyo de una confianza inquebrantable en la victoria final del bien, es decir de Dios.

Y es que, al final, el mal será erradicado y eliminado: cuando llegue la siega –o sea el juicio–, los segadores cumplirán la orden del amo, separando la cizaña para quemarla (cf. Mt 13, 30). Ese día de la siega final, el juez será Jesús, Aquel que sembró el buen trigo en el mundo y que se convirtió él mismo en «grano de trigo», que murió y que resucitó. Al final todos seremos juzgados con la misma medida con que hayamos juzgado: se ejercerá con nosotros la misma misericordia que hayamos ejercido con los demás. Pidámosle a la Virgen, nuestra Madre, que nos ayude a crecer en la paciencia, en la esperanza y en la misericordia para con todos nuestros hermanos.

 Palabras y llamamiento del Papa después del Ángelus: 

Queridos hermanos y hermanas:

Me he enterado con preocupación de las noticias que llegan de las comunidades cristianas de Mosul (Iraq) y de otras zonas del Oriente Medio, en las que, desde el inicio del cristianismo, han vivido junto con sus conciudadanos, aportando una contribución significativa al bien de la sociedad. Hoy son perseguidas; nuestros hermanos son perseguidos, son expulsados, han de abandonar sus casas sin tener la posibilidad de llevarse nada consigo. A esas familias y a esas personas quiero expresarles mi cercanía y mi oración constante. Amadísimos hermanos y hermanas tan duramente perseguidos: Sé cuánto sufrís; sé que os veis privados de todo. ¡Estoy con vosotros en la fe en Aquel que venció al mal! Y a los que os halláis aquí en esta plaza y a cuantos nos seguís por televisión, os invito a recordar en la oración a esas comunidades cristianas. Os exhorto, además, a perseverar en la oración por las situaciones de tensión y de conflicto que persisten en diferentes zonas del mundo, particularmente en el Oriente Medio y en Ucrania. Que el Dios de la paz suscite en todos un auténtico deseo de diálogo y de reconciliación. La violencia no se vence con la violencia. ¡La violencia se vence con la paz! Recemos en silencio, pidiendo la paz; todos, en silencio… ¡María, Reina de la paz, ruega por nosotros!

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)



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